Juan Carlos García Alonso, el canario que se volvió caballa: cuando el Murube te roba el corazón
JUGADOR Nº 12
“Aunque ahora estudie para mi futuro, el Ceuta sigue siendo parte de mi vida y pronto volveré al fondo, a cantar como uno más”
Hay historias que explican lo que significa ser el jugador número 12. Historias que no se escriben en el césped, ni en los despachos, ni siquiera en las estadísticas. Se escriben en la grada, en los viajes interminables por carretera, en los goles celebrados con desconocidos que terminan siendo familia. La historia de Juan Carlos García Alonso es una de esas.
Muchos en la afición caballa lo conocen como “el canario”, un apodo que recuerda sus raíces en Las Palmas de Gran Canaria. Pero lo curioso es que, aunque su corazón tenga acento atlántico, una parte de él ya late al ritmo del Murube.
Juan Carlos tiene 34 años y lleva catorce años y medio viviendo en Ceuta. Llegó desde su isla siendo joven, sin imaginar que el fútbol terminaría tejiendo uno de sus vínculos más fuertes con la ciudad. Porque hay algo que ocurre cuando uno pisa el Murube por primera vez: o te deja indiferente… o te atrapa para siempre.
Su primer contacto con el equipo llegó en una época extraña, casi irreal. Era tiempo de pandemia. Las gradas estaban prácticamente vacías y el silencio pesaba más que los cánticos. Aquel día jugaba el Ceuta contra Las Palmas Atlético.
El destino quiso que ese fuera su primer partido.
Fue un compañero de trabajo quien lo llevó al estadio. “Vamos a verlo”, le dijo. Y allí, en un fondo prácticamente desierto, Juan Carlos descubrió algo que no esperaba: la esencia de un estadio pequeño, acogedor, con ese aire de equipo cercano, casi de barrio.
El Murube lo había tocado.
Aquel primer día no había multitudes ni ambiente ensordecedor. Pero había algo especial en ese lugar. Una sensación difícil de explicar. Como si el estadio tuviera alma.
Con el paso de los partidos empezó a volver. A veces por simple curiosidad. Otras porque tenía un fin de semana libre. Se colocaba arriba, en el fondo norte, observando el partido… pero sobre todo escuchando.
Porque al otro lado estaba Grada Sur.
Los cánticos llegaban como un eco que atravesaba todo el estadio. Gente dejándose la voz por un equipo que, entonces, aún peleaba lejos de los focos del fútbol grande.
Y aquello le impresionó.
“Qué guapo debe ser animar así al equipo de tu tierra”, pensó.
Poco a poco empezó a acercarse más. Primero con timidez. Después con curiosidad. Hasta que terminó mezclándose con los suyos. Con la gente del barrio, con su sobrino, con los amigos que ya vivían el Ceuta desde dentro.Y entonces llegó el momento inevitable: empezó a cantar.
El primer día siempre cuesta. Hay vergüenza, dudas, miradas alrededor. Pero en el segundo partido ya estaba animando como uno más, intentando aprender las canciones que hacen vibrar el Murube cada domingo.
Así fue como el canario se convirtió en caballa.
Con el tiempo llegaron los viajes. Porque cuando uno entra en la rueda del fútbol, el sentimiento se vuelve adictivo. Y ya no basta con ver al equipo en casa. Hay que seguirlo.
Uno de los recuerdos más intensos que guarda fue el viaje a Tarragona, cuando el Ceuta se jugaba el ascenso ante el Nàstic. Fue una auténtica odisea: Málaga, avión hasta Barcelona y después autobús hasta el estadio.
Pero lo peor llegó al final. El Ceuta perdió… y Juan Carlos lloró. Lloró como un niño. Y eso que todavía llevaba poco tiempo viviendo el club desde dentro. Pero así es el fútbol cuando te atrapa: te rompe el corazón como si llevaras toda la vida.
A partir de ahí todo se aceleró. Los viajes se multiplicaron. Madrid, campos de Andalucía, partidos de Copa… cualquier excusa era buena para subirse a un coche con amigos y seguir al equipo.
Porque la pasión del Ceuta no entiende de kilómetros.
Este año, sin embargo, la historia ha hecho una pausa. Juan Carlos ha tenido que aparcar los viajes y las horas de previa. Ahora su prioridad es otra: estudiar para conseguir la permanencia en el ámbito militar.
La vida del opositor es dura. Horas y horas de estudio, sacrificios, renuncias. Y entre esas renuncias está el fútbol. “Lo echo muchísimo de menos”, reconoce.
Especialmente esas horas previas al partido. Recibir al equipo en los alrededores del estadio, encender bengalas, animar cuando los jugadores bajan del autobús. Pequeños rituales que para muchos son el verdadero corazón del fútbol.
Ahora los partidos los ve desde casa. Cinco minutos antes del pitido inicial, después de cerrar los libros, en un pequeño respiro antes de volver a estudiar.
Pero incluso así, la emoción sigue intacta. Porque cuando escucha los cánticos del Murube por televisión, algo dentro de él vuelve a encenderse. Y es entonces cuando recuerda que la afición del Ceuta tiene algo especial. Algo que, según él, no se ve en muchos equipos del fútbol profesional: la cercanía entre jugadores y aficionados. Para Juan Carlos, esa unión es una de las claves del momento que vive el equipo.
La otra tiene nombre propio: José Juan Romero. El técnico, explica, ha sabido construir un engranaje casi perfecto. Ha tomado las cualidades de cada jugador y las ha convertido en una maquinaria colectiva donde todos aportan.
Jugadores como Carlos Hernández, Diego González, Aisar… o el que más le impresiona a él: José Mato, un futbolista al que define como “un espectáculo”.
Pero más allá de los nombres, hay algo que define al Ceuta de hoy. El hambre. Hambre por competir. Hambre por crecer. Hambre por ir siempre un paso más allá.
Por eso Juan Carlos no duda cuando se le pregunta por el futuro del equipo. “Claro que lo veo en playoff”.
Lo dice con la convicción de quien ha recorrido media España siguiendo al equipo. De quien ha cantado bajo la lluvia, bajo el sol, en victorias y derrotas. De quien sabe que el fútbol se gana también desde la grada. Y aunque este año esté lejos del fondo, tiene claro que volverá. Porque hay lugares que terminan formando parte de uno mismo. Y para este canario que llegó hace catorce años a Ceuta, ese lugar es el Murube. El sitio donde descubrió que el fútbol no es solo un juego. Es pertenencia. Es comunidad. Es sentimiento. Es, en definitiva, el alma del jugador número 12.