“Les hablo a mis hijos de su hermana porque ha existido y la he parido”
SOCIEDAD
En el Día Mundial de la Muerte Gestacional, Perinatal y Neonatal, hablamos con Araceli, una mujer que perdió a su hija Alejandra a los 8 meses de gestación
El corazón de Alejandra latió por última vez el 4 de octubre de 2015. Su madre, Araceli, estaba embarazada de 8 meses.
A principios de ese mismo año, Araceli y su marido recibieron con ilusión la noticia de que en otoño ampliarían la familia. La pareja ya tenía un hijo, Daniel, de 3 años y medio, por lo que la emoción fue todavía mayor cuando supieron que el bebé que venía en camino era una niña, a la que llamarían Alejandra. “Iba a ser todo tan bonito… Después del niño venía la niña; la parejita”, recuerda apenada Araceli.
Los problemas en su embarazo comenzaron cuando le explicaron que tenía hipertensión y que “corrían peligro” el bebé y ella. A esta preocupación se añadió además el resultado de una analítica en la que le detectaron proteinuria, es decir, pérdida de proteína por la orina. A pesar de todo, los meses continuaban pasando y en las ecografías que le realizaban a Araceli, la niña nunca presentaba problemas de salud.
El 21 de septiembre, dos semanas antes del fallecimiento de Alejandra, Araceli acudió a su cita habitual con el ginecólogo. En ese momento, estaba embarazada de 32 semanas y su tensión seguía en aumento. “Tenía la máxima en 16 y la mínima en 11, pero el bebé seguía bien”, cuenta.
Pocos días después, Araceli comenzó a presentar síntomas que la hicieron preocuparse. “Me dolía la cabeza y no paraba de sangrar por la nariz. Tenía dolores en la boca del estómago y en la espalda. Todas las noches me levantaba de mi cama”, explica angustiada.
Las peores palabras
Los malestares continuaban, y el día anterior a la última revisión, “me metí en la cama y me puse el cacharro que tenía para escuchar los latidos del corazón, pero no se escuchaban. Entonces mi marido me tranquilizó porque me dijo que la máquina a veces podía fallar”, explica Araceli. Pero el ginecólogo confirmó sus peores temores. “Me puso el ecógrafo y le cambió la cara. Vino hacia mí y dijo: ‘no, nada’. Yo pensaba que se refería a que la niña no se dejaba ver”, relata con tristeza. Sin embargo, en ese momento el médico pronunció las tres palabras que dieron un vuelco radical a la vida de Araceli: “No hay latido”. Entonces, explica, “él se puso a llorar, mi madre también, y era yo la que les daba ánimos”.
El motivo de la muerte de Alejandra fue un infarto de placenta provocado por el Síndrome de HELLP. Al perder proteína por la orina, cuenta Araceli, “a la niña no le quedaba ni alimento ni oxígeno”. Sin embargo, está convencida de que el prematuro fallecimiento se podría haber evitado porque en su última visita al ginecólogo, a las 32 semanas de embarazo, “él ya sabía que había problemas y podría haberme sacado a la niña antes y no esperar a que pasara lo que pasó”. De hecho, lamenta que la niña pesó 1 kilo y 320 gramos, por lo que “podría haber sobrevivido perfectamente”.
A la pena de conocer la muerte de su hija, a Araceli se le unió la angustia de esperar a que le indujesen el parto. “Me lo provocaron al día siguiente. Estuve todo el día con la niña dentro”, narra esta madre. Una vez llegado el momento, “tenía muy claro que no quería cesárea”. “¿Para qué? Si me voy a ir con una raja de punta a punta y con las manos vacías”, declara. Además, Araceli tampoco quiso ver a su bebé. “No podía. Ponte en mi situación. Yo les decía que no me la dieran porque me la iban a quitar”, cuenta apenada.
Los días en el hospital
Araceli recuerda con mucho dolor la semana que estuvo ingresada en el hospital. Y es que, a la tristeza por la muerte de su hija, se sumó también el “poco tacto” de los médicos y enfermeras. Como ejemplo, relata el momento en el que, a las pocas horas del parto, acudió una médica a la habitación para que su marido recogiera el parte de Urgencias para firmar la defunción y que la funeraria recogiera a la niña al día siguiente. “Yo no me quería quedar sola porque no podía dormir. Entonces mi marido preguntó a la enfermera si se podían quedar conmigo porque yo no quería estar sola. Le dijeron que sí, pero nadie apareció para hacerme compañía”.
En otra ocasión, asegura Araceli, le pidió a su marido que se acostara a su lado en la cama “para abrazarme a él y poder dormir”. Sin embargo, una enfermera entró en la habitación y les llamó la atención. “Le dije que la única manera de dormir era abrazada a él, pero me contestó que mi marido no se podía echar en la cama”.
