La invisibilidad del verbo escribir
DIA DE LA MUJER
Hoy me siento como Virginia Woolf (salvando las distancias entre ELLA y la humildad de esta escritora), en mi propia habitación y delante de mi portátil, cuando le encomendaron dar una conferencia sobre las mujeres y la novela. Aunque pareciera que haya llovido mucho desde ese 1928, me temo que, en el arduo papel de las mujeres en la escritura a lo largo de la historia, nos ha llovido sobre mojado. Nos hemos calado hasta los huesos de esa invisibilidad larga y poco fructífera que les llevó a algunas escritoras del Romanticismo a publicar bajo un seudónimo que ocultara su real identidad.
Coincidirán conmigo que poca gracia le tuvo que hacer a Matilde Cherner firmar como Rafael Luna, y todo ello en una época en la que se ondeaba la bandera de la libertad. Pero claro, de esos aires revolucionarios a las mujeres solo nos llegaron suaves brisas marinas que apenas bailaban mechones en nuestros cabellos. Esa sociedad no estaba a favor de trueques en los roles sociales: la mujer sensible, emocional, pudorosa, sumisa y dentro de las paredes de su casa, frente al hombre racional, frío, insensible, inteligente y creativo, cercano al poder. Ni nosotras mismas nos atrevíamos a romper con el ideal de ese hombre supremo y al que había que respetar por encima de todo (y de todas). Y ellos, los escritores, escribían sobre nosotras, las mujeres. Nos condensaron en cinco imágenes: la de madre, la de esposa, la de adúltera, la de seductora y la de bruja. Imagino a aquellos caballeros atusándose el bigote, sentados en sus sofás de góndola, entregados al deleite de la lectura, mientras que ellas faenaban entre fogones, intentando dilucidar si las mujeres con las que convivían eran putas o esposas abnegadas (como si no pudiéramos ser un poco de todas). Eran sus estereotipos, los de los hombres, no los nuestros. Con el paso del tiempo la cosa no mejoró. José Zorrilla nos convirtió en doña Inés, esa mujer inmaculada que salva al hombre del abismo del libertinaje. Fernando Rojas nos hizo alcahuetas, sin un atisbo de ética ni de moral, y por si todo esto no fuera poco, Miguel de Cervantes, nuestro más insigne representante de la literatura española nos exalta de nuevo en la figura de Dulcinea y nos echa tres lazos y varios nudos marineros para que no nos salgamos del ideal de mujer sumisa y frágil. No me extraña que con este panorama las mujeres escritoras dieran un golpe en la mesa y gritaran: ¡basta ya! Así fue como a partir de la segunda mitad de nuestro siglo tuvo lugar lo que luego se llamó la palabra de mujer, y hacía referencia no solo a la prolífera presencia de estas en el mundo de la creación literaria, que se tradujo en premios literarios de reconocido prestigio tanto a nivel nacional como internacional, dentro de los cuales podríamos citar a Rosa Regás, con su Canción de Dorotea, o la finalista al premio Planeta Ángeles Caso. Ahora éramos nosotras las que alzábamos nuestra propia voz, con nuestra propia manera de escribir, de sentir, y nos tocó desmitificar, incluso, ciertos tipos femeninos existentes en la literatura masculina, propia de esa lente sesgada con la que nos miraban ellos. Y dejamos de ser solo madres, o esposas, o putas, y encontramos placer en elegirnos brujas o seductoras. Conseguimos, con nuestra pluma, volvernos de carne y hueso, reales, vistas desde nosotras mismas, en un ejercicio de introspección e intimismo que se nos había negado por nuestro sexo.
Puede que ya no tengamos necesidad de firmar con nombres masculinos, puede que tengamos nuestra propia habitación para dedicarnos al sublime arte de la escritura, puede que tengamos voz propia cuando escribimos, pero siento que continúa enrareciendo el aire en el que insuflamos nuestras letras esa escasa visibilidad de las mujeres en la literatura.
¿Cómo se explica que solo once mujeres formen parte de la RAE? ¿Por qué las editoriales publican más libros de hombres si los escritos por las mujeres se venden mejor? Parece ser que ganar los grandes premios de literatura es cosa de hombres (como la copa de coñac entre sus dedos en la sobremesa): solo seis mujeres han ganado el Cervantes y diez el Nobel de Literatura. Queda mucho camino por recorrer, y seguiré soñando para que, en las próximas décadas, las mujeres escritoras alcancen el lugar que nos merecemos. Como dijo Virginia Woolf, en su maravilloso libro “Una habitación propia”.
“Durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble al natural.”
Ya es hora de encoger esa imagen en el espejo.
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