La convivencia de Ceuta no admite ni violencia ni doble rasero
La violencia no tiene ni tendrá jamás cabida en una sociedad democrática. Lo sucedido este domingo en las inmediaciones del puerto, donde un grupo de manifestantes atacó e intimidó al vehículo en el que viajaban la diputada de Ceuta Ya!, Julia Ferreras, y el activista Rafael Borrego, resulta rotundamente inaceptable.
La inmensa mayoría de los ceutíes cree en la vía democrática y repudia cualquier intento de imposición o coacción. Jamás apoyaremos la violencia para defender o atacar ninguna idea. Ahora bien, para que la condena de la violencia sea sólida y legítima, debe sostenerse sobre un principio infranqueable: el rechazo a la agresión debe ser universal, firme y sin excepciones. No cabe la hipocresía ni la manipulación interesada.
No hay nada heroico en acosar, degradar o perseguir a personas, ya sean políticos, activistas o periodistas. Por eso resulta ineludible cuestionar el rasero con el que se juzga la intimidación según la identidad de quien la sufre.
Cuando agitadores como Alvise Pérez o Vito Quiles visitaron Ceuta el pasado mes de agosto, la escena no fue de debate público, sino de acoso en las calles. El primero tuvo que refugiarse a toda prisa en un establecimiento y el segundo se vio obligado a salir corriendo para evitar ser agredido, librándose de males mayores únicamente gracias a la intervención de las fuerzas de seguridad. ¿Qué habría pasado si no hubieran contado con protección policial?
En aquel momento, el líder de Ceuta Ya!, Mohamed Mustafa, llegó a disculpar e incluso a alentar lo ocurrido refiriéndose a quienes los perseguían como “gente buena de Ceuta”. No cuestionamos que el partido o su líder señalaran la provocación de dichos personajes en un momento crítico en los que no aportaban nada en nuestra ciudad más allá de generar crispación, pero sí señalamos una contradicción evidente: la violencia y la coacción no cambian de naturaleza según la simpatía o antipatía que genere la víctima. Cuando la violencia se condena, se condena siempre, de lo contrario, la condena se convierte en un simple cálculo político.
Esa misma exigencia de rigor debe aplicarse al discurso público que se proyecta sobre la ciudadanía. Es innegable que figuras provocadoras no vienen a construir, pero tampoco ayuda al entendimiento que desde posiciones de activismo —como las expresadas por el propio Rafael Borrego— se insista en lecturas simplistas que enfrentan a la población bajo conceptos tan reduccionistas como el del “cristiano rico” frente al “musulmán pobre”. Generar y difundir este tipo de estigmas no une ni aporta nada; por el contrario, alimenta el prejuicio y el odio, señala al diferente y fractura peligrosamente nuestra sociedad.
Tampoco podemos ignorar cómo se utiliza a Ceuta como tablero de conveniencia política desde las más altas instancias del Estado. En el último mes de agosto, mientras los ceutíes sufrían episodios de acoso e inseguridad constante en sus calles y la frontera vivía momentos de altísima tensión, la única respuesta de Sánchez que llegaba desde la residencia presidencial de La Mareta era la difusión en redes sociales de una playlist musical. Y cuando recientemente un ceutí fue apuñalado en un grave incidente violento con inmigrantes, la reacción institucional del presidente Pedro Sánchez no fue de cercanía ni de soluciones reales a los problemas de fondo que asfixian a la ciudad, sino el ataque político velado y la presión al presidente Juan Vivas.
Sin embargo, tras los altercados de este domingo, Pedro Sánchez se ha apresurado a emitir pronunciamientos tajantes, instrumentalizando el episodio para alimentar su propio relato político nacional. Ese uso oportunista e hipócrita de los problemas de Ceuta resulta deleznable. La ciudadanía de esta tierra está exhausta de que las agresiones, el odio o la inseguridad solo merezcan la atención y el tuit apresurado de Moncloa cuando encajan en su cálculo ideológico o en sus intereses de confrontación partidaria, mientras se da la espalda a los ceutíes cuando las víctimas o el contexto no aportan rédito político ni mediático.
Somos conscientes de que estas reflexiones bastarán para que algunos sectores nos tilden de “fachas” o “fascistas”, o incluso “tergiversadores”, emulando la costumbre de algún expolítico local de arremeter contra la prensa cuando los análisis no se ajustan a su relato. Pero no nos preocupa el insulto ni la etiqueta fácil. Lo que nos preocupa profundamente es la brecha que algunos, deliberadamente o por irreflexión, intentan abrir en el tejido social de Ceuta.
Es una realidad que en muchas movilizaciones echamos de menos una presencia más amplia de nuestros hermanos musulmanes. Y es igualmente cierto que han existido actos de señalamiento deleznables hacia ciudadanos musulmanes de Ceuta que han desincentivado su participación. Intolerable. Sin embargo, aun siendo conscientes de estos deplorables episodios —que han sido claramente minoritarios—, la respuesta adecuada no puede ser la resignación ni el repliegue en casa de los musulmanes ceutíes. La vía para defender la convivencia y los derechos de todos es salir a la calle y luchar, no contra vecinos, sino juntos por el bien común de Ceuta. Asimismo, resulta innegable que han existido voces que, desde un discurso identitario, han buscado ahondar la división entre el centro y la periferia.
Por todo ello, compartimos palabra por palabra la manifestación realizada recientemente por la diputada Fátima Hamed: “El gran reto que tenemos por delante en Ceuta es impedir, aunando esfuerzos, que nos usen y nos separen como pueblo. De ello va a depender, en una gran medida, nuestro presente y nuestro futuro”. Nadie en su sano juicio podría calificar a Fátima Hamed de “fascista” ni de “cristiana rica del centro”; sus palabras responden al sentido común de quien comprende que la viabilidad de Ceuta reside en su cohesión social.
Somos una inmensa mayoría los que pensamos de esta manera: los que ni señalamos, ni segregamos, ni buscamos la fractura. Las manifestaciones que se han convocado en la ciudad responden al deseo legítimo de defender a Ceuta en su conjunto, incluyendo de manera indiscutible a los vecinos de las barriadas de la periferia. Y si en algún momento algunos se equivocan o cruzan las líneas del respeto, allí estaremos todos para pararle los pies al extremismo, venga de donde venga.
Más allá de la compleja situación por la que atraviesa Ceuta, nuestro mayor reto colectivo es permanecer unidos, sin ceder ante provocaciones externas ni ante discursos divisivos internos. Porque el futuro de Ceuta depende de la capacidad de su gente para rechazar la violencia de manera tajante y sin doble rasero.