Mohamed Bilal ‘Chila’: Del barro al sueño de Segunda: una vida animando al equipo de su tierra
JUGADOR Nº 12
“Si en las buenas te quiero, en las malas te adoro”: el credo de un abonado que nunca falla al Murube. Desde su asiento, desde su trabajo, desde el salón de su casa cuando no puede viajar, promete lo mismo: apoyar siempre. Porque detrás de cada futbolista hay una ciudad entera empujando
Mohamed Bilal tiene 41 años, pero en la grada vuelve a ser aquel niño que descubría el fútbol con los ojos muy abiertos. En Ceuta le conocen como Chila, el apodo heredado de su padre, y cuando habla de la AD Ceuta FC su voz cambia. Se vuelve más firme, más sentida. Más de hincha.
Su historia con el balón comenzó lejos del Murube. Creció en Madrid, donde se marchó siendo apenas un niño. Allí nació su pasión por el fútbol, marcada por una noche mágica en Wembley, cuando el FC Barcelona conquistó su primera Copa de Europa. Recuerda los coches pitando, las bufandas al viento, la euforia en las calles. Aquella imagen se le quedó grabada. Era un crío, pero ya entendía que el fútbol era algo más que un juego.
Jugó, como casi todos los que sienten esta locura. Pero una lesión de rodilla frenó poder seguir practicando el deporte que le apasiona. La vida le llevó por otros caminos: estudiar, trabajar, hacerse un hueco. Hoy desempeña su labor en Amgevicesa, en la sección de aparcamientos. Sin embargo, hay algo que nunca cambió: esa necesidad de mirar siempre al césped.
Porque si algo tuvo claro desde pequeño es que el equipo de su tierra era el suyo. Aunque viviera lejos. Aunque estuviera a cientos de kilómetros. Cuando la antigua Agrupación ascendió en 1998, Chila sintió algo especial. “El equipo de mi tierra”, pensaba. Y cada verano, cuando regresaba a Ceuta, se escapaba al Murube para ver entrenamientos de pretemporada. Ahí empezó todo.
Con los años volvió definitivamente a casa. Y lo que era una ilusión de verano se convirtió en rutina sagrada de domingo. Abonado. Fiel. Incondicional. Siempre que el turno se lo permite, ahí está. Si el calendario laboral le da tregua, no falla.
Ha vivido luces y sombras. Porque ser del Ceuta no es solo celebrar. Es resistir. El mejor recuerdo lo tiene grabado a fuego: el ascenso de la pasada temporada, culminado en Fuenlabrada, que devolvió al club al fútbol profesional. A veces, confiesa, busca vídeos en redes sociales y vuelve a emocionarse. “Se me ponen los pelos de punta”, dice.
Pero también sabe lo que es el nudo en la garganta. Sin poder gritar. Sin poder lamentarse como merecía por ocasiones perdidas para conseguir algo grande. Son heridas que no se olvidan, pero que enseñan a querer más fuerte.
Este año, en Segunda, no se ha quedado en casa. Ha acompañado al equipo en casi todos los desplazamientos por tierras andaluzas. Solo el trabajo le impidió viajar a Granada. Y ya sueña con una próxima parada: Gijón, por historia, por ambiente, por fútbol.
Cuando se le pregunta por la clave del buen momento del equipo, lo tiene claro: creer. Creer en el entrenador. Creer en el plan. Creer los unos en los otros. Como cuando en el Betis cantan aquello de que “Pellegrini tiene un plan”. Para Chila, el técnico ceutí también lo tiene. Y eso se nota en el campo.
No señala a uno solo, aunque reconoce debilidad por varios nombres propios. Habla del compromiso colectivo, del sacrificio, de la presión hasta el último minuto. Porque si algo valora es la entrega. “Que luchen cada balón como si fuera el último”, resume.
Su pronóstico siempre lleva implícita la esperanza. Una victoria ajustada. Tres puntos más. Un paso más hacia la permanencia. Porque el objetivo es claro: consolidarse en la categoría. Y si puede ser mirando hacia arriba, mejor. Firmaría acabar entre los diez primeros.
¿Soñar con algo más? Chila frena la euforia. No se imagina todavía a un Real Madrid o a un Atlético visitando el Murube. “Paso a paso”, repite. Primero asentarse. Después, ya se verá. Pero la ilusión, insiste, es gratis.
Este año ha decidido vivir los partidos desde otra perspectiva. Tras formar parte activa de la grada de animación, ahora prefiere disfrutar con los suyos, con su hijo, al que entrena y al que ya inculca el amor por el escudo. Porque esto también va de herencia.
Y cuando mira alrededor y ve más de cuatro mil almas en el estadio, se emociona. Recuerda los años duros, los campos complicados, el barro. Y ahora observa un Murube convertido en fortín, en orgullo de ciudad.
Le duele, eso sí, cuando alguien se va antes de tiempo. Cuando el equipo pierde y la impaciencia vence. “Un mal día lo tiene cualquiera”, defiende. Pide confianza. Pide unión. Pide que nadie abandone antes del pitido final.
Porque ser Jugador Nº12 no es una etiqueta. Es una responsabilidad. Es animar cuando cuesta. Es creer cuando otros dudan. Es cantar aunque el marcador no acompañe.
Chila lo resume con una frase que debería estar escrita en cada asiento del estadio: “Si en las buenas te quiero, en las malas te adoro”. Esa es la diferencia entre ser espectador y ser parte del equipo.
Desde su asiento, desde su trabajo, desde el salón de su casa cuando no puede viajar, promete lo mismo: apoyar siempre. Porque detrás de cada futbolista hay una ciudad entera empujando.
Y mientras haya un balón rodando en el Murube, allí estará él. Como tantos otros. Como ese Jugador Nº12 que no sale en las alineaciones, pero que nunca deja de jugar el partido más importante: el de la fidelidad eterna a la AD Ceuta.