La verdad incómoda

EL PUEBLO
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02 ago 2026 - 05:31

Hay ocasiones en las que los discursos oficiales chocan de frente con lo que cualquier vecino puede ver al salir de casa. Eso es lo que ha ocurrido con las palabras del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. Nadie discute que el despliegue de Policía, Guardia Civil y Ejército haya servido para contener la situación, pero de ahí a trasladar la sensación de que Ceuta ya ha recuperado la normalidad hay un trecho demasiado largo. Porque la realidad, nos guste o no, sigue siendo otra.

El delegado del Gobierno, Miguel Ángel Pérez Triano, estuvo mucho más acertado al reconocer el enfado y la preocupación de los ceutíes. No intentó vender una victoria antes de tiempo. Admitió que la ciudad ha vivido días muy duros y que todavía queda trabajo por hacer. Ese mensaje conecta mucho más con lo que sienten los ciudadanos que uno que invita a pensar que lo peor ya ha pasado cuando aún quedan muchas heridas abiertas.

No hace falta buscar grandes estadísticas para entenderlo. Basta con pasear por Ceuta. Todavía hay numerosos ciudadanos marroquíes que permanecen en la ciudad y la sensación de incertidumbre sigue presente. Comercios, familias y trabajadores han vivido jornadas de enorme tensión y nadie puede pedirles ahora que actúen como si aquí no hubiera pasado nada. Los ceutíes merecen que se les hable con claridad, no con un exceso de optimismo que termina alejándose de la realidad.

Y si hay una afirmación que cuesta todavía más comprender es la de seguir calificando a Marruecos como un socio fiable justo después de lo ocurrido. La cooperación entre ambos países es necesaria y nadie lo discute. Pero también lo es llamar a las cosas por su nombre. Ceuta ha sufrido dos entradas masivas en apenas cinco años. Dos episodios que han puesto a prueba la seguridad de la ciudad y que difícilmente pueden considerarse simples accidentes. Cuando una situación se repite, ya no basta con mirar hacia otro lado esperando que no vuelva a ocurrir.

Precisamente por eso, esta crisis debería servir para sacar conclusiones de una vez por todas. España tiene la obligación de mantener una buena relación con Marruecos, pero esa relación no puede basarse únicamente en palabras de confianza. También tiene que asentarse sobre el respeto a nuestras fronteras y a nuestra soberanía. Y cuando ese respeto falla, el Estado debe responder con firmeza y sin complejos.

Ceuta no puede vivir con el miedo permanente a que dentro de unos meses vuelva a repetirse la misma escena. Ha llegado el momento de dejar claro que cualquier intento de utilizar la inmigración como instrumento de presión encontrará una respuesta inmediata, contundente y plenamente ajustada a la legalidad. Defender una frontera no es un gesto de confrontación; es una obligación de cualquier Estado.

Los ceutíes han demostrado una vez más una enorme capacidad para afrontar situaciones límite. Han mantenido la calma cuando era más difícil hacerlo y han vuelto a dar ejemplo de convivencia. Lo único que piden ahora es algo tan sencillo como que no se les intente convencer de que todo está solucionado cuando todavía no lo está. Porque la confianza se gana diciendo la verdad, aunque esa verdad resulte incómoda.

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