Carlos Rontomé, el romántico inquieto que es feliz mirando al mar
SOCIEDAD
Sargento con 18 años, el madrileño pasó dos décadas entre soldados y libros hasta que la sociología y la docencia le otorgaron, en Ceuta, la satisfacción intelectual que necesitaba
Desde su despacho puede ver el mar. Le basta ese momento contemplativo para alcanzar la felicidad que terminan de proporcionarle su mujer, sus cuatro hijos y su nieta. Antes de asumir la dirección de la UNED en Ceuta, el fatigoso ritmo laboral que ha acompañado a Carlos Rontomé durante gran parte de su vida lo privaba del tiempo libre necesario para disfrutar de los suyos. El teléfono le sigue sonando con frecuencia, como durante los cuatro años que pasó en política, pero reconoce que la responsabilidad es ahora más placentera. Ha vuelto a leer novelas y ensayos, esos que saciaron su curiosidad intelectual durante las dos décadas que pasó en el Ejército, desde que con 19 años accediera al funcionariado, como Sargento, hasta que con más de 40 lo abandonara en busca de nuevas experiencias.
Natural de Madrid, se confiesa “un madrileño un poco raro”. De esos que adoran pasear por sus calles y ‘comerse’ su variada agenda cultural, pero siempre con fecha de caducidad. Le “agobia” el bullicio y “los atascos”. Además, la capital no tiene mar. Sentado tras la mesa de reuniones de su despacho, desvía Rontomé la mirada hacia la ‘postal’ que deja entrever la ventana dispuesta a su izquierda, que llena el espacio de luz matutina. “El mar es de las cosas bonitas que tiene Ceuta. Desde aquí puedo verlo constantemente”, afirma con una sonrisa.
Las paredes de su ‘oficina’, en la segunda planta del campus universitario ceutí, lucen repletas de color y recuerdos. Cuadros que fue adquiriendo durante su reciente etapa como consejero de Cultura de la ciudad autónoma. Si le hubiesen dado otra área, se habría “tirado de los pelos”, pero le gustó dedicarse a la Educación y la Cultura. “Iba a casi todos los actos que podía. Conciertos, exposiciones, teatros…”. Solía pasarlo “bien”, y eso que “no tenía vida”. Aunque tuvo la suerte de contar con el apoyo de su compañera de vida, Cristina, que “siempre estuvo ahí, empujando”.
Lo tuvo claro Rontomé cuando vio a la sevillana por primera vez en la boda de un amigo. “Era la hermana de la novia. Cuando me la presentaron le pregunté si quería casarse conmigo”. No le dijo que sí entonces, pero se casarían años más tarde, al cumplir ella los 18 y él los 22. La misma determinación y precocidad mostró el día que, con tan solo 16 años, contó a su familia que quería ser soldado. El Ejército lo dejaría a los 20 años de iniciarse en él, pero el compromiso con Cristina ha superado ya 36 primaveras.
El sargento imberbe
Además de los coloridos cuadros, decenas de diplomas y numerosos libros, un casco militar metalizado y rústico decora su despacho. Lo toma y acaricia con sus manos. Es uno de los recuerdos que conserva de su vida castrense. Aquella a la que accedió motivado por ilusiones creadas entre libros de historia. Era de esos niños a los que le gustaba estudiar, “y, sobre todo, leer”. Como todo párvulo de los setenta, los primeros libros que devoró tenían a Mortadelo y Filemón como protagonistas.
Aún se recuerda a sí mismo durante los viajes en metro destino plaza de Callao. “Siempre llevaba un libro pequeño en el bolsillo”. Para ‘desgracia’ de su padre, empleado de banca, se topó el pequeño Carlos con los libros de historia. Le gusta la contemporánea, la del siglo XX. “Me imbuí de todo lo que había leído sobre el Ejército. Entendí que era una vida aventurera. Tenía 14 o 15 años y un desconocimiento total de la realidad. No sé… Los libros me dieron una visión romántica de la profesión y decidí ingresar”. Al terminar el Bachiller se presentó a las pruebas para acceder a la academia militar. De entre 11.000 aspirantes, fue el número 87. Pese a la resistencia de su padre para firmar la autorización, un joven e “idealista” Carlos Rontomé dio el primer paso hacia la vida de “aventuras” que soñaba tener.
