El niño que entró al estadio de la mano de su padre y nunca dejó de seguir al Ceuta

JUGADOR Nº 12

Después de sufrir cada partido el pasado curso, el jugador nº12 quiere volver a vivir el fútbol desde la ilusión. Nuestro jugador nº12 lanza un mensaje antes de comenzar la temporada: “Salir, jugar y defender el escudo”

Juan José Hernández, el niño que entró al estadio de la mano de su padre y nunca dejó de seguir al Ceuta
Juan José Hernández, el niño que entró al estadio de la mano de su padre y nunca dejó de seguir al Ceuta | FOTO RINCÓN

Hay historias de amor que empiezan sin que uno se dé cuenta. No necesitan una fecha ni una fotografía que marque el comienzo. Simplemente suceden, se quedan dentro y crecen con los años hasta convertirse en parte de lo que uno es. La historia de Juan José Hernández con el Ceuta es precisamente así. Tiene 53 años y asegura que sigue al equipo “toda la vida”, pero su historia comenzó mucho antes de entender qué significaban un escudo, una clasificación o un ascenso.

Era un niño cuando empezó a acompañar a su padre, que trabajaba en los accesos del estadio y tenía que llegar horas antes de cada partido. Juan iba con él. Allí le daban un balón y podía pisar aquel césped en una época en la que nombres como Barrientos o Pulido formaban parte del paisaje futbolístico de la ciudad. Sin saberlo, aquel niño estaba empezando a construir una relación que más de cuatro décadas después permanece intacta. “Me lo metió mi padre”, recuerda. Y probablemente no exista una manera más sencilla de explicar por qué el Ceuta forma parte de su vida.

Juan no se quedó en la grada. Jugó en División de Honor y Tercera División, entrenó en categorías de base y llegó a dirigir a las selecciones de Ceuta cadete y juvenil. Los compromisos profesionales le alejaron de los banquillos, pero nunca de la camiseta. Sigue acudiendo al Alfonso Murube, sigue viajando y sigue organizando su vida alrededor de esos noventa minutos. Porque hay aficionados que ven fútbol y otros que necesitan vivirlo. Juan pertenece a los segundos.

Y esa pasión la comparte con su familia. Su mujer, Susana, y su hijo Elías también sienten el Ceuta. Los desplazamientos se convierten en viajes familiares, en kilómetros compartidos y en recuerdos que se van acumulando temporada tras temporada. Por eso el debut del equipo en Segunda División le dejó una sensación extraña. Después de tantos años esperando aquel momento, descubrió que estaba sufriendo tanto que apenas era capaz de disfrutarlo.

“Me enfadé conmigo mismo porque no disfruté la temporada”, reconoce. La obsesión por los puntos, la permanencia y los 50 puntos terminó convirtiendo cada partido en una angustia. Hasta en los desplazamientos estaba pendiente de todo menos del fútbol. Su mujer se lo decía: “Es que tú no ves los partidos”. Y tenía razón. Se levantaba, caminaba por la grada, se apartaba. Sufría porque quería demasiado.

Este año quiere hacerlo diferente. Quiere disfrutar del privilegio de ver al Ceuta en Segunda, de viajar, de volver a esos estadios y de saborear cada partido. “Si nos tenemos que salvar, nos salvaremos. Y si tenemos que llegar a otras cuotas, pues llegaremos”, dice. Quizá después de tantos años soñando con estar ahí arriba, también haya que aprender a disfrutar del camino.

Lo que ha visto durante la pretemporada le permite, además, mirar el futuro con cierto optimismo. Le gustó especialmente el equipo frente al Málaga y cree que hay “mejores mimbres” que el curso pasado. También ve posiciones que necesitan refuerzo, porque sabe que la Segunda no perdona. Un lateral derecho, centrales, un mediocentro y un delantero completarían, a su juicio, un equipo capaz de mirar algo más allá de la permanencia.

Pero Juan no exige milagros. “Me conformo con la salvación”, reconoce. Lo demás será bienvenido. Porque conoce la dificultad de la categoría y sabe que el Ceuta no puede competir desde el presupuesto ni desde los nombres. Tiene que hacerlo desde aquello que ha acompañado al club durante toda su historia: identidad, trabajo y sentimiento.

Ese sentimiento también aparece cuando habla de Ceuta. Entiende las dudas que puedan tener algunos aficionados visitantes por la situación que atraviesa la ciudad, pero reivindica una tierra que, asegura, está deseando recuperar la normalidad. A quien decida cruzar el Estrecho para ver a su equipo le manda un mensaje que nace más del corazón que del fútbol: “Van a disfrutar de la ciudad”. Juan sabe que Ceuta también se defiende enseñando cómo es realmente.

Ahora llega Andorra. Viajará junto a Susana, su cuñado y sus sobrinos. Cinco personas detrás de un equipo que vuelve a poner en marcha sus maletas. Recuerda aquel estreno en Valladolid de la temporada pasada, cuando la Segunda recibió al Ceuta con toda su dureza. Esta vez espera, al menos, regresar con un punto. Si son tres, mejor. Pero quiere algo más importante: ver a su equipo competir, dar la cara y jugar sin miedo.

Si pudiera entrar en el vestuario antes del partido, tendría claro qué decirles a los jugadores: “Salir y jugar”. Confiar en lo trabajado, mantener la personalidad y aceptar los riesgos. Pero, sobre todo, les pediría que entendieran lo que llevan en el pecho. “Defender a este escudo”. Porque para Juan ese escudo no es solo un símbolo. Es su padre, aquel estadio de su infancia, sus partidos, sus viajes, su mujer, su hijo y una vida entera siguiendo al mismo equipo.

Por eso, cuando el Ceuta salta al campo, Juan también lo hace. No aparece en las alineaciones, no marca goles y nadie anuncia su nombre por megafonía. Pero lleva más de cuarenta años jugando su propio partido desde la grada. Es el jugador nº12. Aquel niño que recibió un balón mientras esperaba junto a su padre sigue ahí, solo que ahora sabe todo lo que significa ese escudo. Y vuelve a ponerse la camiseta con la misma ilusión de entonces, dispuesto a hacer lo que lleva toda una vida haciendo: estar, sufrir, viajar y defender al Ceuta. Aunque esta vez, si puede elegir, quiere sufrir un poco menos y disfrutar mucho más.

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