Desde el antiguo Atlético de Ceuta hasta la Segunda División, una familia que ha vivido cada latido del club como propio

JUGADOR Nº 12

Entre recuerdos, viajes y cánticos, la familia Mariscal representa el corazón del jugador número 12. Padre e hijo, dos generaciones unidas por el mismo escudo y una misma ilusión

Juan Mariscal (padre e hijo), desde el antiguo Atlético de Ceuta hasta la Segunda División, una familia que ha vivido cada latido del club como propio
Juan Mariscal (padre e hijo), desde el antiguo Atlético de Ceuta hasta la Segunda División, una familia que ha vivido cada latido del club como propio | RINCÓN

Hay historias que no se explican con estadísticas, ni con clasificaciones, ni siquiera con ascensos o permanencias. Hay historias que se sienten. Historias que nacen en la grada, que se heredan sin necesidad de palabras y que se convierten en parte de la identidad de una familia. La de Juan Mariscal Aguilera y su hijo, Juan Mariscal Rodríguez, es una de ellas.

Porque cuando uno escucha a Juan padre, de 73 años, no está escuchando solo a un aficionado. Está escuchando décadas de fútbol en Ceuta. Está escuchando el eco de aquel Atlético de Ceuta que marcó una época, el recuerdo de tardes de balón sin tantas pizarras y con más improvisación, y el latido de una pasión que no ha dejado de crecer con el paso del tiempo.

Él lo dice con naturalidad, como quien habla de algo que siempre ha estado ahí: iba a los partidos “frecuentemente”, desde aquellos años en los que el fútbol era distinto, menos estructurado, más libre. Un fútbol en el que, como recuerda, uno podía ser defensa, delantero o incluso portero en el mismo partido. Era otra forma de entender el juego. Otra forma de vivirlo.

Pero el amor por el Ceuta no se quedó en él. Como suele ocurrir con las pasiones auténticas, encontró la forma de transmitirse. Sin imposiciones, sin discursos. Simplemente estando presente. Así, su hijo Juan, de 39 años, creció en un hogar donde el fútbol formaba parte del día a día.

“En mi casa siempre se ha visto fútbol”, cuenta. Y en esa frase cabe todo: el abuelo, el balón, las tardes frente al televisor y ese vínculo invisible que une generaciones. Aunque la vida le llevó fuera durante un tiempo, nunca dejó de mirar de reojo hacia Ceuta. Y cuando regresó, hace seis años, lo tuvo claro: había que volver también al estadio.

Desde entonces, padre e hijo comparten algo más que sangre. Comparten grada, comparten conversaciones, comparten nervios y celebraciones. Van a tribuna, pero el hijo también vive el fútbol desde dentro de la grada de animación, ese lugar donde el sentimiento se multiplica y se convierte en motor para el equipo.

Y es que si algo tienen claro ambos es que el Ceuta no es solo un club. Es una ciudad entera empujando. Es una identidad que, poco a poco, ha ido ganando terreno frente a los grandes focos del fútbol nacional.

“Antes veías camisetas del Madrid o del Barça. Ahora ves camisetas del Ceuta”, explica el hijo. Y en esa transformación hay algo más profundo que una moda pasajera. Hay un cambio cultural. Una reconexión con lo propio.

La temporada actual ha sido, en ese sentido, un punto de inflexión. Recién ascendidos, pocos imaginaban una permanencia tan “tranquila” en una categoría tan exigente. Pero el equipo ha respondido. Y la afición, también.

Juan hijo lo tiene claro: “No se le puede pedir más”. La Segunda División es dura, competitiva, implacable. Y, aun así, el Ceuta ha sabido hacerse fuerte. Ha competido. Ha crecido.

Para el padre, con la experiencia que dan los años, el análisis es más pausado, pero igual de optimista. Cree que el equipo puede sumar puntos en lo que queda de temporada. Que hay margen. Que hay ilusión.

Y cuando se les pregunta por el futuro, la palabra aparece casi sin querer: playoffs. Puede sonar ambicioso, incluso prematuro. Pero también es el reflejo de algo que hacía tiempo no se veía en Ceuta: la capacidad de soñar.

Claro que para que ese sueño siga creciendo, hay algo que ambos señalan con cariño, pero también con sinceridad: la grada. Porque si la animación nunca falla, sienten que el resto del estadio aún puede dar un paso más.

“No hace falta cantar siempre”, dice el hijo. “Pero sí acompañar, meter presión, hacer que los jugadores sientan que estamos ahí”. Es una llamada suave, sin reproches, pero cargada de verdad.

Porque ellos lo tienen claro: el jugador número 12 no se mide en decibelios, sino en compromiso. En estar. En empujar. En creer.

Han vivido el fútbol de antes y el de ahora. Han visto cómo cambia el juego, cómo se profesionaliza, cómo se ordena. Pero hay algo que no ha cambiado en absoluto: lo que se siente cuando el balón empieza a rodar.

Ese cosquilleo en el estómago. Ese silencio antes del gol. Ese grito que se escapa sin pensar. Eso sigue siendo igual.

Y ahí, en ese instante, no hay edades. No hay generaciones. Solo hay un escudo.

Juan Mariscal Aguilera lo vivió en el Atlético de Ceuta. Juan Mariscal Rodríguez lo vive ahora en Segunda División. Y, entre ambos, han construido una historia que no sale en las clasificaciones, pero que define mejor que ninguna lo que significa ser del Ceuta.

Porque al final, el fútbol pasa. Los jugadores cambian. Las temporadas terminan. Pero hay algo que permanece.

La pasión.

Y en Ceuta, esa pasión tiene nombre y apellidos. O mejor dicho, dos: Juan Mariscal.

También te puede interesar

Lo último

stats