La ira
Con los trenes humeantes de Madrid, el día en que todos morimos un poco, no solo se perdieron 192 vidas humanas. Se perdió también la inocencia de un país que vivía de un impulso importante en los años posteriores a la muerte del dictador. No, hasta el 11 de marzo de 2004 no había sido el recorrido un camino de rosas. Pero había cuatro o cinco consensos fundamentales, la Guerra Civil del siglo XX parecía superada y enterrada y, en fin, éramos un país más o menos normal que confiaba en unas instituciones que en cierto modo nos representaban a todos. Teníamos de aquella el problema de los hijos de puta (pido perdón ps al gremio de las caminantes noctunas por la ominosa comparación) de ETA, pero también la certidumbre que desde los atentados de Manhattan la vida para los terroristas iba a ser algo más complicada y que, al fin, acabaríamos venciéndoles.
Tal día como hoy, el 12 de marzo de 2004, mi país se levantó unido. En la desgracia, pero unido. Dispuesto a hacer bueno aquello de que con nosotros quien quisiera y contra nosotros quien pudiera. Y durante unas horas, fue asi. Aquel día se coreaba aquello de que “no está lloviendo, Madrid está llorando” en pleno centro de la capital. Pero aquel día, lloraban Barcelona, Granada, San Sebastián, Ceuta. La cabecera de la manifestación llegaba a la Plaza de África. La trasera alcanzaba Los Remedios.
Pero ese mismo día todo empezó a irse al carajo. Fuera por la torpeza de Ángel Acebes en no descartar otras vías a las del terrorismo etarra (ni para hacer un mandao), fuera el punto de tensión que empezaba a añadir el PSOE, fueran por las convocatorias espontáneas y ciudadanas ante las sedes de determinados políticos… Cuando destrozados por el dolor pero llenos de orgullo por la respuesta ciudadana nos acostamos esa noche, no éramos conscientes de que el virus se había instalado en nuestra sociedad. La ira.
Al día siguiente, todo se había simplicado asquerosamente. Si uno tenía la intención de votar al PP, debía sentir que había sido ETA. Si uno tenía la intención de votar al PSOE, sentir y difundir que había sido Al Qaeda como respuesta a la invasión de Iraq (ni para un mandao, insisto). Todo sencillo y mascadito, con los cadáveres aún por reconocer en el corazón de Madrid.
Desde entonces, todo lo que pudo ir a peor, lo fue. No se si quien lea esto habrá reparado en ello, pero quitando las gestas deportivas de los Alonso, Nadal, Iniesta y compañía, pareciera que no queda nada en aquella España que aún recogía réditos del mágico 92. Corrupción en la Casa Real. Corrupción en el PP. Corrupción en el PSOE. Corrupción en el nacionalismo catalán (no hace falta que vayamos el resto de los españoles a robar; ya se encarga la banda del nieto del avi Florencio). Corruptelas en el PNV, corrupción en el deporte. Y un puñado de jóvenes luchadores de aquella época que en la toma por asalto de los cielos han acabado colocando a la parienta de ministra y dando alas a un buenismo que siempre es el principio del fascismo. Hermana, yo si te creo, pero si son de los otros.
Vergüenza un mes después, en una lacra para la memoria del parlamentarismo español como es la comisión de investigación del 11 M. Vergüenza también de mi profesión, con algunos periodistas entregando toneladas de imparcialidad a cambio de una bandera que agitar. Y si; la España feliz, próspera y dinámica en la que pasé mi infancia y adolescencia murió aquellas horas posteriores al 11 de Marzo. Si; los terroristas nos podrían haber golpeado en cualquier momento. Y golpearon, y golpearán, donde puedan y cuando puedan. Pero desde entonces, que un amigo vote a la derecha y otro a la izquierda deja de ser una anécdota para ser un recelo común. Muertos al margen, es lo más importante que perdimos en aquellas horas. Porque no hemos sido capaces de restaurar aquello. Ni en actos terroristas, ni en la pandemia, ni en el estallido del Cumbre Vieja: Gobierno contra oposición, oposición contra Gobierno. Unos por otros y los muertos por enterrar.
Horas, como decía, en las que sentí orgullo por mi gente. No la de los parlamentos ni tribunas; mi gente es la que bajó mantas y termos de café desde sus domicilos para acercarlos a los heridos. Mi gente es la que se dirigió a los hospitales del país para poner el brazo y que sacaran cuanta sangre fuera necesaria. Mi gente son los taxistas que no cobraron las carreras, los hosteleros que invitaron al desayuno y los hoteleros que pagaron el alojamiento a los familiares de las víctimas. Mi gente son los uniformados que acudieron a los cuarteles voluntarios, sin que nadie les llamase, para atender a quien fuera necesario. Mi gente es cualquiera de los que al día siguiente llenó las calles de todo el país, orgulloso de tener una capital que en esas horas claves inspiró al resto de la nación.
Veinte años después de aquello, el cielo se abrió sobre Valencia. Y en un pueblo llamado Paiporta del que muchos -yo, al menos- no habíamos escuchado hablar, las principales autoridades del Estado sufrieron un abucheo sin precedentes, y con razón. No; no piensen que aquello de ‘solo el pueblo salva al pueblo’ nació en la Comunidad Valenciana. Tengo la impresión de que lo hizo dos décadas antes con las arterias de Madrid abiertas en canal.