NUESTRA SEÑORA DE ÁFRICA
La Virgen de África emociona a Ceuta en una procesión para la historia
NUESTRA SEÑORA DE ÁFRICA
Ceuta/ Hay procesiones que simplemente se contemplan, otras se viven, pero luego hay otras que, sencillamente, se sienten. La de este 5 de agosto, precisamente, pertenece a esa última categoría. No ha sido únicamente el recorrido de una imagen por las calles de su ciudad. Ha sido el abrazo de todo un pueblo a su Madre. Ha sido la necesidad de mirar al cielo después de días demasiado oscuros. Hasido la demostración de que la fe, cuando nace del corazón de una ciudad, es capaz de levantar incluso el ánimo de quienes habían perdido la sonrisa.
Ceuta llevaba demasiados días respirando preocupación. Las noticias habían desplazado a las celebraciones, el ruido había sustituido a la alegría y la incertidumbre logró poner en jaque incluso unas fiestas patronales que finalmente no pudieron celebrarse en su plenitud debido a la suspensión de la Feria. Pero el 5 de agosto amaneció distinto. Amaneció con la esperanza de que, al menos por unas horas, la ciudad pudiera reencontrarse consigo misma.
Ese reencuentro comenzó al mediodía.
El Santuario de Nuestra Señora de África volvió a quedarse pequeño. No cabía un alma más. Decenas de fieles permanecían incluso en el exterior del templo para seguir la misa pontifical presidida por el administrador apostólico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, monseñor Ramón Darío Valdivia, concelebrada junto al clero ceutí.
Junto al pueblo también estuvieron presentes las principales autoridades civiles y militares de la ciudad. Pero en un día como éste no había diferencias entre cargos, uniformes o vecinos. Todos miraban hacia el mismo lugar. Todos acudían a encontrarse con la misma Madre.
La eucaristía fue el preludio perfecto de una jornada que se intuía inolvidable. Porque las emociones ya comenzaban a desbordarse mucho antes de que llegara la esperada hora de la salida.
Y cuando el reloj marcó las ocho de la tarde, el silencio se hizo dueño de la Plaza de África.
Las puertas del Santuario comenzaron a abrirse lentamente mientras cientos de personas contenían la respiración. Muchos llevaban horas esperando ese instante. Algunos, incluso días. Otros necesitaban verla para volver a recuperar la paz.
Entonces apareció Ella.
Sobre su majestuoso paso de plata, exornado con 750 nardos, 350 calas blancas y pericum, la Virgen de África volvía a asomarse al corazón de Ceuta con esa serenidad que sólo poseen las madres que saben consolar sin pronunciar una sola palabra.
En el interior del templo sonó la primera levantá. Los costaleros, dirigidos por Manuel Creo, comenzaron a caminar con una elegancia extraordinaria mientras la marcha “Virgen del Valle” acompañaba los primeros metros desde el altar mayor hasta la puerta principal.
Y justo cuando la Patrona cruzó el dintel del Santuario, el Himno de España envolvió una escena imposible de describir con justicia. Los aplausos brotaban espontáneamente. Muchos levantaban el móvil. Otros preferían guardar ese instante únicamente en la memoria. No faltaban quienes simplemente lloraban.
Ya en la calle, la Banda de Música Nuestra Señora de la Paz de Málaga interpretó “Estrella Sublime”. Era el comienzo oficial de una procesión que, desde el primer compás, dejó claro que no iba a parecerse a ninguna otra.
La Virgen iniciaba su caminar por el Paseo de las Palmeras acompañada por una multitud que no dejó un solo hueco libre a lo largo del recorrido. Nadie quería perderse el regreso de su Alcaldesa Perpetua a las calles de Ceuta.
Pero si hay un instante que cada año emociona, éste volvió a superar cualquier expectativa.
Al llegar a la Plaza de la Constitución, el paso reviró lentamente para mirar hacia el Estrecho de Gibraltar. Ese gesto, convertido ya en tradición, adquiría esta vez un significado mucho más profundo. Frente al mar que tantas alegrías y tantas preocupaciones ha traído a Ceuta durante las últimas semanas, el pueblo volvió a elevar la Salve.