Pero, sin duda, una de las peores experiencias que vivieron, fue dormir durante siete días en un cuarto donde constantemente escuchaban lloros de bebés recién nacidos que provenían de la habitación de al lado.
Los meses posteriores
Poco a poco la vida siguió su curso, pero Araceli sabe bien que una herida así nunca termina de curarse. “Nadie está preparado para vivir algo así”, afirma. “Una vez que te quedas embarazada estás con toda la felicidad y toda la emoción del mundo. Pero entonces pasas de la alegría a la rabia, el dolor y la impotencia…”, subraya. Además, explica que, tras la muerte de Alejandra, “salía a la calle y a los dos pasos volvía a mi casa; no me podían preguntar qué me pasaba porque temblaba”, reconoce.
A día de hoy, dice “todavía tengo ansiedad”. Y no es difícil entenderlo, ya que amigas cercanas también estaban embarazadas entonces. “A mí me pasó un 5 de octubre y una amiga tuvo a su niño el 27 de ese mes. Ese día me hinché a llorar porque ella estaba en la misma clínica que yo, pero la llevaba otro médico. También tenía la tensión alta y le adelantaron el parto para hacerle una cesárea”, apunta Araceli acongojada.
Además, para ella, que en ese momento tenía 31 años, era muy “doloroso”, que le dijeran “puedes tener otro, eres joven”. Sin embargo, precisamente porque ya tenía un hijo, se obligó a “tirar para adelante”. Eso sí, asegura que siempre se acordará de Alejandra porque “es imposible cerrar los ojos, abrirlos y olvidarlo”. “Es algo que te ha pasado, que lo has vivido. La he tenido 8 meses dentro, es un vínculo”, explica con nostalgia.
Sin embargo, esta madre no tuvo fuerzas para poder denunciar al médico que le realizó la revisión en la semana 32, cuando la niña aún vivía, pero que no le adelantó el parto, sabiendo que tenía hipertensión y proteinuria. “No quise denunciar. Yo tenía mucha ansiedad, no me veía con fuerzas y no me iban a devolver a mi hija”, explica Araceli, a quien en ocho años nadie ha llamado todavía para pedirle perdón.
Solicita una asociación
Después de ocho años, Araceli conoce a varias mujeres, tanto en persona como a través de las redes sociales, que han vivido su misma experiencia. Sin embargo, lamenta que en Ceuta no exista una asociación que las reúna para apoyarse entre todas ellas.
“Es una pena porque cuando llega el Día de la Concienciación del Duelo Gestacional, Neonatal y Perinatal, en otras ciudades se van a la playa, sueltan globos o ponen velas. Sería bonito hacer una quedada entre madres que hemos pasado por lo mismo y hablar, pero aquí no hay asociación”, comenta.
Y es que, explica Araceli, “nuestros maridos nos apoyan, pero ellos también están viviendo lo mismo”. En este sentido, confiesa que en ocasiones se enfadaba con su marido porque él no lloraba. “Le preguntaba si le dolía y él me decía que aunque no llorase estaba triste”.
El nacimiento de José Antonio
Tras perder a Alejandra, Araceli no quería tener más hijos, pero José Antonio “vino sin buscarlo”. A los 15 meses de sufrir la peor experiencia de su vida, volvió a quedarse embarazada. “Fue un bebé arcoíris y tiene las pilas cargadas”, explica Araceli sobre su hijo pequeño. Sin embargo, fue incapaz de disfrutar de este tercer embarazo. “Pasé miedo en todas las ecografías; temía cada vez que iba al ginecólogo y me ponía el ecógrafo”, recuerda.
Afortunadamente, el bebé nació sano y actualmente ella y su marido tienen dos hijos. “Me quedé con las ganas de un tercero, pero cuando tuve a mi último hijo, la ginecóloga me dijo que no tuviese más porque corría riesgo debido a la tensión alta”.
Actualmente, Araceli y su marido tienen dos hijos a los que les habla de ella sin ningún problema. “Por qué no les voy a hablar, si la niña ha existido, yo he parido y la han incinerado”, asegura. De hecho, cada octubre les recuerda a Daniel y a José Antonio el cumpleaños de Alejandra y les explica que “está con el abuelo Pepe en el cielo”.
Ahora, casi una década después, a Araceli y su familia les queda el recuerdo de Alejandra y la esperanza de poder inscribirla en el Registro Civil. “Fue hace ocho años, pero no tiene que figurar como un legajo de aborto. Yo he tenido tres partos”, concluye la madre de Alejandra.