Con 18 años abandonó la academia de Lérida como sargento en prácticas, a cargo de soldados de 21 años. “Me miraban con una cara… No tenía ni barba entonces”. Fue entonces cuando descubrió lo alejado que estaba el universo castrense de su concepción decimonónica. En León, su primer destino en Caballería, se topó con “un Ejército pasivo, no como el de ahora, diseñado durante la dictadura, para el control interior, no para proyectarlo hacia afuera”. Eran los años ochenta y la democracia acababa de modernizar España. Era una vida “dura, pero también gratificante”, de la que extrajo gran parte de sus valores y su forma de trabajar.
“El Ejército enseña una forma de entender las cosas. Aprendes sobre el compromiso, la lealtad. Y el compañerismo”. Han pasado ya cuarenta años desde aquella experiencia primeriza, pero a día de hoy, cada mañana, Rontomé abre el grupo de WhatsApp que reúne a todos sus compañeros de promoción y envía su ‘buenos días’. “Estar al lado de tu compañero pase lo que pase. Eso sí me ha servido para el resto de mi vida”. Y aunque también le permitió el cuerpo militar ir de un destino a otro saciando su sed de aventuras, siempre le faltó algo. “No sé cómo explicarlo. Quizás desde el punto de vista intelectual… Pero necesitaba cambiar de aires. Tenía clavada la espinita de estudiar una carrera”. Y el “inquieto” madrileño, sin soltar las armas, se tomó lo de los libros un poco más en serio.
La curiosidad intelectual
Algunos de los libros de su vida los leyó Rontomé en el cuarto compartido con sus compañeros de unidad. “Éramos cientos en los dormitorios. Unos llorando, otros hablando de cualquier cosa”. Para “aislarse” de los gritos tuvo que recurrir a uno de los famosos ‘Walkman’. Con ‘The Smiths’ o ‘La Orquesta Mondragón’ de fondo se empapó de Borges, García Márquez o Alejo Carpentier. No sabría quedarse con uno, pero ‘Nada’, de Carmen Laforet, marcó una diferencia. No ha vuelto a leerla, no sea que con el tiempo y la edad se estropee el recuerdo. Sí ha decidido releer a Julio Cortázar. Una vez dejó ‘Rayuela’ a la mitad y ahora, tras cuatro años sin prácticamente poder tocar un libro, se ha atrevido.
Lo que no pudo el Ejército lo consiguió, décadas más tarde, el sacrificio que implica la política local. Siendo sargento no dejó de lado la Cultura, pero se vio forzado a hacerlo como consejero del mismo área. Confiesa que nunca tuvo inclinaciones partidistas, ni siquiera cuando decidió que el “gusanillo” de los estudios universitarios lo mataría con la carrera de Ciencias Políticas y Sociología. Por aquel entonces acababa de ‘aterrizar’ en la vida castrense. Su idea siempre fue la historia, pero el latín le hizo desviarse de su “vocación inicial”. “Me costó mucho sacarme el latín en Bachiller. Lo conseguí con un 5 pelado, y era una de las troncales en Historia. Así que empecé a mirar otras titulaciones”.
Ciencias Políticas lo englobaba todo para él: “Historia, Geografía, Política, Administración, Economía, pensamiento… Mucho pensamiento. Filosofía. Era un gran batiburrillo de cultura general”. De nuevo, Carlos se topa con la obligación de comunicar una ‘mala noticia’ a su pragmática familia. “¿Por qué no haces Derecho?”, le sugerían. “¿Para qué quieres esa carrera? No sirve para nada”, le espetaban. Él “lo sabía”. “Pero siempre decía que me servía para poder discutir y llevar razón”, concluye soltando una carcajada. Años más tarde lo intentaría con el Derecho, carrera que nunca ha finalizado. Eso sí, todo a distancia. “Toda mi vida he estudiado a través de la UNED”, afirma con expresión orgullosa el director de la Universidad a Distancia en Ceuta.
Sobre la pared que separa los dos ventanales de su despacho cuelga una fotografía de Carlos “con 20 kilos menos”, bromea. Con camisa de cuadros, recogía un obsequio entregado por el entonces Comandante General de Ceuta, Juan Yagüe, y el antiguo director de la UNED, Fernando Jover. Baja su rostro hacia el pin que adorna su chaqueta: “El director me regaló este pin de plata, y lo llevo a todos los actos”. Se trata de un presente otorgado al término de su doctorado. Ya se encontraba en Ceuta, adonde llegó en 1995, tras verse obligado a abandonar el regimiento de Caballería en Sevilla, que entonces cerraron. Madrid era una de las opciones, pero él quería ver el mar. Estaba previsto que el destino tuviera fecha de caducidad: “Pero aquí sigo, 28 años después”.
