Corbatas y batas

Hospital Universitario de Ceuta.
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20 feb 2026 - 02:15

Hay comunicados que suenan bien en el papel, pero chirrían cuando se contrastan con la realidad. El último del Instituto Nacional de Gestión Sanitaria insiste en dibujar una Ceuta sanitaria en calma, eficiente y perfectamente engrasada. El problema es que esa postal idílica no se parece demasiado a lo que viven cada día pacientes y profesionales en la ciudad. Porque cuando se bajan las persianas de servicios por falta de especialistas y se multiplican las derivaciones a la península, hablar de “normalidad” empieza a sonar más a consigna que a diagnóstico.

Desde la dirección territorial que encabeza Jesús Lopera se repite el mensaje de calidad asistencial, pero los hechos cuentan otra historia: radioterapia descartada por “falta de rentabilidad”, una unidad de Hemodinámica cerrada tras una inversión millonaria por no haber cardiólogos suficientes y una dependencia creciente de clínicas privadas para cubrir lo que debería ser estructura básica del sistema público. Negar la privatización mientras se firman contratos externos por cientos de miles de euros es, como poco, un ejercicio de equilibrismo semántico.

La gestión de la huelga tampoco ayuda a despejar dudas. Cuando se imponen servicios mínimos que en algunos casos triplican la actividad esencial, el resultado es una asistencia que aparenta normalidad aunque los profesionales estén desbordados. Luego llegan los porcentajes oficiales de seguimiento, sorprendentemente bajos, y se presentan como prueba de que “no pasa nada”. Los números importan, sí, pero también importa cómo se construyen. Si para que la estadística cuadre hay que exprimir aún más a quienes sostienen el sistema, el problema no es la huelga: es el modelo.

Todo esto ocurre bajo la órbita del Ministerio de Sanidad que dirige Mónica García, que en el plano nacional defiende iniciativas contra la privatización sanitaria mientras en territorios como Ceuta se consolida, en la práctica, un esquema basado en externalizaciones y derivaciones constantes. La contradicción es evidente y desgasta la credibilidad del discurso político.

En Ceuta, cada especialista que no llega no es una cifra en una hoja de cálculo: es una consulta que se cierra, una prueba que se retrasa y una familia que cruza el Estrecho buscando lo que debería tener en casa. La sanidad pública no se puede gestionar desde el despacho con gráficos optimistas mientras en los pasillos falta personal. Aquí sobran corbatas y faltan batas. Y lo segundo, por mucho comunicado que se emita, no se puede maquillar.

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