Frontera sin trampas
Lo único que puedo decir es que aquí hay magníficas pastelerías que hacen unos dulces fantásticos”. La frase resume una verdad que en esta ciudad conocemos bien: el talento y el esfuerzo local no necesitan padrinos, solo reglas claras. En plena campaña de Ramadán, cuando los obradores trabajan a destajo y la shebaquía vuela de los mostradores, la repostería tradicional se ha convertido en el símbolo de algo mucho más serio: la defensa de una economía que quiere competir, sí, pero en igualdad de condiciones.
El debate no va de gustos ni de patriotismos de azúcar glas. Va de legalidad y de reciprocidad. Si existen normas sanitarias para controlar qué alimentos pueden entrar y en qué condiciones, esas normas deben cumplirse. No tiene sentido exigir a los negocios locales inspecciones, impuestos y trazabilidad milimétrica mientras por la frontera se cuelan productos sin las mismas garantías. La ley no puede ser flexible para unos y rígida para otros.
Además, está la cuestión económica. Cuando un comercio paga alquiler, luz, empleados, seguridad social y cumple cada requisito administrativo, no puede competir con mercancía que llega a menor precio porque no soporta esa misma carga. Eso no es libre mercado, es competencia desleal. Y la consecuencia es siempre la misma: quien hace las cosas bien queda en desventaja frente a quien se salta el camino reglado.
Tampoco se puede obviar la dimensión sanitaria. Hablamos de alimentos, de productos que consumen familias enteras. La trazabilidad no es un capricho burocrático; es una garantía de salud pública. Si no se puede asegurar el origen y el control de lo que entra, el riesgo lo asume el consumidor. Y eso, sencillamente, no es aceptable.
Defender los productos locales no es levantar muros, es exigir respeto. Respeto a quienes cumplen, a quienes generan empleo y a quienes sostienen la economía de la ciudad con esfuerzo diario. Una frontera transparente no es una frontera cerrada; es una frontera justa. Y sin justicia comercial, cualquier mercado acaba convertido en una carrera en la que ganan siempre los que juegan sin reglas.