No se arrepiente: “Todas las mañanas veo el mar constantemente. Es una maravilla. Reconozco que algo de ese espíritu romántico me ha quedado”. Además de su costa, reconoce Rontomé que es “su gente” la que terminó de enamorarle. Esa que ha estudiado en profundidad desde que el sociólogo ceutí José Miguel ‘Pepe’ Cantón le propusiera crear una consultora, allá por 1999.
La complejidad caballa
Pepe Cantón y Carlos Rontomé aprovecharon la ausencia de estudios sociológicos sobre la “compleja” sociedad ceutí para lanzarse a la creación de ‘Sociópolis’. En paralelo, comenzó el madrileño una tesis sobre el mismo asunto que le llevaría siete años finalizar. “Estaba pluriempleado”, trabajando por las mañanas en el Ejército y realizando encuestas y análisis por las tardes. Identificó entonces el “déficit de formación” que tenía en esa área. “Siempre he sido muy sincero conmigo mismo. Sé hasta dónde puedo llegar. Lo que puedo hacer y lo que no”. Así que decidió estudiar un máster en estudios de opinión. Es una época que recuerda con cariño: “Hicimos trabajos muy bonitos, en Ceuta y en Melilla. Estudios sobre pobreza, que en aquel momento no se habían realizado en Ceuta, sobre consumo de drogas o sobre el uso de las lenguas”.
Si el pluriempleo no había sido suficiente hasta el momento, allá por 2006 decidió el militar y sociólogo asumir una nueva carga, sustituyendo a un profesor de Ciencias Políticas en la UNED. Un año más tarde, un nuevo vuelco: acepta el puesto de gerente de un periódico local. Fue entonces cuando decidió acabar con el “trabajo aséptico” que aún mantenía en el Ejército. Se atrevió a dejarlo por un trabajo que concluiría alrededor de un año y medio más tarde. Y, entonces, paró. “Tuve la suerte de obtener una beca de investigación para terminar la tesis doctoral, con la que llevaba desde tiempos inmemoriales”.
Detiene Rontomé su narración para volver a señalar uno de los objetos que adornan su despacho. Dirige su mirada hacia un grueso libro. La tesis ‘Las sociedades multiétnicas: el caso de Ceuta” fue presentada en 2011, obteniendo tras su defensa un sobresaliente ‘Cum Laude’. Tras año y medio de dedicación absoluta, tan solo compaginado con la crianza de sus cuatro hijos, logró presentar un trabajo que le ha abierto numerosas puertas. “Comencé a moverme en ciertos ámbitos. Trabajé con el Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado, realicé varias charlas y colaboré como asesor en diversas entidades, como la red contra la radicalización de la Comisión Europea”.
Durante el mismo año, 2011, ganó una plaza como profesor de sociología en la Universidad de Granada. Y todo gracias al riesgo asumido: “Me he arriesgado mucho en la vida. He ido cambiando de trabajo constantemente, incluso con cuatro niños en el mundo. Me he arriesgado y he tenido suerte”. Decidió aventurarse también en 2019, cuando la política “real” llamó a su puerta. La “vanidad” y sus ansias de “servir a la sociedad” le motivaron a decir que sí.
Las luces y las sombras
Apoyados sobre un mueble bajo que sostiene libros sobre antropología, el nacionalismo o el árabe ceutí, varios marcos con fotografías editadas digitalmente. Muestran escenas de romerías o ferias medievales, con personajes cuyos rostros fueron superpuestos para mostrar a Carlos Rontomé como un caballero medieval o a Adela Nieto (actual directora general de Servicios Sociales) como una dama. “Regalos de Chiqui (funcionario de Festejos). Nos daba una de estas en cada fiesta”, explicaba Rontomé sonriente. De nuevo, recuerdos que decoran su despacho. En este caso, de su etapa como consejero, entre 2019 y 2023. Prefiere conservar los buenos, aunque también los hubo malos.
Vicesecretario general del Partido Popular de Ceuta en 2017, coordinó la campaña electoral de las elecciones locales de 2019 que ganó su partido. Su nombre era el tercero de la lista, por lo que entró de golpe en el equipo ejecutivo. Asegura que “siempre” se resistió a entrar en política, pero la llamada de Juan Vivas lo halagó demasiado. Actualmente imparte una asignatura llamada ‘Actores Políticos’, y aprovecha para sacar a colación una de las lecciones: ¿por qué entra alguien en política? “Hay muchos factores. Uno de ellos es que te sientes halagado, es todo un reconocimiento”. En su caso, además, quiso “probar algo nuevo. Otra vez”.
