Hechos. Ya
Hay ocasiones en las que un ministro no necesita venir a Ceuta a pronunciar un discurso. Necesita venir a comprometerse. Y eso es precisamente lo que hizo José Manuel Albares este martes al asegurar que hasta la última persona que haya entrado irregularmente en España por Ceuta volverá a Marruecos. Es, sin duda, el mensaje que esta ciudad necesitaba escuchar después de estar soportando una situación extraordinaria y después de haber vuelto a demostrar, una vez más, una capacidad de resistencia y una responsabilidad muy por encima de lo que razonablemente se le puede exigir a una ciudad que se encuentra permanentemente en primera línea.
El mensaje, por tanto, es correcto. Es firme. Y es el que debe trasladarse tanto a quienes han entrado irregularmente como a quienes pudieran estar pensando en hacerlo en el futuro: entrar ilegalmente en Ceuta no puede convertirse en un pasaporte hacia España ni hacia Europa. Quien entra de forma irregular debe ser retornado. No hay nada que objetar a esa afirmación. Al contrario: es una obligación del Estado y una necesidad para la propia credibilidad de la frontera.
Pero aquí termina el aplauso y empieza la exigencia. Porque Ceuta ya no necesita palabras. Necesita hechos. Y los necesita ya. Inminentes. Los ceutíes llevamos demasiado tiempo escuchando compromisos que posteriormente se diluyen en procedimientos administrativos, conversaciones diplomáticas, reuniones de coordinación y declaraciones institucionales. Esta vez no puede ocurrir lo mismo.
Albares ha dicho que todos volverán. Perfecto. La siguiente pregunta, inevitable y legítima, es: ¿cuándo? ¿Cuándo empiezan las devoluciones? ¿Con qué procedimiento? ¿A qué ritmo? ¿Cuánto tiempo estima el Gobierno que tardará en completar los retornos? ¿Qué ocurrirá con quienes permanezcan en Ceuta mientras se tramita su situación? ¿Qué mecanismos se han acordado con Marruecos para garantizar que esas devoluciones se produzcan de manera efectiva y no queden nuevamente condicionadas a la voluntad de Rabat?
Son preguntas sencillas. Son preguntas que se hacen los ceutíes. Y son preguntas a las que el Gobierno debe responder con la misma claridad con la que ha formulado su compromiso. Porque una promesa sin calendario corre el riesgo de convertirse en una nueva espera. Y Ceuta no puede permitirse otra espera. El Estado tiene que hacerse visible ya.
En este sentido, hay algo que el Gobierno debe comprender definitivamente. En Ceuta, la eficacia de la política migratoria no se mide en Madrid, ni en una rueda de prensa, ni en una mesa de negociación. Se mide aquí. Se mide en la frontera. Se mide en nuestras calles, en nuestros centros, en nuestros servicios públicos y en la tranquilidad de nuestros ciudadanos. Por eso, las palabras del ministro serán juzgadas por algo muy sencillo: por lo que suceda a partir de hoy.
Si comienzan las devoluciones, si los procedimientos avanzan con rapidez, si el número de personas que permanece en la ciudad empieza a reducirse y si se establece un mecanismo que impida que esta situación vuelva a reproducirse, entonces Ceuta reconocerá que las palabras se han convertido en una respuesta de Estado.
Si, por el contrario, pasan los días y seguimos exactamente donde estamos, volveremos a encontrarnos ante el problema de siempre… un Gobierno que promete firmeza mientras la realidad cotidiana de Ceuta sigue soportando las consecuencias.
Naturalmente, todo debe hacerse dentro de la ley. Nadie sensato puede reclamar otra cosa. Las garantías jurídicas son irrenunciables y, especialmente cuando hablamos de menores, deben cumplirse escrupulosamente. Pero el cumplimiento de la ley no puede utilizarse como coartada para la lentitud administrativa ni para la inacción política. Una cosa es garantizar los derechos y otra muy distinta permitir que los procedimientos se eternicen.
España tiene leyes, tiene instituciones, tiene Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y tiene acuerdos de cooperación. Lo que se necesita es mucho más personal y la determinación suficiente para utilizar todos esos instrumentos con la máxima eficacia.
