Isabel y sus hijas, Nayara y Martina, parte del alma de la grada de animación
JUGADOR Nº 12
De no gustarle el fútbol a no perderse un partido: la historia de una familia entregada a la AD Ceuta
En una casa aún en obras, entre cemento y sueños nuevos, late una pasión antigua. La de Isabel María Pereira Pérez y sus hijas, Nayara y Martina, por la AD Ceuta. Una pasión que empezó casi sin querer y que hoy se ha convertido en una forma de vida.
Isabel lo reconoce sin rodeos: a ella no le gustaba el fútbol. Pero el fútbol sí quería a su familia. Fue Martina, la pequeña, la que abrió la puerta. Con apenas doce años, juega desde muy niña y vive el balón con naturalidad, como quien respira. Su hermana Nayara, de diecisiete, la acompaña en ese camino que comenzó en el fútbol base y terminó arrastrando a toda la casa hasta el Murube.
Todo empezó porque Martina quería ver al Ceuta. Y su madre, como tantas madres, dijo que sí. Aquel “vamos a llevarla” se convirtió en rutina. Y la rutina en sentimiento. Ahora Isabel no se pierde un partido. Ni uno.
El año pasado la familia viajó tantas veces como hizo falta. Siguieron al equipo fuera de casa, compartieron kilómetros y nervios, y estuvieron en Madrid para vivir el ascenso. “Espectacular”, resume Isabel. Pero más que el resultado, lo que se le quedó grabado fue la imagen de sus hijas saltando al campo, corriendo junto a los jugadores, celebrando como si aquel logro también fuera suyo.
Porque, en cierto modo, lo era.
Martina guarda fotos con casi todos los futbolistas. En cada desplazamiento buscaba el momento, la sonrisa, el recuerdo. No tiene un favorito claro, aunque menciona a Kouki Salazar con especial cariño. Pero más allá de nombres, lo que admira es el equipo. El grupo. Esa sensación de familia que, según Isabel, explica buena parte del éxito de esta temporada.
La madre lo dice convencida: hay complicidad, hay unión, hay algo que no siempre se ve en el césped pero que se siente en cada jugada. Y esa conexión, cuando es real, se transmite a la grada.
Este año los viajes han sido menos. La compra de una casa y las obras han obligado a apretarse el cinturón. Aun así, el Murube no se negocia. Los partidos en casa son sagrados. Los de fuera, por televisión, sufriendo igual. El compromiso no entiende de excusas.
Isabel y sus hijas forman parte de la grada de animación. Allí el fútbol se vive de otra manera. No es solo mirar; es empujar. Es cantar desde el primer minuto hasta el último. Es salir sin voz y volver con más ganas todavía.
Llueva o no, ahí están. Con chubasqueros si hace falta. Mojadas, pero firmes. Porque el jugador nº12 no se sienta cuando el cielo se nubla. Se levanta más fuerte.
Hablan del equipo con ilusión. No esperaban una temporada tan buena, pero ahí están, soñando con mirar hacia arriba sin olvidar que la permanencia ya sería un premio. Saben que el fútbol tiene detalles que cambian partidos —una roja, una decisión arbitral—, pero también saben que este Ceuta compite, no se rinde y pelea cada balón.
Y esa actitud es la que enamora.
Martina incluso ha sido convocada en dos ocasiones para la selección en su categoría. Se quedó a las puertas en el último entrenamiento, pero eso no le ha quitado la sonrisa ni las ganas. Porque cuando el fútbol forma parte de tu identidad, no se mide solo en listas definitivas.
En esta familia el Ceuta no es una moda ni una racha. Es un vínculo. Es un plan compartido. Es el abrazo tras un gol y el silencio tenso antes de un penalti. Es la excusa perfecta para viajar, para cantar, para sentir juntas.
Isabel empezó acompañando. Hoy lidera los cánticos junto a sus hijas. Y en cada partido, cuando la grada aprieta y el equipo lo necesita, ellas están ahí, recordándonos que el jugador nº12 no lleva dorsal.
Lleva corazón.