Honor y silencio
Ceuta se estremeció a primeras horas de la tarde de este jueves. La noticia que durante días se temía terminó por confirmarse entre hierros retorcidos, vagones destrozados y un escenario que aún cuesta asimilar: el capitán de La Legión Álvaro García Jiménez fue hallado sin vida tras el trágico accidente ferroviario de Adamuz. Tenía solo 32 años, una vida joven, útil y generosa que se apagó demasiado pronto, dejando tras de sí un silencio que pesa más que cualquier palabra.
Álvaro no era una cifra más en un balance que ya alcanza las 45 víctimas mortales. Era un ceutí, un legionario del Tercio Duque de Alba, un enfermero militar que había regresado hacía apenas unos meses de una misión en Irak. Alguien que hizo del servicio a los demás una forma de vivir, que eligió cuidar, proteger y estar presente incluso en los escenarios más difíciles. El destino, cruel e inexplicable, quiso que su última batalla no fuera en zona de conflicto, sino en un trayecto cotidiano que terminó en tragedia.
Durante días su nombre formó parte de la lista de desaparecidos, alimentando una esperanza frágil que se fue apagando con el paso de las horas. Cuando finalmente llegó la confirmación, el golpe fue seco y compartido. Lo sintieron su familia, sus compañeros de La Legión, la comunidad enfermera y una ciudad entera que hoy se reconoce en su pérdida. Ceuta sabía que podía haber un ceutí entre las víctimas; ahora sabe que ha perdido a uno de los suyos.
Las muestras de condolencia se han sucedido desde todos los ámbitos: instituciones, Ejército, autoridades y colectivos profesionales. Pero más allá de los comunicados oficiales, queda el dolor íntimo, el que no se publica ni se mide, el de quienes compartieron vida, vocación y sueños con Álvaro. También queda la preocupación por su compañera, aún luchando por su vida en la UCI, símbolo de una tragedia que sigue abierta.
Hoy no es día de reproches ni de prisas. Hoy toca detenerse, acompañar en el duelo y recordar. Recordar a Álvaro García Jiménez como lo que fue: un profesional ejemplar, un legionario comprometido, un enfermero de vocación y, sobre todo, una buena persona. Que descanse en paz. Su nombre queda grabado en la memoria colectiva y su ejemplo, en quienes creen que servir a los demás sigue siendo la forma más noble de vivir.