Europa ante el espejo
La inmigración vuelve a poner a Europa frente a una de esas cuestiones que nunca admiten soluciones fáciles. Esta semana ha entrado en vigor el nuevo Pacto Europeo sobre Migración y Asilo, una normativa llamada a marcar el rumbo de la política migratoria comunitaria durante los próximos años. Sin embargo, el debate no ha hecho más que empezar. Especialmente tras la decisión de permitir que los Estados miembros puedan crear centros de retorno en terceros países, aunque sin obligar a nadie a hacerlo.
España ya ha dejado claro que no piensa recorrer ese camino. El Gobierno considera que esos centros generan demasiadas dudas jurídicas y plantean interrogantes evidentes sobre la protección de los derechos humanos. Una postura comprensible, aunque también es cierto que muchos ciudadanos observan con preocupación cómo la inmigración irregular sigue creciendo mientras Europa parece incapaz de encontrar una respuesta común que satisfaga a todos.
Porque la realidad es tozuda. Los países que soportan una mayor presión migratoria, entre ellos España y especialmente territorios como Ceuta, necesitan herramientas eficaces para gestionar una situación compleja. Negar el problema sería tan irresponsable como pensar que todo puede solucionarse únicamente endureciendo las fronteras. La inmigración exige control, sí, pero también humanidad. Ambas cosas deben caminar de la mano.
Quizá por eso conviene mirar el pacto en su conjunto y no quedarse únicamente con el asunto de los centros de deportación. La nueva normativa incorpora mecanismos de solidaridad entre países europeos, más recursos para gestionar las solicitudes de asilo y procedimientos más rápidos para evitar que miles de expedientes permanezcan bloqueados durante años. Son avances que pueden ayudar a aliviar parte de la presión que soportan las fronteras exteriores de la Unión.
Al final, la cuestión de fondo es sencilla de plantear, aunque difícil de resolver: ¿cómo proteger las fronteras sin perder los valores que definen a Europa? Ahí está el verdadero desafío. Y ahí es donde este pacto tendrá que demostrar si es capaz de pasar de las buenas intenciones a los resultados. Porque las mafias que trafican con personas no esperan, los flujos migratorios tampoco, y los ciudadanos europeos merecen una política que combine eficacia, responsabilidad y respeto a la dignidad humana.