Un hospital a medias
Hay maneras muy sutiles de debilitar un servicio público sin necesidad de anunciarlo a bombo y platillo. Lo que está ocurriendo en el Hospital Universitario de Ceuta encaja bastante bien en esa idea: no se cierra nada oficialmente, pero poco a poco se van sacando piezas clave fuera del engranaje. Y cuando eso pasa, el resultado es evidente: el hospital sigue ahí, pero cada vez responde a menos necesidades reales de los ciudadanos.
No se trata solo de números, aunque el dato de una docena de servicios externalizados ya es, por sí solo, motivo de preocupación. El problema es más profundo. Cuando áreas como el radiodiagnóstico, la psiquiatría infantil o incluso determinadas pruebas esenciales dejan de hacerse dentro del propio hospital, lo que se rompe es la lógica del sistema. El paciente deja de tener una atención integral y empieza a depender de un circuito fragmentado, más lento y, en muchos casos, más incómodo.
Es cierto que la falta de profesionales o de medios puede obligar a tomar decisiones puntuales. Nadie discute que en situaciones excepcionales haya que apoyarse en recursos externos. Pero lo que preocupa es cuando esa excepción empieza a convertirse en costumbre. Porque entonces ya no estamos hablando de soluciones temporales, sino de un modelo que, en la práctica, reduce la capacidad de la sanidad pública para valerse por sí misma.
Aquí es donde aparece la contradicción más evidente. Mientras desde las instituciones se insiste en el compromiso con lo público, la realidad sobre el terreno dibuja un escenario muy distinto. Externalizar servicios de forma continuada no refuerza el sistema, lo diluye. Y eso, aunque no se quiera reconocer abiertamente, tiene consecuencias directas tanto en la calidad asistencial como en la percepción que tienen los ciudadanos.
Porque la confianza también juega un papel clave. Cuando un paciente sabe que para una prueba, un tratamiento o una consulta tendrá que salir del hospital —o incluso de la ciudad—, algo se resiente. No es solo una cuestión de comodidad, es una cuestión de seguridad y de cercanía. La sanidad pública no debería ser un itinerario de derivaciones, sino un espacio donde la mayoría de las respuestas estén dentro.
A todo esto se suma un efecto que suele pasar más desapercibido: el desgaste interno del propio sistema. Cuantos menos servicios se prestan, menos atractivo resulta el hospital para los profesionales, lo que a su vez dificulta cubrir plazas y consolidar equipos. Es un círculo que se retroalimenta y que, si no se corrige a tiempo, termina agravando aún más el problema.
Al final, la cuestión es bastante clara y no admite demasiados rodeos: ¿se quiere un hospital plenamente operativo o uno que funcione a base de derivaciones? Porque mantener la estructura sin reforzar su contenido no es apostar por la sanidad pública, es quedarse a medio camino. Y en un ámbito tan sensible como la salud, los términos medios suelen ser, sencillamente, insuficientes.