No fue una Salve cualquiera.
Fue una oración nacida desde las entrañas de una ciudad herida.
Muchos apenas pudieron terminarla. Las voces se quebraban mientras las lágrimas hacían el resto. Eran lágrimas de fe, de alivio, de agradecimiento y también de esperanza. Porque pocas veces una plegaria había dicho tanto sin necesidad de explicar nada.
La procesión continuó avanzando entre aplausos constantes. Cada esquina se convertía en un pequeño homenaje. Cada balcón parecía un altar improvisado. Cada “¡Viva la Virgen de África!”, “¡Viva nuestra Patrona!” o “¡Viva la Madre de Dios!” encontraba inmediatamente respuesta entre el público.
Como manda la tradición, la esquina de Telefónica volvió a convertirse en otro de los grandes escenarios de la tarde. Allí resonaron nuevamente los acordes de “Campanilleros”, evocando aquella histórica primera salida con costaleros a finales de los años noventa bajo el martillo de Carlos Torrado. La revirá volvió a arrancar una de las mayores ovaciones de toda la jornada.
Sin embargo, el corazón de esta procesión aún guardaba su momento más inolvidable.
Ese momento esperaba en Jáudenes.
Pocas calles tienen tanta personalidad cofrade como ésta. Estrecha, recogida, abrazada por balcones engalanados con banderas de España, de Ceuta y con imágenes de la Virgen de África, Jáudenes volvió a convertirse en el escenario donde el tiempo parece detenerse cada 5 de agosto.
Y entonces ocurrió.
Comenzó a caer una lluvia de pétalos.
No fueron unos pocos. Fue una auténtica cascada de flores descendiendo desde los balcones para acariciar el rostro de la Patrona mientras avanzaba lentamente entre una emoción imposible de contener.
Si la imagen ya era sobrecogedora, la música terminó por convertirla en eterna.
Primero llegaron las voces de Enrique Casellas y David Gutiérrez, que un año más regalaron sus cantes a la Señora. Después sonó por primera vez la nueva Salve “Señora”, nacida de la inspiración de Paquito Sánchez e interpretada magistralmente por el Coro de Ceuta.
Aquello ya no era únicamente una interpretación musical.
Era el sentimiento de una ciudad hecho canción.
Mientras los pétalos seguían cayendo como una bendición sobre la Virgen de África, cientos de personas lloraban sin disimulo. Había abrazos. Había miradas perdidas. Había manos unidas en oración. Y había una sensación compartida de estar viviendo uno de esos instantes que sólo suceden una vez en la vida.
La ovación que siguió fue inmensa. No era únicamente para el coro. Ni siquiera sólo para la Hermandad o para la cuadrilla de costaleros. Era un aplauso dedicado a toda Ceuta. A una ciudad que ha sufrido, que ha resistido y que, una vez más, encontró en su Patrona el refugio donde descansar el alma.
Aquella imagen resumía absolutamente todo. La Virgen bajo una lluvia interminable de pétalos mientras un pueblo entero rompía a llorar. No hacían falta discursos. No hacían falta explicaciones. Bastaba con mirar alrededor para comprender que Ceuta estaba escribiendo una de las páginas más hermosas de su historia reciente.
Todavía quedaba el regreso por O’Donnell y la Plaza de África. Todavía restaba la entrada en el Santuario al son de “Espíritu Santo”. Pero, en realidad, todos sabían que el corazón de la procesión había quedado para siempre en aquella calle llamada Jáudenes.
Cuando las puertas del Santuario volvieron a cerrarse, la Virgen regresó a su casa. Pero algo había cambiado fuera. Ceuta también había vuelto a encontrarse consigo misma. Porque hay días que pasan. Hay procesiones que se recuerdan. Y luego existen tardes como la de este 5 de agosto, en las que una ciudad entera comprendió que, incluso en los momentos más difíciles, nunca camina sola mientras tenga delante la dulce mirada de Santa María de África.
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