Ceuta no necesita que se reafirme su españolidad a golpe de titular
La reciente coincidencia discursiva entre Vox y Ceuta Ya! en torno a la “defensa de la españolidad” de Ceuta y Melilla no solo resulta llamativa, sino profundamente reveladora. No por lo que dicen —un mensaje reiterativo que insiste en una supuesta amenaza externa—, sino por lo que ocultan: una instrumentalización burda de la política exterior de España con fines estrictamente nacionales y locales.
Conviene empezar por lo evidente: la españolidad de Ceuta y Melilla no está en cuestión en términos reales ni inmediatos. No existe ningún proceso diplomático activo que ponga en peligro su estatus, ni una ofensiva internacional que justifique la sobreactuación política que estamos presenciando. Sin embargo, Vox y Ceuta Ya!, desde posiciones ideológicas opuestas pero métodos sorprendentemente similares, han decidido situar este asunto en el centro del debate público como si se tratara de una urgencia nacional.
La coincidencia no es casual. Ambos partidos representan los extremos del espectro político en la Asamblea de Ceuta, y ambos comparten una misma necesidad: movilizar emocionalmente a su electorado ante la falta de resultados tangibles en su labor cotidiana. Cuando la política local no ofrece grandes propuestas que exhibir, el recurso a la épica identitaria se convierte en un atajo eficaz. Y pocas narrativas movilizan tanto como la idea de una amenaza externa, aunque esta sea, en la práctica, inexistente o exagerada.
A esta narrativa se sumaron también días atrás voces de relevancia nacional como Isabel Díaz Ayuso y José Manuel García-Margallo, quienes han alertado públicamente sobre la situación de Ceuta. Sus declaraciones, lejos de aportar claridad o rigor estratégico, contribuyen a amplificar una sensación de alarma que no se corresponde con la realidad sobre el terreno. No es casual que el propio presidente de la ciudad, Juan Vivas, haya mostrado su disconformidad con este enfoque, marcando distancia con un discurso que, más que proteger los intereses de Ceuta, parece tensionarlos innecesariamente.
En este contexto, la referencia a la situación internacional —y en particular a la escalada de tensiones derivadas de la política exterior estadounidense en Irán y la posición de Pedro Sánchez— funciona como un catalizador oportunista. Se trata de un conflicto complejo, lejano y con implicaciones globales, pero que aquí se utiliza como un pretexto para reforzar discursos defensivos y nacionalistas. La lógica es sencilla: si el mundo está en tensión, entonces todo puede estar en riesgo, incluso aquello que no lo está. Es una construcción política basada más en la sugestión que en los hechos.
Lo preocupante no es solo el contenido de estas declaraciones, sino su efecto. Alimentar la idea de que Ceuta y Melilla están bajo amenaza constante contribuye a generar una percepción de inseguridad que no se corresponde con la realidad. Además, desplaza el foco de los verdaderos problemas de la ciudad: el desempleo, la precariedad, la dependencia económica, la falta de oportunidades para los jóvenes o la necesidad de redefinir un modelo económico sostenible.
Esta estrategia, además, empobrece el debate político. En lugar de discutir propuestas concretas, se recurre a consignas grandilocuentes. En lugar de construir soluciones, se construyen enemigos difusos. Y en lugar de fortalecer la convivencia, se refuerzan discursos que tienden a la confrontación y la simplificación.
Resulta especialmente irónico que formaciones y figuras políticas de perfiles ideológicos muy distintos coincidan precisamente en este tipo de planteamientos. Lejos de ser un ejemplo de consenso positivo, esta coincidencia pone de manifiesto cómo los extremos —y también determinados actores del ámbito nacional— pueden converger en el uso de las mismas herramientas: el alarmismo, la exageración y la instrumentalización del contexto internacional.
Ceuta no necesita que se reafirme su españolidad a golpe de titular. Necesita políticas eficaces, estabilidad institucional y una mirada estratégica que vaya más allá del corto plazo. Convertir la política exterior en un instrumento de agitación local no solo es irresponsable, sino también una forma de eludir los verdaderos desafíos.
En definitiva, cuando la defensa de lo evidente se convierte en el eje del discurso político, quizá no estemos ante un ejercicio de convicción, sino ante una maniobra de distracción.