Cuando llueve, tarde
Cada vez que el cielo se pone serio en Ceuta, los colegios nos recuerdan una verdad incómoda: el problema no es la borrasca, es la falta de previsión. Las palabras de la consejera Pilar Orozco suenan razonables —se ha actuado, se ha llamado a técnicos, se han retirado ramas, se han enviado informes—, pero llegan, una vez más, cuando el agua ya se ha colado por los techos y el miedo por la seguridad del alumnado ya está instalado en las familias.
Porque no hablamos de un atasco puntual por un envase de natilla ni de una rama caída sin más. Hablamos de filtraciones repetidas, techos que ceden, gimnasios cerrados desde hace años y centros educativos que envejecen sin un plan serio de mantenimiento. Todo esto no se ha descubierto ahora: directores y docentes llevan tiempo advirtiéndolo por escrito, con informes y correos que, según ellos, han caído en saco roto.
Las protestas de madres, padres y estudiantes no nacen del alarmismo, sino del hartazgo. Dejar a un hijo en el colegio no debería ser un acto de fe ni una cuestión de suerte. Cuando una madre dice que no deja mochilas, sino personas, resume mejor que cualquier informe técnico lo que está en juego. La educación no puede impartirse entre cubos para recoger goteras ni con patios clausurados por riesgo de derrumbe.
Es positivo que ahora se desplieguen medios, que intervengan bomberos y brigadas, y que se hable de comisiones y millones sobre la mesa. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué siempre se reacciona y casi nunca se anticipa? La planificación no puede depender del parte meteorológico ni de que una borrasca saque los colores a las administraciones.
Atender lo urgente está bien, pero no basta. La educación necesita menos parches y más visión a largo plazo. Porque los desperfectos no nacen con la lluvia: solo se hacen imposibles de seguir ignorando cuando llueve.