Playas del Chorrillo y La Ribera

La playa del Chorrillo que debe su nombre a un manantial existente donde antiguamente estaba la vía del tren, fue durante muchos años la única playa urbana con la que contaban los ceutíes

José María Fortes Castillo

La playa del Chorrillo que debe su nombre a un manantial existente donde antiguamente estaba la vía del tren, fue durante muchos años la única playa urbana con la que contaban los ceutíes.

Es una playa de reciente aparición. Ni existía ni cabía la posibilidad de acceder a ella, hasta la construcción de la «Carretera Nueva». Con anterioridad, la zona era un talud que daba directamente con el medio marino. A raíz de la construcción de la carretera, que hace las veces de muro separador del monte, es cuando se forma la playa, también conocida como Playa Nueva, confirmando esta teoría. Antes de aparecer en escena este arenal, los pocos bañistas de aquellos tiempos, disfrutaban de la Playa de los Mártires o de la Sangre, que debe su nombre, a que en ese lugar decapitaron en octubre de 1227 a San Daniel y sus compañeros mártires, y se ubicaba desde el comienzo de la rampa de acceso al Muelle España, hasta aproximadamente donde hoy está el barrio de «La Puntilla», y limitando con el desaparecido barrio de «Las Latas». La construcción de la antigua estación del ferrocarril Ceuta-Tetuán, hizo desaparecer la hermosa playa, de arena fina y rica en coquinas y navajas.

La Playa del Chorrillo, estaba formada por guijarros y arena de pizarra, como la de Miramar. En las décadas de los cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo pasado, la Ribera no era apta para el baño, dada la cantidad de viviendas de pescadores que allí se situaban, y la suciedad de sus aguas, debido a los desagües de las fábricas de conservas, que tras la coción del pescado, las aguas eran evacuadas al mar. La afluencia de los bañistas, por tanto, tendía hacia el Chorrillo y algunos pocos, a Fuente Caballo.

Aquel Chorrillo, estaba presidido por la caseta de Educación y Descanso, que regentaba Alejandro “El Chato” y su ayudante “El Tigre”. El chiringuito estuvo allí ubicado durante muchos años -al que le dediqué un capítulo referente a sus actividades nocturnas- y era también peculiar por el olor a sardinas asadas que durante las mañanas de verano, emanaba de aquel lugar que te ponían el apetito al cien por cien. Eran tiempos, que por una peseta, te tomabas un tinto con uno de aquellos plateados peces de tapa y oportunidad que no podías dejar escapar. Esa era la droga, a la que tan adicto éramos los ceutíes en aquellos tiempos. Una ración de aquellas sardinas de derecho, costaba un duro, con su bollito y por algo más, te tomabas dos tintos que unido al apetito que te origina la playa, te sabía a Gloria Bendita.

En aquellos tiempos, no veías una sombrilla, ni sillas playeras, ni esterillas. Lo único que llevaba el bañista y no todos, era la toalla enrollada bajo el brazo y su bañador tipo pantalón –los bañadores cortos y ajustados, estaban prohibidos-, al menos que te expusieras a pagar una multa de cinco duros.

En esa playa, los grandes usuarios que la disfrutaban en verano e invierno, eran un grupo de amigos a los que a bote pronto, me acuerdo del señor Cortés, propietario de una librería sita en la calle Real, un poco más arriba de donde hoy está Zara. El señor Gómez, que poseía una tienda de comestible en los bajos del reloj del Mercado de Abasto. Don Isidro Perpén, hermano del párroco de África y algunos más que siento no recordar los nombres. Otra estampa muy típica, era casi en la entrada, la gigantesca presencia de don Jaime Rigual –director del Instituto- y su traje colgado en la pared.

La costumbre por entonces al acudir a la playa, era muy matutina. Por la tarde era escasa la gente que solía visitarla pero sí recuerdo que tenían esa costumbre la entrañable familia Llanzón. Esta familia vivía en el Paseo de las Palmeras, tenían –creo recordar, cinco hijas- y todas las tardes pasaba la señora con sus cinco bellas niñas por delante de mi ventana, camino de la playa. Yo cuando no podía hacerlo por la mañana, también acudía por la tarde en compañía de mis dos primos Joaquín y de Quique Lozano, y allí veía a esta familia que sin hablar nunca con ninguna de ellas, no sé por qué, siempre les tuve en gran estima.

Si cotejamos aquellos tiempos con estos, se dan anécdotas simpáticas, como por ejemplo: un día acudía por la Carretera Nueva camino del Chorrillo, cuando me fijo, que más allá de la caseta “del Chato” había mucha aglomeración de bañistas. Me imaginé que sería algún ahogado o algo por el estilo y aceleré el paso para no perderme el acontecimiento. Cuando llegué, comprobé que todo se debía a que en la playa había una chica en bikini ¡el primer bikini del Chorrillo y posiblemente de Ceuta! Era una chica joven –me reservo el nombre, ante la posibilidad de herir sensibilidades-, bonita y con un cuerpo agraciado, pero si lo comparas con las prendas de hoy, posiblemente con la tela de aquel, ahora se harían lo menos tres. Sujetador que le tapaba medio estómago y pantalón, corto, pero pantalón.

La verdad es que ninguna de las dos prendas, dejaban gran cosa que ver. Pero eso no era óbice para que la gente rebuznara a su alrededor. Los de ahora sí son bikinis. Aquello era un bañador normal dividido en dos partes.

Volviendo al principio, la playa se fue formando tras la construcción de la carretera, con los arribazones de arena, que la dinámica marina acumulaba en aquella zona, pero cuando construyeron el muelle junto al foso, el aporte al principio de la playa de fue disminuyendo de tal modo, que antes de la regeneración de arena rubia que se hizo en la década de los ochenta, el árido de acceso a la playa había desaparecido; de tal manera, que con marea llena, había que esperar el reflujo de las olas para pasar a todo correr si ibas calzado, dado que el agua llegaba hasta la misma muralla.

La verdad es que desde muy pequeños, los ceutíes estábamos inmunizados ante todo tipo de bacterias. El Chorrillo también poseía sus puntos negativos, aunque no lo notáramos. Eran los tres vertidos de aguas residuales que hasta hace poco años brillaban con todo su esplendor y mal olor a lo largo de la playa, pero como eso ya no existe, es mejor quedarnos con lo positivo de aquellos tiempos y de aquel lugar, antes que poner mal cuerpo a todo aquel que se digne a leerme a través de Ceuta en el corazón.

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