Avisados y abandonados
Lo más grave de lo ocurrido en Ceuta el pasado 30 de julio no es solamente que miles de personas consiguieran entrar en territorio español ante una frontera incapaz de contener semejante avalancha. Lo verdaderamente escandaloso es que, según sostiene el inspector jefe de la Policía Nacional Serafín Giraldo, las autoridades estaban advertidas y no hubo una respuesta política a la altura de las circunstancias. Y aquí está la madre del cordero. Porque una cosa es que un país se vea sorprendido por una situación imprevisible y otra muy distinta es que, existiendo advertencias, quienes tenían la obligación de actuar no adoptaran las medidas necesarias. Si se confirma que los avisos llegaron a tiempo, alguien tendrá que explicar por qué no se hizo lo suficiente para proteger Ceuta.
Giraldo ha puesto el dedo en una llaga que algunos parecen empeñados en cerrar sin haberla curado. Las responsabilidades no pueden centrarse en la Delegación del Gobierno, como si por encima no existieran secretarios de Estado, ministros o un presidente del Gobierno. ¿Dónde estaban quienes tenían que tomar decisiones? ¿Quién recibió las advertencias? ¿Quién decidió no reforzar suficientemente la frontera? Son preguntas que Pedro Sánchez y Fernando Grande-Marlaska deberían responder con claridad. Porque resulta demasiado cómodo dejar que el desgaste político recaiga sobre los escalones inferiores, que lo máximo que pueden hacer es informar, mientras quienes dirigen la política de seguridad del Estado, quienes tienen que tomar las decisiones, continúan como si aquí no hubiera pasado absolutamente nada. Y vaya si ha pasado.
Tampoco podemos seguir mirando hacia otro lado con Marruecos. Giraldo ha sido contundente al cuestionar que una movilización humana de semejante magnitud pueda explicarse únicamente por la actuación de las mafias. Sus sospechas sobre la responsabilidad marroquí deberán acreditarse, pero hay algo que resulta difícilmente discutible: España no puede permitir que la seguridad de una ciudad española dependa de la voluntad de Rabat. Ya vivimos una crisis de enormes dimensiones en 2021 y cinco años después hemos vuelto a comprobar que el Tarajal sigue presentando graves vulnerabilidades. ¿Qué se ha hecho durante todo este tiempo? ¿Cuántas veces más tendremos que tropezar con la misma piedra para que alguien entienda que las fronteras no se defienden con discursos, fotografías y promesas?
Mientras tanto, los ceutíes seguimos pagando las consecuencias. Barriadas preocupadas, recursos públicos sometidos a una presión extraordinaria, policías y guardias civiles trabajando en condiciones difíciles y miles de expedientes administrativos que todavía necesitan una respuesta. Giraldo advierte de que la normalidad podría tardar al menos seis meses en recuperarse y señala la identificación de las personas que permanecen en la ciudad como una prioridad absoluta. Y tiene razón en algo fundamental: garantizar los derechos de quienes llegan y proteger la seguridad de quienes viven aquí no son objetivos incompatibles. Lo que resulta inadmisible es que la falta de previsión, de medios y de agilidad administrativa termine convirtiendo una emergencia en un problema enquistado. Ceuta no puede convertirse en el lugar donde el Gobierno central aparca los problemas que no sabe resolver.
Lo ocurrido el 30 de julio exige mucho más que declaraciones institucionales y visitas para hacerse la fotografía de turno. Exige explicaciones, inversiones, reformas legales compatibles con los derechos fundamentales y, sobre todo, responsabilidades allí donde corresponda. Porque si las advertencias existieron y la respuesta fue insuficiente, no estamos hablando únicamente de un fracaso operativo, sino de un fracaso político de enormes proporciones. Ceuta no necesita que le prometan que no volverá a ocurrir. Necesita garantías reales de que no volverá a quedarse indefensa. Y mientras Sánchez y Marlaska no sean capaces de ofrecerlas, seguirán teniendo una deuda pendiente con esta ciudad. Una deuda que no se salda con palabras y que los ceutíes no deberían olvidar.