“Ya me había metido en otros jardines antes. Me motivó también ese espíritu de servicio por el que entré en el Ejército. Es también una perspectiva romántica de la política. Piensas que puedes contribuir a mejorar la vida de tus vecinos. Luego te das cuenta de que en realidad estás muy limitado”. La política local, confiesa, le ha conferido muchas satisfacciones. Especialmente en el área de Cultura y Fiestas, pudo estar al frente de la organización de numerosos eventos. “Cuando haces algo bueno, tus vecinos te felicitan, lo que haces repercute directamente en sus vidas”. Pero se trata de un arma de doble filo: “Cuando las cosas no funcionan, que ocurre muchas veces, te lo recriminan”.
Incluso en las críticas irónicas que en alguna ocasión le dedicaron en las letras del carnaval de Ceuta atisbó “cariño”. “Recuerdo que los Pavana se metían conmigo, pero con mucho arte. Me encantaba. Es la esencia del carnaval”. Son esos sus recuerdos “bonitos”, pero también los hay “feos”. “Lo peor que llevaba eran las dificultades en la gestión. Que quisiéramos hacer algo y nos costara la vida sacarlo adelante”. Lamenta que “la gestión es complicada”, especialmente por “ese porcentaje que no depende de ti”. Lo ejemplifica con el caso de las obras en la Catedral: “Empezamos a tramitarlo en 2019 y se están empezando ahora. Son situaciones decepcionantes, te quedas con mal sabor de boca”.
Más allá de las trabas administrativas, tampoco ‘nadó’ cómodamente en las aguas de la crispación. “Fue una legislatura dura, no como la de ahora, que parecen estar todos más sosegados. Hay menos insultos, menos amenazas”. Además de consejero ejercía como portavoz del Partido Popular en la Asamblea, cargo que lo exponía sobremanera. “Al principio lo pasé mal. Luego ya vi que formaba parte del juego de la descalificación. Todo se quedaba en la Asamblea”. Recuerda que parte de la oposición hizo uso de sus trabajos sociológicos para recriminarle algunas de las conclusiones a las que llegó, especialmente, su tesis doctoral. “Efectivamente, en mi tesis expuse que Ceuta es una ciudad a dos velocidades, una ciudad segregada. Pero eso no quiere decir que como político me guste, simplemente analizo la realidad. Es como si el paciente recrimina al médico que le ha diagnosticado cáncer”.
Para Rontomé, el malentendido radica en la diferencia entre el discurso político y el análisis sociológico: “Un análisis de la sociedad ceutí, que es compleja, no puede ser ni blanco ni negro. No podemos hablar de buenos o malos. Muchas veces, el discurso político, y también el de los medios, que se retroalimentan, tratan de exponer los buenos y los malos, conmigo o contra mí. Pero las realidades son mucho más complejas. Es cierto que es más fácil el discurso dicotómico de blanco-negro, porque el político debe convencer a la gente de que lo vote. Prefieren decirle a la gente quién es el bueno y quién es el malo, para que no le den vueltas y piensen demasiado”.
En 2023, al término de la legislatura, simplemente decidió no seguir. Desde que lo hizo, su teléfono móvil suena con menos frecuencia, los insultos hacia su persona se han reducido considerablemente, y tiene tiempo para su mujer, sus cuatro hijos, su nieta y sus libros. También para las aventuras de John Wayne y el humor inteligente de Berlanga.
- ¿Qué debe cambiar en la sociedad?
- Es complicado, las sociedades tienen sus propias dinámicas. Todas las generaciones piensan que la anterior fue mejor. La sociedad debe ir adaptándose a los cambios. Pero, la pata que, creo, más cojea actualmente y que más influencia tiene en todos los ámbitos de la vida, es el compromiso.
Comprometernos a hacer algo lo mejor posible, que sea duradero, que el esfuerzo sea perdurable. Con mi mujer, que siempre me ha apoyado en todo, llevo 36 años de lealtad total. De compromiso. La verdad es que no me puedo quejar. Tengo una vida ajetreada, pero es un gustazo. Y, fíjate, desde aquí veo la península. Veo el mar.
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