Frontera sin consuelo

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09 feb 2026 - 02:33

Ceuta volvía a despertar con una noticia que encoge el ánimo y deja un silencio incómodo en las calles. Dos cadáveres hallados casi al mismo tiempo, en puntos distintos de la ciudad, pero unidos por una misma tragedia. Una mañana luctuosa que vuelve a recordarnos que vivimos en una frontera donde la esperanza y la muerte caminan, demasiadas veces, de la mano.

Uno de los cuerpos fue localizado en las inmediaciones del CETI, aunque la ubicación exacta sigue siendo confusa y algunas fuentes sitúan el hallazgo en la zona del Monte de la Tortuga. Lo que sí está claro es que se trata de un inmigrante subsahariano cuya muerte ya investiga la Jefatura Superior de Policía. La incertidumbre sobre el lugar contrasta con la certeza del final: una vida que se apaga sin haber llegado a destino.

Casi a la misma hora, la Guardia Civil recuperaba otro cadáver en la playa de El Algarrobo, en Benzú. Un joven de poco más de veinte años, vestido con traje de neopreno, hallado pasadas las once de la mañana. Todo apunta a que intentaba acceder a la ciudad por mar, como tantos otros, confiando en que el agua sería menos cruel que la tierra firme. No lo fue.

Los agentes del Grupo Especial de Actividades Subacuáticas (GEAS) fueron los encargados de rescatar el cuerpo. Un trabajo duro, silencioso y repetido con demasiada frecuencia. Porque estas intervenciones ya no sorprenden, y ese es quizá uno de los aspectos más preocupantes: la normalización del drama, la peligrosa costumbre de asumir estas muertes como parte del paisaje informativo.

Con estos dos hallazgos, ya son siete los cadáveres localizados en lo que llevamos de año. Una cifra que supera la registrada en el mismo periodo de 2025, cuando en los dos primeros meses se contabilizaron cinco fallecimientos. Y si miramos atrás, el balance resulta aún más desolador: 45 cuerpos recuperados el pasado año, el más trágico del que se tiene constancia.

No hablamos de números sin rostro. Hablamos de personas jóvenes, de proyectos de vida interrumpidos, de familias que nunca sabrán con exactitud qué ocurrió en las últimas horas de sus hijos. Cada cuerpo encontrado es una derrota colectiva, una señal de que algo sigue fallando, por mucho que nos acostumbremos a leer estas noticias entre anuncios y otros titulares.

Ceuta no puede permitirse el lujo de la indiferencia. Cada mañana luctuosa debería servir para algo más que para engrosar estadísticas. Debería empujarnos a reflexionar, a exigir respuestas y a recordar que, detrás de cada hallazgo, hay una historia que merecía otro final. Porque cuando el dolor se vuelve rutina, el problema ya no está solo en la frontera, sino también en nosotros.

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