Un Gobierno inútil lleno de ministros inútiles
No se puede decir que el Gobierno de España no haya hecho nada por Ceuta. Ha hecho cosas. Ha enviado ministros, ha celebrado reuniones, ha movilizado efectivos, ha anunciado medidas y ha formulado compromisos. El problema es otro, y es mucho más grave: veinte días después, nada de eso ha conseguido solucionar el problema.
Y si algo define la situación de Ceuta hoy es precisamente esa sensación de fracaso: las medidas anunciadas no han servido para devolver la normalidad a la ciudad. Al contrario, para muchos ceutíes la situación sigue igual o incluso peor.
Han pasado veinte días desde la entrada masiva que desbordó la capacidad de una ciudad de poco más de 80.000 habitantes. Veinte días de declaraciones, visitas ministeriales, reuniones, promesas y mensajes destinados, una y otra vez, a transmitir una palabra que en Ceuta empieza a sonar casi como una provocación: normalidad. ¿Normalidad para quién?
Porque basta con hablar con los ceutíes para entender que esa normalidad no existe. Y aquí es donde el Gobierno debería hacerse una pregunta muy sencilla: ¿qué ha solucionado realmente después de veinte días? Porque gobernar no consiste solo en estar presente. No consiste solo en visitar Ceuta. No consiste en hacerse fotografías, convocar reuniones o anunciar medidas. Gobernar consiste en resolver.
Y los resultados son los que deberían importar. Ahora, veinte días después, se habla de habilitar nuevos espacios de acogida y de trasladar a la Península a centenares de menores. Puede ser medidas necesarias… Pero precisamente por eso resulta inevitable preguntarse: ¿era necesario esperar veinte días para ponerlas en marcha? ¿Era necesario que la presión sobre los servicios de la ciudad siga alcanzando estas dimensiones? ¿Era necesario que los menores permanecieran durante semanas en una situación que exigía una respuesta urgente?
Y hay una pregunta todavía más incómoda. ¿Cuántos días más tienen que pasar para que comiencen de verdad las repatriaciones a Marruecos? No hablamos de saltarse la ley ni de realizar expulsiones indiscriminadas. Hablamos de que el Estado aplique los procedimientos legales, de que funcione la cooperación con Marruecos y de que las decisiones anunciadas por el propio Gobierno se conviertan finalmente en hechos.
Porque también en esto la paciencia de los ceutíes tiene un límite. El Gobierno ha querido transmitir control, tranquilidad y normalidad. Pero una cosa es el relato que se construye desde Madrid y otra muy distinta la realidad que perciben quienes viven en Ceuta. Y esa distancia entre el discurso oficial y la realidad es cada vez más difícil de ocultar.
Especialmente preocupante resulta el mensaje lanzado desde algunos ministerios. Cuando el ministro Marlaska habla de normalidad mientras los ciudadanos siguen percibiendo una situación extraordinaria, o cuando la ministra Mónica García rebaja la gravedad de la situación sanitaria calificándola de “tensionada”, el problema ya no es solamente de gestión. También es un problema de credibilidad.
Porque cuando una ciudad está sometida a una presión extraordinaria, discutir si la palabra correcta es “colapso”, “tensión” o cualquier otra puede ser muy útil para un Gobierno preocupado por su relato. Para los ciudadanos, en cambio, lo importante es saber si los servicios funcionan, si los menores están adecuadamente atendidos, si las calles han recuperado la normalidad y si existe una respuesta clara sobre qué va a ocurrir con quienes han entrado irregularmente en la ciudad. Y ahí es donde seguimos sin respuestas convincentes.
No se trata, por tanto, de afirmar que el Gobierno no haya hecho nada. Ha hecho muchas cosas. El problema es que, después de veinte días, el resultado de todas esas cosas es insuficiente. Y eso es precisamente lo que debemos poner encima de la mesa. Porque un Gobierno puede anunciar diez medidas y seguir siendo incapaz de resolver un problema. Puede enviar cinco ministros y seguir sin encontrar una solución. Puede celebrar veinte reuniones y seguir dejando a una ciudad esperando. Puede repetir cien veces que todo está bajo control y no conseguir que los ciudadanos lo perciban. La gestión pública se mide por los resultados, no por la actividad. Y los resultados en Ceuta, veinte días después, son difíciles de vender como un éxito. Son el resultado de un Gobierno inútil lleno de ministros inútiles.
Por eso se entiende el hartazgo de los ceutíes. Y se entiende que en las calles aparezcan palabras duras. Incluso palabras como “sinvergüenzas” o “traidores”. No necesariamente como un insulto gratuito dirigido contra una persona concreta, sino como la expresión de una frustración profunda: la de una población que ve desfilar ministros, escucha anuncios y contempla promesas mientras el problema que motivó todo ese despliegue continúa sin resolverse.
Eso es lo verdaderamente preocupante. Que después de veinte días todavía haya que explicar que se están buscando soluciones. Que después de veinte días todavía haya que anunciar dónde se va a acoger a los menores. Que después de veinte días siga sin existir una respuesta suficientemente clara y efectiva sobre las repatriaciones. Que después de veinte días se siga hablando de recuperar una normalidad que los ciudadanos no sienten…. Y que, mientras tanto, Ceuta tenga que seguir soportando las consecuencias.
Los ceutíes no necesitan más ministros pasando por la ciudad. Necesitan que las decisiones tomadas en Madrid funcionen en Ceuta. No necesitan más discursos… Necesitan resultados. No necesitan que les digan que todo está controlado… Necesitan que, efectivamente, vuelva el control. Y tampoco necesitan que desde los despachos se les explique que la situación es normal cuando ellos mismos están comprobando que no lo es. Porque la peor respuesta que puede recibir una población después de afrontar una crisis es que le digan que la crisis no es tan grave como parece.
Ceuta no está normal. Y negarlo no ayuda a resolver absolutamente nada. Al contrario: aumenta la sensación de abandono y de desconexión entre quienes gobiernan y quienes sufren las consecuencias de sus decisiones.
Veinte días después, la pregunta ya no es qué está haciendo el Gobierno de Sánchez por Ceuta. La pregunta es mucho más sencilla. ¿Qué ha conseguido solucionar? Y si la respuesta sigue siendo tan difícil de encontrar, quizá el problema no sea que los ceutíes sean demasiado críticos. Quizá el problema sea que el Gobierno está demostrando una preocupante incapacidad para transformar sus anuncios en soluciones.
Lo dicho… ¡Un Gobierno inútil lleno de ministros inútiles!