La luz que debe permanecer en Ceuta: la convivencia
Ceuta tiene en su diversidad cultural y religiosa una de sus señas de identidad más reconocibles. Una ciudad pequeña en extensión, pero inmensa en riqueza humana, donde diferentes culturas, tradiciones y credos han compartido durante generaciones un mismo espacio, construyendo una sociedad plural que forma parte de su esencia. Una realidad que no debe entenderse únicamente como una característica de nuestra historia, sino como uno de los pilares fundamentales sobre los que se sostiene el presente y debe construirse el futuro de la ciudad.
El encendido de las luces ornamentales con motivo del Diwali, la festividad hindú que simboliza la luz, la esperanza y la renovación, constituye mucho más que un acto festivo. La presencia del presidente de la Ciudad, Juan Vivas, en la Plaza de los Reyes y su posterior acompañamiento a la Comunidad Hindú en su templo de la calle Echegaray representan también el reconocimiento institucional a una comunidad que forma parte inseparable del tejido social ceutí.
Porque en Ceuta cada celebración de una comunidad es, de alguna manera, una celebración de toda la ciudad. El Diwali, el Ramadán, la Semana Santa, la Pascua judía o las distintas festividades que forman parte de nuestras tradiciones religiosas y culturales no son acontecimientos aislados. Son expresiones de una pluralidad que convive, se reconoce y comparte calles, barrios, colegios, comercios y espacios públicos.
Esa es precisamente una de las grandes riquezas de Ceuta: entender que la diversidad no tiene por qué separar, sino que puede unir. Que las diferencias religiosas, culturales o de origen no deben convertirse en fronteras, sino en oportunidades para conocernos mejor, respetarnos y enriquecernos mutuamente.
La convivencia, sin embargo, no puede darse por garantizada. No basta con proclamarla ni con convertirla en un eslogan institucional. Se construye cada día, mediante el respeto, la educación, la tolerancia y, sobre todo, el reconocimiento de que todos los ciudadanos, independientemente de sus creencias o tradiciones, tienen los mismos derechos, las mismas obligaciones y la misma dignidad.
Ceuta necesita seguir cuidando ese patrimonio colectivo. Desde las instituciones, pero también desde las familias, los centros educativos, las asociaciones y cada ciudadano. Porque la convivencia no pertenece a una administración ni a una comunidad concreta: pertenece a todos. Y todos somos responsables de preservarla frente a cualquier actitud de intolerancia, exclusión o enfrentamiento.
Las luces del Diwali adquieren así un significado que trasciende su belleza ornamental. Son un símbolo de luz en una sociedad que necesita mantener encendidos los valores del respeto, la solidaridad y la fraternidad. Una invitación a mirar al otro sin prejuicios y a comprender que ninguna cultura pierde su identidad por compartirla con las demás.
Ceuta es cristiana, musulmana, hebrea, hindú y también es muchas otras realidades que enriquecen su personalidad colectiva. Pero, por encima de cualquier diferencia, Ceuta es una ciudad de ciudadanos que comparten un presente y un destino común.
No se trata de ocultar las diferencias ni de idealizar una convivencia que, como cualquier realidad humana, necesita atención y esfuerzo. Se trata de defender aquello que nos une sin renunciar a lo que nos hace distintos.
En una época en la que los discursos de división y los prejuicios encuentran espacio en demasiados lugares, Ceuta tiene la responsabilidad y la oportunidad de seguir demostrando que la diversidad puede ser una fortaleza. Que el respeto no entiende de religiones y que la solidaridad no distingue entre culturas.
Porque la verdadera identidad de Ceuta no está en que todos pensemos, recemos o celebremos de la misma manera, sino en que podamos hacerlo desde el respeto y la libertad, sintiéndonos parte de una misma ciudad.
Y esa es la luz que nunca debería apagarse en Ceuta: la de su convivencia.