Infancias que importan
Cuando dos instituciones se sientan a hablar de salud mental infantil, conviene afinar el oído. La reciente reunión entre INGESA y la Asociación de la Neurodiversidad en Ceuta no es una más en la agenda: pone sobre la mesa una realidad que lleva tiempo pidiendo atención, especialmente cuando hablamos de menores de hasta seis años y de trastornos del neurodesarrollo.
Que los niños de entre 0 y 6 años representen ya el 10 % de las consultas en la Unidad de Salud Mental Infanto-Juvenil no es un dato menor. Es, más bien, una señal clara de que algo está cambiando y de que el sistema debe adaptarse. La infancia no puede abordarse con modelos pensados para adultos en miniatura; necesita recursos específicos, tiempos distintos y profesionales especializados.
En ese sentido, el papel de la Asociación de la Neurodiversidad resulta clave. No solo por el trabajo diario de información y acompañamiento a familias, sino por dar un paso más y presentar un Protocolo General de Actuación. Que INGESA lo haya recibido con buena disposición y se plantee su futura implantación es una buena noticia, siempre que no se quede en un cajón.
También es acertado hablar de espacios. La atención preferente a menores con TEA y otros trastornos del neurodesarrollo no se limita a consultas y diagnósticos: pasa por crear entornos amables, adaptados y accesibles. La posible habilitación de una sala específica en el HUCE y la búsqueda de ubicaciones en centros de salud van en la dirección correcta.
Ahora toca cumplir. La próxima reunión de marzo será una prueba de fuego para comprobar si las buenas intenciones se traducen en hechos. Porque reforzar la atención temprana no es un lujo ni una moda: es una inversión directa en el bienestar presente y futuro de nuestros niños y niñas.