Charla con Amin Maalouf
“El mundo es un espectáculo a veces inquietante, pero fascinante de contemplar”
Charla con Amin Maalouf
La culpa asociada a la identidad compleja, la verdad y su cuestionamiento aliado a las nuevas tecnologías, el sufrimiento en la literatura, los trampantojos creados por la inteligencia artificial que compiten con una mirada honesta del mundo… El escritor Amin Maalouf ha compartido esta mañana más de una hora de reflexiones con un grupo de estudiantes universitarios y de Bachillerato. Maalouf, que este jueves recibirá el Premio Convivencia 2026 que concede la Ciudad Autónoma, se ha desplazado hoy al Campus Universitario para participar en una mesa redonda junto a los jóvenes Rakesh Narwani, cineasta, Andrés Cañas, alumno de máster en la Universidad de Granada, y Antonio Acosta, doctorando en Ciencias de la Educación.
“Estoy conociendo Ceuta, un lugar simbólicamente muy importante, un lugar en el que se atisban al tiempo dos continentes”. Maalouf comentaba sus impresiones acerca de la ciudad minutos antes del comienzo del acto en un corrillo en el que participaba Carlos Rontomé, director de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (Uned), una de las instituciones organizadoras de la mesa redonda.
Nada más tomar asiento en el estrado de un salón de actos que albergaba una audiencia expectante, el escritor franco-libanés hubo de enfrentarse a la primera de las preguntas que sucesivamente le irían planteando sus jóvenes contertulios. “¿Cómo vivir sin culpa una identidad compleja?”, interrogaba Narwani.
La respuesta de Maalouf estaba avalada por décadas de experiencias y reflexiones. “La cuestión de la identidad es algo que me viene preocupando durante los últimos 60 años. Es un problema que se plantea en todas las sociedades. Siempre hay una presión procedente de aquellos que comparten con nosotros una parte de esa identidad múltiple. Yo, por ejemplo, me siento libanés y francés, pero mis amigos libaneses quisieran que me sintiera más libanés y mis amigos franceses, más francés”, sostuvo el autor de “León, el Africano”, quien instó a trabajar para garantizar la permanencia de la “complejidad que habita en todos nosotros” y a ayudar a los demás a asumir su identidad completa.
Fue Andrés Cañas quien introdujo en la charla el debate en torno a los efectos que la irrupción de la inteligencia artificial, y las nuevas tecnologías en general, ejerce, no solo sobre la realidad de la convivencia de identidades diversas sino también sobre la visión del mundo. El escritor aludió en su respuesta a su convicción de que la inteligencia artificial es un elemento constitutivo de la civilización actual: “Hay una influencia real de la inteligencia artificial sobre nuestra concepción de la identidad, una concepción que ha cambiado en las últimas décadas con la evolución de la comunicación. Vivimos con la sensación de estar en una enorme plaza pública universal donde todos somos vecinos, estamos muy cercanos, pero es una realidad que produce, al mismo tiempo, una proximidad y un alejamiento”. Maalouf imaginó un mundo en el que resultará imposible dejar en un segundo plano una tecnología tan invasiva, pero reclamó como una necesidad la de combatir para evitar que su presencia acabe por marginar a los seres humanos.
“Por primera vez, existe el riesgo real de que una tecnología margine al ser humano. Hay que pensar en todas las implicaciones que esto conlleva para el concepto de identidad. Es necesario definirnos como seres humanos frente a la inteligencia artificial”, insistió.
“¿Cómo el sufrimiento puede ser transformador?”, cuestionaba acto seguido Antonio Acosta. Maalouf llevó la respuesta a su terreno, el de la literatura. “Las heridas del cuerpo producen sangre, las del alma producen tinta. El sufrimiento y la literatura a veces guardan un vínculo muy estrecho. El sufrimiento puede proceder del hecho de que nos podemos sentir víctimas de discriminación por el color, la lengua, la orientación sexual o cualquier otra diferencia. Pero el sufrimiento, además de ser doloroso, puede resultar muy fecundo. Puede dar lugar a muchos textos”.
Conforme avanzaba la conversación, el escritor iba revelando sus inquietudes acerca del tráfico de la verdad, del malbaratamiento de las certezas. Maalouf se declaraba un observador del mundo, de un espectáculo “a veces inquietante”, pero, en todo caso “fascinante de contemplar”. “Antes se decía que esto o aquello era verdad porque lo habíamos visto con nuestros propios ojos. Hoy día, esto no significa necesariamente que lo que vemos sea la verdad. Así, tenemos la necesidad de discernir en cada momento, ante todo lo que oímos, qué es verdad y qué no lo es”.
A juicio del Premio Convivencia 2026, se plantea así un escenario en el que se pervierten las prioridades que la ética debería imponer: “Recibimos innumerables informaciones y no sabemos qué es importante y qué no. Decir que una cosa es más importante que otra parece que sea inaceptable, como si hubiera que poner todo en un mismo plano. ¿Es qué una guerra y un partido de fútbol son cosas igualmente importantes? ¿Es que los problemas de una personalidad del cine son más importantes que la discriminación en el mundo? Hay que establecer, al menos para uno mismo, una línea entre lo que nos parece que es la verdad y lo que nos parece falso, entre lo que es realmente importante y lo que no lo es”.
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