José Manuel Muñoz León: Una vida entera empujando al equipo desde el gol

JUGADOR Nº 12

José Manuel, símbolo de todos esos jugadores nº12 que sostuvieron al Ceuta en su peor momento. Hoy celebra el sueño de Segunda con un recuerdo cálido para los que ya no están

José Manuel Muñoz León, símbolo de todos esos jugadores nº12 que sostuvieron al Ceuta en su peor momento.
José Manuel Muñoz León, símbolo de todos esos jugadores nº12 que sostuvieron al Ceuta en su peor momento. | RINCÓN

Ceuta/ La historia de José Manuel Muñoz León es la historia viva del Ceuta. No es solo un aficionado: es memoria, es resistencia, es sentimiento puro. Desde 1973 lleva empujando al equipo blanco, desde que su padre —portero de los antiguos tornos del Gol— lo llevaba de la mano al estadio y lo dejaba allí, respirando fútbol desde el rincón más auténtico del Murube.

Aquel niño quedó atrapado para siempre. Ni décadas de sufrimiento, ni desapareciones, ni campos embarrados, ni viajes imposibles han conseguido despegarlo del Ceuta. Es, como él dice, una pasión que se hereda y que no se pierde jamás.

Cuando recuerda el primer ascenso a Segunda División se le iluminan los ojos. Le pilló en plena mili, y aun así no faltaba a los partidos: “Me arrestaron dos o tres veces por quedarme en Ceuta a ver al equipo”. Para él, era un sacrificio menor. Porque aquel Ceuta enamoraba… y porque José Manuel nunca supo vivirlo a medias.

Pero también vivió el infierno: el campo abandonado, convertido en un potrero donde podían campar cabras y vacas, agujeros por todos lados, hierbas de metros. “Se te caía el alma”, recuerda, con un tono que escuece. El Ceuta agonizaba. Y aun así, él seguía allí.

Por eso, cuando el equipo empezó a resurgir, cuando volvió a latir la esperanza, la emoción lo inundó todo. “Éramos cuatro gatos”, dice, recordando aquellos días donde lloviera, hiciera calor o cayese el cielo, siempre estaban los mismos. Siempre había fe.

Y entre esos recuerdos, José Manuel se detiene en algo que le nace del corazón: la memoria de los aficionados que fueron auténticos jugadores nº12 y que ya no están para disfrutar de este Ceuta en Segunda División. Los que viajaron, los que cantaron, los que sostuvieron al club cuando el club tenía poco más que orgullo. “A todos ellos los llevo en el alma”, dice, con un sentimiento que sobrecoge. Un homenaje que sale de lo más profundo.

Hoy el Murube es otro. El público se multiplica, las camisetas se ven en los colegios, en la calle, en cada esquina. Los niños arrastran a los padres, las nuevas generaciones empujan como nunca. El Ceuta ha renacido también en la grada. Y José Manuel lo celebra con orgullo.

Ha vivido peñas míticas como la Caballa de Oro, la Peña Liberio o la de Papelillo, aquellas que llenaban el estadio de trompetas y una bandera enorme que cubría todo el graderío de gol. Aquello era fiesta, era identidad, era Ceuta en estado puro.

Ahora, en Segunda División, el panorama es distinto. Hay respeto, hay ambición, hay un proyecto serio. “Lo están haciendo muy bien”, sentencia. Destaca a Guille, “un porterazo”, a Salazar, a Anuar —que para él mejora mucho cuando juega en su sitio— y a Marcos, “un peligro constante para la defensa contraria”. Cree también en la valentía del presidente, Luhay Hamido, y no duda en que, con algunos retoques en invierno, el equipo puede dar guerra de verdad.

Sabe que la categoría es durísima y que cada punto cuesta un mundo, pero él confía. Porque este Ceuta compite, lucha, aprieta y no se arruga ante nadie. Un recién ascendido que no llegó para mirar, sino para quedarse.

De la afición actual habla con orgullo absoluto: “Un 10”. Ni incidentes, ni malas formas. Solo animación y respeto. Y eso, para él, dignifica a toda la ciudad.

También deja reflexiones futboleras, como que JJ Romero a veces tarda demasiado en los cambios, aunque reconoce que en partidos como el del Almería manejó los tiempos “como un maestro”. Y es que a José Manuel no se le escapa una: lleva toda una vida respirando fútbol.

En su memoria guarda anécdotas de viajes interminables, de aviones que parecían romperse en el aire, de compañeros que temblaban más que el propio motor. Viajes de esos que solo se hacen por amor a un escudo.

Hoy mira al futuro con ilusión: “Creo que nos vamos a mantener… y quién sabe si algo más”. Y lo dice con la serenidad de quien ha visto lo mejor y lo peor, pero nunca ha perdido la fe.

Porque José Manuel es eso: fe caballa. El espejo de miles. El aficionado que estuvo cuando no había nada y que ahora disfruta de un Ceuta que vuelve a soñar entre gigantes.

Un hombre que no olvida a los que ya no están.

Un hombre que honra y manda un beso a los amigos como Pepe “El Catalino”.

Un hombre que nunca dejó de creer.

Un auténtico jugador nº12.

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