Montserrat Martí reivindica el legado eterno de ‘La Callas’
MÚSICA
La soprano barcelonesa consigue un nuevo éxito en las Murallas Reales, con el homenaje a la gran voz griega
Si la ópera ha pasado de moda, que baje Pavarotti y lo vea. Porque el ‘bel canto’ es uno más de esos artes, como el teatro o el flamenco, al que tantas veces se da por muerto que no solo sorprende que respire, sino que lo haga con más fuerza que nunca.
Parte de este éxito en la supervivencia de una expresión cultural consiste en las leyendas, y en la preservación de su mensaje de generación en generación. Y de esas, la ópera tiene unas cuantas. Desde aquel heno en las carreteras para evitar el ruido de los carruajes y aliviar los tormentos de un Verdi moribundo hasta la histriónica personalidad de Mozart cuya muerte sigue siendo, hoy, un misterio, pasando por la estrecha relación de amistad y rivalidad entre Plácido Domingo y Josep Carreras. Pero quizá nadie como María Callas: la última diosa griega, la gran voz de la historia, la mujer cuya vida personal fue una tragedia en la mejor tradición de la literatura de su país. Ella y Montserrat Caballé: una de las que entendieron, y con razón, que la ópera debía alejarse del clasicismo más elitista y ser compartida con los demás. Que no estaba reñido ser aclamada en los más grandes templos con acercar el canto, a través de shows de televisión o en canciones con la mejor voz del pop, al pueblo más llano y diverso.
La Callas es leyenda. Su amiga, La Caballé, también. Confidentes y compañeras de trabajo; nada de peleas de divas. Una admiración sincera entre dos voces por cuya posesión cualquiera podría negociar seis meses de vida. Y en la caja de galletas del alma, la hija de la segunda encontró la inspiración para seguir contando la leyenda de un arte a las nuevas generaciones. Se llama Montserrat Martí, y este sábado alzaba el testigo de su madre Montserrat, de doña María la griega y de tantas y tantas otras. Lo hizo en un lugar que le encanta, como son las Murallas Reales. Para homenajear a La Callas, ante un público que, posiblemente, llegó a la ópera gracias a gente como su progenitora.
La ópera sigue. La leyenda continúa. El testigo, en las mejores manos: las de Montserrat Martí. Que siga la fiesta.