ALGO MÁS QUE PALABRAS
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Hoy me apetece dedicarle este artículo a nuestros competidores, a aquellos intelectuales, guías, profetas y faros de la ciudad .... No voy responder a las críticas, porque el intercambio de mezquindades acaba desluciendo a quienes las lanzan, y, sobre todo, resulta inconveniente darse por aludido, agriarse el humor y guardar rencores, cuando es mucho más elegante fingir que no estás al tanto de ese trato innoble. Ya saben, cuando Pedro habla mal de Juan, eso habla más de Pedro que de Juan.
Es verdad que, en ocasiones, he respondido a las toneladas de lodo vertidas contra nosotros echándoles más barro a ellos, pero en esta ocasión pienso que no conviene descender a ese nivel de alcantarilla aunque acaben guillotinándote, como tantas veces han hecho los que siempre quieren desplazarte del espacio que ocupas para pasar a ocuparlo ellos, tan felices de estar en el centro de la atención, en el puesto número uno del medallero. Con el tiempo comprendes que hay guerras que no conviene pelear, insultos que no debes dignificar, carreras de ratas de las que debes inhibirte. A veces se está más cómodo ganando la medalla de bronce que la de oro, o simplemente no ganando ninguna.
La realidad es que dado que compartimos una misma ciudad, una vocación y una manera parecida de ganarnos la vida, podríamos vernos como colegas y, sin embargo, nos vemos con una animosidad insuperable, un resentimiento y casi un odio difíciles de explicar.
No sé si lo mismo ocurre con los dentistas o los futbolistas, pero los celos de unos periodistas contra otros a menudo desbordan los estándares mínimos. No es tan común que un futbolista diga en público que otro futbolista es un inepto, un tarado, un pobre diablo; tampoco creo que un dentista aprovechara un congreso del gremio para descargar una furiosa crítica contra un colega, pues, probablemente se daría cuenta de que se vería mal, lo colocaría en una posición deslucida, indecorosa; ya es más usual que un político que aspira al mismo cargo que otro ponga menos énfasis en describir sus aptitudes para ocupar dicho cargo que en enumerar las desventajas de sus adversarios, a los que pasará a descalificar y, si lo dejan, linchar moralmente.
En este sentido, los colegas que te critican más encarnizada, viciosa y sistemáticamente, despedazando cada cosa que haces, consideran que son muy superiores a ti y no mereces nada de lo que tienes y ellos merecen mejor suerte, y tú, ninguna. De modo que te odian porque no te perdonan que vendas más que ellos y ganes de vez en cuando un premio que les ha sido negado. Les parece una injusticia atroz, inaceptable, que es menester denunciar vomitando toda clase de mezquindades contra ti, tu trabajo, tus ideas .... Te llaman bufón, payaso, mercenario, vendedor de humo, que es una manera encubierta, mal disimulada, porque se les nota la inquina, la mala entraña, de decir que ellos son mejores personas, mejores intelectuales, mejores ciudadanos, mejores todo, incluso mejores amantes. Al pronunciarse tan desdeñosamente contra tu trabajo, postulan de contrabando la idea de que ellos y no tú merecen ser leídos, ellos y no tú merecen los reconocimientos, las ventas .... Tú les has robado algo que les correspondía, los elogios que en justicia deberían recaer sobre ellos, has operado de un modo sinuoso, despreciable, para negarles los galardones que pronto se posarán sobre ellos, corrigiendo tan horrible malentendido.
Y entonces te machacan, conspiran, aprovechan cualquier ocasión para lanzarte un salivazo venenoso, sin que les hayas hecho nada. Los odios y las emboscadas son tan ruines que uno pensaría que más nobleza debe de existir en el trato entre presidiarios de una cárcel de alta seguridad o entre capos mafiosos o entre simples malhechores en moto que se disputan el mismo reloj de la señora a la que van a asaltar.
Entiendo, en fin, que ellos quieran ganar la guerra sórdida por tener más lectores, más anunciantes, más dinero, pero deberían tener en cuenta que a veces tus verdugos son los que se agazapan en las sombras de la redacción en la que trabajan contigo, en la trastienda, tras bastidores, aquellos que ven con envidia que te vaya mejor que a ellos, que ganes más, que seas menos feo o menos gordo o menos baboso. Y entonces comprendes que está en la naturaleza humana alojar las más hediondas miserias allí donde dos individuos compiten por una posición o un salario aventajado.
En este sentido, saber envejecer con una mínima dignidad tal vez consista en aplaudir a los que vienen empujando con ahínco para superarte, aun si lo hacen a codazos y empellones.
NOTA: Gracias Jaime por tu inspiración, y espero que me perdones por destripar tu fantástico artículo.
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