Ceuta no está obligada a elegir entre playas, aceras o carpas

EL PUEBLO
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07 sep 2026 - 04:00

Ángel Víctor Torres ha vuelto a Ceuta con un discurso que parece diseñado más para tranquilizar a Madrid que para explicar la realidad que se vive en nuestra ciudad. Las carpas instaladas por la ciudad, dice el ministro, son “temporales” y desaparecerán cuando los migrantes sean devueltos. En “muy pocas semanas”, asegura, llegará la normalidad. El problema es que Ceuta ya ha aprendido a desconfiar de las soluciones provisionales que se anuncian desde los despachos.

Porque una carpa puede ser temporal. Lo que no parece temporal es la falta de medios con la que trabajan quienes tienen que identificar, filiar y tramitar a las personas llegadas. Si, como denuncian los sindicatos, faltan agentes y apenas hay cinco o seis ordenadores para realizar las filiaciones, resulta difícil comprender cómo pretende el Gobierno acelerar las devoluciones sin reforzar primero la maquinaria administrativa que debe hacerlas posibles.

Torres insiste en que no se puede criticar que los migrantes estén en las playas o en las calles y, al mismo tiempo, rechazar los espacios habilitados por el Gobierno. Es un argumento demasiado sencillo para una realidad extraordinariamente compleja. Ceuta no está obligada a elegir entre playas, aceras y carpas. El Estado tiene la responsabilidad de proporcionar los medios necesarios para afrontar una crisis que, precisamente por su condición de frontera europea, no puede recaer sobre una ciudad de apenas unos kilómetros cuadrados.

Y tampoco ayuda que el ministro pida “no poner palos en las ruedas” cuando lo que se le exige no son obstáculos, sino respuestas. Ceuta tiene derecho a preguntar cuánto durará esta situación, cuántos efectivos se van a incorporar, qué medios materiales se van a proporcionar y qué garantías existen de que las devoluciones se producirán. Responder con apelaciones al consenso no sustituye a la obligación de gestionar.

Más preocupante todavía es la falta de certezas sobre el futuro. Preguntado por si puede garantizar que no volverá a producirse una entrada masiva como la registrada, Torres responde: “Espero y confío en que no vuelva a ocurrir”. Pero gobernar una frontera como la de Ceuta exige algo más que esperanza y confianza. Exige previsión, información y capacidad de reacción. Tampoco basta con repetir que Marruecos está colaborando. Si el Gobierno sostiene que esa cooperación es esencial para controlar la frontera, debe explicar con transparencia qué ocurrió, qué falló y qué medidas se han adoptado para impedir que vuelva a ocurrir.

La ciudadanía ceutí no necesita imágenes tranquilizadoras ni discursos políticos cruzados. Necesita conocer la verdad y saber qué hará el Estado cuando llegue la próxima crisis. Ceuta no cuestiona que haya que atender a quienes llegan ni que haya que hacerlo con dignidad. Lo que cuestiona es que, una vez más, se pretenda presentar como solución lo que puede ser simplemente una forma de administrar el problema durante un tiempo. Las carpas se desmontan. Los problemas, si no se resuelven, permanecen. Y Ceuta ya ha tenido demasiadas experiencias con soluciones que iban a ser temporales.

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