Y luego está Marruecos. Aquí es donde Ceuta tiene razones más que suficientes para mirar las palabras del ministro con cautela y desconfianza. España habla de Marruecos como socio estratégico. Habla de cooperación, coordinación y confianza. Y, sin duda, la colaboración con Rabat es necesaria. Pero una cosa es reconocer la necesidad de cooperar y otra muy diferente es confundir necesidad con servilismo.
Ceuta conoce demasiado bien el comportamiento de Marruecos como para aceptar sin reservas determinados discursos. Esta ciudad tiene memoria. Y no olvida ni va a olvidar nunca cómo, de un día para otro, la frontera dejó de funcionar como una frontera y miles de personas fueron empujadas hacia Ceuta. No va a olvidar el desconcierto, la presión, el colapso de los servicios y la sensación de abandono que se vive actualmente. Y recordará también que, detrás de esta crisis, hay una utilización evidente de la frontera y de la inmigración como instrumento de presión política.
Por eso, cuando se habla de Marruecos como un socio fiable, desde Ceuta es inevitable responder que la fiabilidad no se proclama, se demuestra. Y Marruecos tiene mucho que demostrar. Porque un país que aspira a ser socio estratégico de España y de la Unión Europea no puede comportarse como un socio solamente cuando le interesa. No puede exigir confianza mientras mantiene abierta la posibilidad de utilizar la frontera como mecanismo de presión. No puede pretender que Ceuta olvide las crisis anteriores cada vez que se recupera la cooperación policial y diplomática.
Lo ocurrido ahora vuelve a demostrar la extraordinaria vulnerabilidad de Ceuta. Y esa vulnerabilidad no puede convertirse en una constante de nuestra relación con Marruecos.
Cooperación, sí. Ingenuidad, ninguna. España debe cooperar con Marruecos. Por supuesto. Debe hacerlo con intensidad, porque la lucha contra la inmigración irregular, la seguridad fronteriza y la estabilidad del entorno lo exigen. Pero esa cooperación tiene que producirse desde una posición de firmeza y con garantías. España no puede entregar a Marruecos un cheque en blanco basado exclusivamente en la buena voluntad de Rabat. España tiene que dejar claro que una frontera europea no puede depender de los cambios de humor, de los intereses coyunturales o de las decisiones unilaterales del país vecino.
Así que la prueba empieza ahora. El Gobierno tiene una oportunidad para hacer algo más importante que ofrecer un discurso. Puede demostrar que el Estado está dispuesto a actuar. Albares ha dicho lo que tenía que decir. Ahora debe hacer lo que corresponde. Que comiencen las devoluciones. Que se aceleren los procedimientos. Que se explique el calendario. Que se informe con transparencia de los resultados. Que se refuerce la frontera. Que se establezcan garantías para que una situación como esta no vuelva a repetirse…
Ceuta no pide privilegios. No pide excepciones. No pide que se incumpla una sola ley. Ceuta pide que el Estado cumpla con su obligación. Pide que la frontera española sea defendida como lo que es, una frontera española y una frontera exterior de la Unión Europea. Pide que quien entre ilegalmente sea devuelto cuando legalmente. Pide que los menores sean protegidos, pero también que se apliquen con diligencia los mecanismos legales previstos para su retorno cuando proceda. Pide que los servicios públicos de la ciudad no vuelvan a ser utilizados como colchón permanente de una crisis que corresponde gestionar al Estado.
Y pide, sobre todo, que después de tantos discursos esta vez exista una diferencia fundamental: que los hechos lleguen inmediatamente después de las palabras.
El ministro dijo ayer que hasta la última persona que entró irregularmente volverá a Marruecos. Los ceutíes toman nota. Ahora le corresponde al Gobierno demostrarlo.
Porque después de lo ocurrido, después del esfuerzo realizado por esta ciudad y después de escuchar una promesa tan concreta, ya no hay espacio para las excusas, para las ambigüedades ni para los plazos indefinidos. La política migratoria se puede explicar con muchas palabras. La eficacia, en cambio, solo tiene una forma de demostrarse: con hechos. Y en Ceuta, después de todo lo sucedido, esos hechos tienen que empezar ya.