Ceuta, reto privado
En Ceuta se repite un diagnóstico que ya empieza a sonar demasiado familiar. Los últimos informes trimestrales de la CECE vuelven a insistir en lo mismo: la economía local no consigue generar suficiente actividad privada como para dar el salto hacia un modelo más equilibrado y sostenible. Y lo preocupante es que no hablamos de una foto puntual, sino de una tendencia que se mantiene trimestre tras trimestre.
El problema de fondo es claro: el peso del sector público sigue siendo excesivo en el conjunto de la economía ceutí. Administración, empleo vinculado a lo público, contratación indirecta… todo acaba girando demasiado alrededor de ese eje. Y aunque ese sostén es importante —y en muchos casos imprescindible—, cuando se convierte en el principal motor, la iniciativa privada pierde espacio, oxígeno y, sobre todo, ambición.
Esto se traduce en algo que cualquiera puede percibir en el día a día: cuesta ver crecer el tejido empresarial local con fuerza, diversificación y continuidad. Falta volumen, faltan grandes proyectos que tiren del carro y, en muchos casos, falta también una sensación de estabilidad que anime a invertir a medio y largo plazo. Sin ese ecosistema, la economía se mantiene, pero no despega.
Y mientras tanto, los informes de la CECE no hacen más que poner el espejo delante. No descubren nada nuevo, pero sí subrayan una realidad incómoda: Ceuta sigue sin encontrar una base sólida de actividad privada que complemente —y no dependa— del sector público. El diagnóstico se repite tanto que corre el riesgo de normalizarse, y ese quizá sea el mayor peligro.
Porque al final la cuestión no es solo económica, sino de modelo de ciudad. O se consigue impulsar de verdad un entorno que favorezca la inversión, la creación de empresas y la diversificación productiva, o Ceuta seguirá avanzando con un motor que funciona, sí, pero que no es suficiente para llevarla tan lejos como podría.