Andrés Montiel: Desde Pontevedra hasta Ceuta, una historia de fútbol, raíces y pertenencia
JUGADOR Nº 12
Una peña, la ‘Blanquinegres’, un grupo de amigos y un sentimiento que no entiende de fronteras. Andrés Montiel evidencia la pasión que se hereda, se vive y termina echando raíces lejos de casa
Hay historias que no necesitan haber empezado en casa para sentirse como tal. Historias que nacen lejos, pero que terminan encontrando su sitio exacto en el mundo. La de Andrés Montiel Alvarado es una de ellas: la de alguien que llegó a Ceuta siendo un niño y que, sin darse cuenta, empezó a escribir una relación que ya es imposible de romper.
Porque a veces el fútbol actúa como un idioma universal. Andrés lo aprendió desde pequeño, en Pontevedra, de la mano de su abuelo y de su padre. En su casa no se entendía la vida sin balón, sin partido, sin ese ritual que se hereda casi sin darte cuenta. Era socio del Pontevedra cuando apenas levantaba unos palmos del suelo, y ya entonces sabía que aquello no era solo un juego.
Pero el destino tenía preparado otro escenario. Un 9 de junio del año 2000, con apenas unas horas en Ceuta, su padre no dudó: había que ir al fútbol. Ceuta contra Ferrol. Victoria local. Y ahí, en ese primer partido, algo cambió. No fue inmediato, no fue ruidoso, pero fue definitivo. Como esas decisiones que se toman sin saberlo.
Desde entonces, el Ceuta dejó de ser un equipo más. Se convirtió en una referencia, en una rutina, en un lugar al que volver. Años de abono en tribuna, años de seguir al equipo, de crecer con él, de vivir sus alegrías y sus dificultades. Incluso hubo un paréntesis, como en todas las historias: la universidad, Granada, la distancia. Pero hay vínculos que no se rompen, solo se ponen en pausa.
Cuando volvió, el contexto era distinto. El club empezaba a hacer las cosas bien, había ilusión, había proyecto. Y Andrés lo notó. Lo sintió. Y decidió volver a implicarse. Porque cuando uno cree, no se queda a medias. Y así nació algo más grande que una simple afición: una peña, la ‘Blanquinegres’. Un grupo de amigos que decidió dar forma oficial a lo que ya era una realidad emocional. No solo animar, sino compartir. No solo ir al estadio, sino construir algo alrededor. Una identidad, una familia, un punto de encuentro.
Porque para Andrés, el fútbol no son solo los 90 minutos. Es todo lo que ocurre antes y después. Es quedar, es hablar de la semana, es reír, es discutir, es celebrar. Es ese grupo de WhatsApp que nunca se calla. Es el viaje en coche, el desplazamiento, la aventura de seguir al equipo allá donde vaya.
Y vaya si lo han hecho. Almería, Granada, Cádiz, Málaga, Córdoba. Kilómetros que no pesan cuando lo que te mueve es el sentimiento. Aunque él mismo reconoce que no siempre es fácil. El trabajo, la vida, las obligaciones… pero siempre hay un hueco para el Ceuta. Siempre.
Esa implicación le ha permitido ver algo que no todos pueden percibir desde fuera: la cercanía real del club. Andrés no habla de jugadores lejanos, habla de amigos. De personas con las que tiene relación, con las que comparte momentos. De un presidente accesible. De una directiva que escucha.
Y eso, insiste, no lo ha vivido en ningún otro sitio.
Ahí está una de las grandes diferencias. En Ceuta, cada aficionado importa. No es un número más, no es una voz perdida entre miles. Es parte de algo. Es protagonista. Y ese sentimiento de igualdad, de comunidad, de familia, es lo que hace especial a este club.
En lo deportivo, la temporada ha sido una sorpresa para muchos, pero no tanto para quienes viven el día a día. El equipo ha sabido hacerse fuerte en casa, convertir su estadio en un fortín. Ha encontrado estabilidad, confianza, resultados. La salvación, objetivo principal, está prácticamente asegurada.
Eso sí, Andrés no esconde la realidad: fuera de casa queda trabajo. Falta soltarse, perder ese respeto, adaptarse a escenarios más exigentes. Pero no lo ve como un problema insalvable, sino como parte del crecimiento natural de un equipo que sigue aprendiendo.
Porque si algo destaca, por encima de todo, es la unión. La idea de que todos reman en la misma dirección. Que da igual quién juegue más o menos, quién tenga más protagonismo. Aquí el grupo está por encima de todo. Y eso, en el fútbol, marca la diferencia.
Mirando al futuro, Andrés tiene claro el camino. Mantener una base sólida, reforzar lo necesario, especialmente el gol, y seguir creciendo sin perder la esencia. Porque el éxito no solo está en ganar, sino en saber quién eres mientras compites.
Y él, que llegó desde Pontevedra, lo tiene más claro que muchos: el Ceuta no es solo un equipo. Es una forma de vivir el fútbol. Es una comunidad. Es un sentimiento que se elige y que, una vez dentro, ya no se suelta.
Porque el verdadero jugador número 12 no se fabrica. Se siente. Y Andrés, sin duda, es uno de los nuestros.