¡Hasta aquí!
Ceuta ya no puede más. Y conviene escucharla. Durante semanas advertimos desde estas páginas de algo que no podía ignorarse, que una ciudad pequeña, sometida a una presión extraordinaria, con sus calles ocupadas y sus servicios tensionados, no puede permanecer indefinidamente en esta situación sin que la convivencia termine resintiéndose.
Ayer, 25 de agosto, casi un mes después de la entrada masiva del 30 de julio, esa advertencia ha dejado de ser una hipótesis. Las calles han comenzado a hablar de una forma más contundente. Cientos de ceutíes salieron este martes a protestar. Lo hicieron después de conocer el contenido del borrador del Real Decreto que prepara el Gobierno para gestionar la crisis y que contempla la utilización de polideportivos, instalaciones militares y otros espacios públicos para alojar temporalmente a personas migrantes.
Y los ceutíes han dicho “hasta aquí”. Hasta aquí con la incertidumbre. Hasta aquí con una ciudad que sigue sin saber cuál es el horizonte de esta crisis. Hasta aquí con soluciones que parecen consistir, una y otra vez, en buscar nuevos espacios dentro de Ceuta para prolongar una situación que debería tener una salida clara. Hasta aquí con la sensación de que se pide a los ceutíes que soporten indefinidamente las consecuencias de un problema que desborda por completo la capacidad de una ciudad de estas dimensiones. Y, sobre todo, hasta aquí con pensar que las calles van a permanecer eternamente en silencio.
El Gobierno reconoce que la ciudad continúa lejos de la normalidad. El propio borrador del Real Decreto admite que la situación está alterando el funcionamiento ordinario de las administraciones y superando sus capacidades habituales de gestión, acogida, asistencia y seguridad ciudadana. Entonces, ¿qué más tiene que ocurrir para que se actúe con la contundencia que exige la situación?
Hay algo todavía más grave que la protesta. Hay miedo. Y cuando una sociedad empieza a sentir miedo por su propia seguridad y sobre todo por la de sus mayores y sus hijos, estamos ante una situación gravísima que ninguna administración responsable puede minimizar.
Sabemos que muchos vecinos de Ceuta, ante la percepción de inseguridad y la ausencia de respuestas suficientes, están recurriendo a medios de defensa personal. Dicho sin eufemismos: hay ceutíes que sienten que tienen que armarse para protegerse. Ese es el verdadero nivel de gravedad al que hemos llegado.
Una ciudad española no puede asumir como normal que sus ciudadanos sientan que necesitan llevar algo encima para sentirse seguros cuando salen a la calle. No puede convertirse en normal que un vecino tenga que plantearse cómo defenderse por sus propios medios porque considera que las instituciones no están dando una respuesta suficiente. Eso no es normalidad. Eso es una señal de alarma.
Ceuta no está pidiendo privilegios. Está reclamando Estado. Está reclamando que la frontera española sea protegida. Que los recursos extraordinarios lleguen de verdad. Que la presión sobre una población de estas dimensiones no se convierta en una carga indefinida. Que las decisiones que afectan directamente a la vida cotidiana de los ceutíes no se tomen de espaldas a ellos. Y sobre todo está reclamando la expulsión de todos los invasores.
No puede aceptarse que cada semana aparezca una nueva instalación que deba ser ocupada, un nuevo espacio que deba ser cedido o una nueva fecha que obligue a los ceutíes a seguir esperando. El borrador conocido este martes ha encendido todavía más una indignación que ya estaba ahí. La movilización ciudadana lo demuestra. Ceuta está cansada. Cansada de esperar respuestas. Cansada de la incertidumbre. Cansada de sentirse sola ante una crisis de dimensión nacional. Y precisamente por eso hay que escuchar el mensaje que ayer salió de sus calles, antes de que la frustración y la ira siga creciendo.
Porque cuando una sociedad comienza a perder la confianza en que las instituciones tienen capacidad para solucionar sus problemas, el riesgo no está únicamente en la crisis que ya existe. El verdadero peligro está en que la desesperación sustituya a la confianza y que la convivencia termine pagando el precio. Ya lo advertimos: Ceuta está a un paso de un estallido social. Y lo volvemos a advertir hoy.
Lo ocurrido este martes es una señal de alarma. No la ignoremos. No esperemos a que suceda algo grave para lamentar después que nadie quiso escuchar. HASTA AQUÍ. El Estado tiene que recuperar el control de la situación. Ceuta necesita respuestas. Necesita seguridad. Necesita soluciones. Y las necesita ahora. No mañana. No dentro de unos meses. Hoy.