3-30-300, la regla para encajar la naturaleza en el entorno urbano

Medioambiente

Ceuta se enfrenta al reto propuesto por la UE a las ciudades de más de 20.000 habitantes de elaborar planes de renaturalización para promover urbes más sostenibles

Pino bicentenario en Calamocarro
Pino bicentenario en Calamocarro | CEDIDA
Redacción
29 ene 2026 - 19:57

El urbanista Cecil Konijnendijk es el padre de la regla 3 -30 -300, que nos habla de las contribuciones fundamentales de los bosques y la naturaleza urbanos a la salud y el bienestar de las personas. El experto en silvicultura urbana propone que, si el objetivo es el de impulsar la creación de ciudades más verdes y amigables, resultaría aconsejable atender a tres premisas irrenunciables. Todos deberíamos poder ver al menos tres árboles con solo asomarnos a la ventana de casa. Cada barrio debería disponer de una cobertura arbórea del 30%. Y, por último, la distancia entre nuestra vivienda y una zona verde no tendría que ser superior a los 300 metros.

El conservacionista Manuel Toledo comparte el sueño de Konijnendijk, pese a que Ceuta, como otras muchas ciudades españolas, está lejos de satisfacer las exigencias del investigador neerlandés. Toledo es el presidente de Plataforma en Defensa del Arbolado Urbano, la Diversidad y el Medio Ambiente (Daubma), una entidad que se ha mostrado particularmente combativa desde su fundación en 2024.

Jardines de la Argentina
Jardines de la Argentina | El Pueblo

La organización se sitúa en la línea marcada por la Estrategia de Biodiversidad establecida por la Unión Europea. Al amparo de ella, Bruselas ha decidido que todos los municipios europeos de más de 20.000 habitantes deberán contar con planes de renaturalización a más tardar en 2030. El objetivo es el de aumentar la presencia de entornos naturales en las ciudades con el propósito de optimizar su sostenibilidad y resiliencia ante las consecuencias del cambio climático.

Ante este reto, Daubma ha reclamado pasos hacia adelante que favorezcan la protección del patrimonio natural urbano de la ciudad y, particularmente, la de su arbolado. “Uno a veces encuentra árboles enterrados en cemento y se pregunta: ¿por dónde le va a entrar el agua? ¿por dónde va a respirar la tierra de la que se nutren esas raíces?”, protesta Toledo para evidenciar su desacuerdo con la gestión pública de las zonas verdes en Ceuta.

Los árboles, como símbolo de fertilidad y fuente de vida, constituyen un patrimonio que apela a lo más fundamental de la relación de los seres humanos con su entorno. Como en otros muchos municipios españoles, Ceuta cuenta con un buen número de ejemplares singulares, que quedaron consignados en un listado que, con el aval de la Fundación Rodríguez de la Fuente, identificó hace más de una década hassta 38 ejemplares de gran porte, de los que el grupo más numeroso lo constituían los laureles de Indias de los Jardines de la Argentina, 11 ejemplares plantados en la década de los 20 del pasado siglo.

Toledo ofrece una guía abocetada de esta riqueza natural. Las araucarias, de las que en Ceuta existen varios ejemplares, aunque solo dos o tres de gran porte. Los ficus, como los que pueden encontrarse en el instituto Siete Colinas. O pinos, como el bicentenario que se levanta en el arroyo de Calamocarro. “Había también un castaño y un roble centenarios que se quemaron cuando el incendio que se registró en la zona -lamente al presidente de Daubma- Los árboles perdidos deberían reponerse,pero muchas veces no se hace: aunque nosotros no podamos llegar a verlos, las nuevas generaciones sí lo harán”.

De La Argentina a Santa Catalina

Los Jardines de la Argentina constituyen una referencia del arbolado urbano en la ciudad. En 2018, una ejemplar centenario colapsó, una amenaza que se reprodujo en los años siguientes con la caída de ramas de otros árboles. Con todo, Toledo señala que, a día de hoy, la gestión que se hizo de este espacio verde ha permitido reconducir la situación del parque mediante una mayor vigilancia y un sistema de riego adecuada.

Otro cantar es el parque de Santa Catalina, un proyecto, nacido para regenerar el emplazamiento que antaño albergara un enorme vertedero, que no ha acabado dando los resultados apetecidos. “Es una zona donde viento azota fuerte, donde los efectos de la salinidad del mar se dejan sentir, lo que obliga a vegetación y árboles resistentes: no puedes llegar y decir aquí va a crecer lo que yo diga”, censura el presidente de Daubma.

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