María, Noelia y Jesús. El legado que no se entrena: tres generaciones, un mismo latido
JUGADOR Nº 12
De abuelos a nietos, el amor por el Ceuta trasciende el tiempo y convierte cada partido en una historia compartida. Entre la prudencia y el sueño, la afición ceutí encuentra su fuerza en historias como esta
Hay cosas que no se explican con números, ni con clasificaciones, ni siquiera con ascensos históricos como el que ha devuelto a la AD Ceuta FC al fútbol profesional tras 45 años. Hay cosas que se heredan. Que pasan de padres a hijos, de abuelos a nietos, como si fueran parte de la sangre. Eso es, en esencia, el Jugador nº12.
Y si alguien representa esa idea, es esta familia: María Fuentes López, su hija Noelia Alcázar Fuentes y su nieto Jesús Porteiro Alcázar. Tres generaciones unidas por algo más que un apellido: un sentimiento que empezó hace décadas y que hoy sigue más vivo que nunca.
María lo recuerda con la naturalidad de quien ha vivido el fútbol desde siempre: su padre ya era del Ceuta, y con él empezó todo. Iba al campo de pequeña, acompañando también a su hermano. Luego llegó su hijo, Raúl Alcázar —hoy analista del primer equipo—, y la historia se repitió. Porque en esta familia el fútbol no se elige, se respira.
Raúl creció con un balón en los pies, con talento suficiente para llamar la atención de clubes importantes. Pero la vida, como el fútbol, también tiene sus giros. Y aunque su camino no fue el que muchos imaginaban, hoy sigue vinculado al Ceuta desde dentro, aportando su conocimiento al equipo de su tierra. Un círculo que nunca se cerró.
Mientras tanto, la grada sigue siendo el punto de encuentro. María, que empezó yendo sola, ahora comparte cada partido con los suyos. Noelia lo vive con la intensidad de quien ha crecido en ese ambiente, y Jesús, el más joven, representa el futuro: analiza fichajes, sigue estadísticas, y sufre cada decisión arbitral como si estuviera sobre el césped y es que quizá no lleva toda la vida, pero ya siente el escudo como propio.
Porque ser del Ceuta no entiende de edades. Se aprende viendo, escuchando, sintiendo.
Esta temporada en Segunda División de España ha sido una montaña rusa de emociones. Un inicio complicado, dudas, ese miedo lógico al regreso a una categoría tan exigente. Pero también la respuesta del equipo, la fe de una afición que nunca ha dejado de creer.
“Hay que ser realistas”, dice Noelia. La permanencia sería un logro enorme. Pero en el fútbol, como en la vida, también hay espacio para soñar. Y en esa mezcla de prudencia y esperanza se mueve el ceutí: con los pies en el suelo, pero el corazón mirando hacia arriba.
María lo resume mejor que nadie. No habla de sistemas ni de tácticas. Habla de corazón. De fuerza. De empujar cuando el equipo lo necesita. De levantarse en la grada, de gritar, de animar. De sentir.
Porque eso es el Jugador nº12.
No importa si el equipo juega en casa o fuera. Esta familia hace las maletas, recorre kilómetros por Andalucía, se organiza, improvisa, corre si hace falta —incluso persiguiendo un autobús o subiendo a un taxi de última hora para no perderse la llegada del equipo—. Todo por estar cerca. Todo por acompañar.
Y luego está lo invisible. Las bufandas en casa, los partidos en familia, los nervios, las risas, las discusiones con el árbitro desde el sofá. Ese padre que apenas habla… hasta que juega el Ceuta. Ese nieto que empieza a entender lo que significa todo esto. Esa madre que sigue emocionándose como el primer día.
Eso no se entrena. No se ficha. No se mide. Se hereda.
Quizá el Ceuta termine la temporada entre los diez primeros. Quizá incluso pelee por algo más. O quizá no. Pero hay algo que ya ha ganado: una afición que no falla, que acompaña, que cree.
Familias como la de María, Noelia y Jesús son la prueba de que el verdadero éxito no está solo en la clasificación, sino en todo lo que rodea al equipo.
En cada historia compartida. En cada viaje. En cada grito.
Porque mientras haya alguien que sienta así estos colores, el Jugador nº12 seguirá siendo el más importante de todos.