Colas sin fin
Este último fin de semana, Ceuta vivió un espectáculo que más parecía de película de terror fronterizo que de la vida cotidiana: coches atrapados durante hasta 18 horas, bocinas que sonaban sin parar y ciudadanos atrapados entre la desesperación y la resignación. Todo por una frontera que, en lugar de facilitar el tránsito, parecía diseñada para complicarlo al máximo. Y curiosamente, bastó la visita de un alto cargo para que de repente todo fluyera. Una prueba clara de que, cuando se quiere, se puede… aunque lamentablemente no siempre se quiera.
Lo ocurrido no es un hecho aislado ni anecdótico. Las largas colas que colapsaron la frontera no surgieron por arte de magia: fueron el resultado de obras, controles lentos y un aumento de la demanda por las fiestas. Pero también reflejan una tendencia que preocupa: un vecino que, de manera sistemática, complica el paso de personas y mercancías hacia Ceuta, afectando directamente al comercio, al turismo y a la economía local. No hablamos solo de inconvenientes; hablamos de un freno al intercambio que debería ser fluido y normal.
Que se haya logrado desatascar la frontera es, sin duda, una buena noticia. Más carriles, más agentes y controles más ágiles deberían ser la norma, no la excepción provocada por la presión pública. La esperanza es que esta mejora sea definitiva, aunque la experiencia nos enseña a ser cautelosos: la historia reciente demuestra que cualquier margen de relajación en la frontera suele traducirse en nuevas trabas y retrasos. Ceuta necesita certeza, no soluciones temporales y dependientes de la atención de un alto cargo.
El impacto sobre el comercio es evidente. Los clientes marroquíes, acostumbrados a la facilidad de entrar y salir, se ven desincentivados por estas barreras artificiales. Cuando cruzar la frontera se convierte en una prueba de resistencia, muchos optan por alternativas más cómodas, dejando a Ceuta sin parte de su clientela histórica. Esto no solo perjudica a quienes dependen directamente del tránsito comercial; afecta a toda la economía local que se nutre del dinamismo fronterizo.
Es hora de exigir respeto al régimen de viajeros y una frontera que funcione de manera racional y constante. Ceuta no puede ni debe ser asfixiada por trabas que dependen más de decisiones arbitrarias que de necesidades reales. Esperemos que lo visto hasta ahora no sea un espejismo y que la frontera deje de ser un lugar de estrés, para convertirse finalmente en lo que debería ser: un punto de encuentro, comercio y convivencia entre dos pueblos que, en teoría, comparten mucho más que una simple línea fronteriza.