La normalidad no se impone
Cien días después de aquella entrada masiva e irregular de miles de personas que cambió por completo la vida de Ceuta, todavía hay quien pretende convencernos de que estamos recuperando la normalidad. Pero una cosa es repetirlo desde un despacho y otra muy distinta salir a la calle y comprobar lo que realmente está ocurriendo. Porque la normalidad no se decreta, no se fabrica con declaraciones políticas ni se consigue maquillando las cifras. La normalidad se vive, se siente y, sobre todo, se nota. Y en Ceuta, por mucho que algunos se empeñen en decir lo contrario, seguimos muy lejos de recuperarla.
Resulta difícil hablar de normalidad cuando, según los datos expuestos públicamente, la delincuencia ha aumentado un 60%, las incidencias por altercados y peleas se han disparado y los empresarios y autónomos denuncian pérdidas millonarias. Tampoco parece muy normal que haya mujeres que sientan miedo al caminar por determinadas zonas, que se denuncien situaciones de explotación sexual de menores o que los servicios públicos tengan que soportar una presión extraordinaria. Son circunstancias demasiado graves como para despacharlas con un discurso triunfalista desde Madrid.
Es cierto que miles de personas han abandonado Ceuta durante estos cien días. Negarlo sería tan absurdo como pretender que esas salidas significan que el problema está resuelto. Porque mientras continúen existiendo asentamientos, recursos extraordinarios de acogida, inseguridad y una población que vive con incertidumbre, hablar de normalidad resulta, cuando menos, una falta de sensibilidad hacia quienes padecen diariamente las consecuencias de esta crisis. Los ceutíes no necesitan que nadie les explique cómo está su ciudad. La conocen perfectamente porque son ellos quienes viven aquí.
Lo verdaderamente preocupante es esa sensación de que se pretende convertir lo excepcional en cotidiano, como si el paso del tiempo fuera suficiente para que terminemos acostumbrándonos a una situación que jamás debió prolongarse durante tanto tiempo. Ceuta ha demostrado una enorme capacidad de resistencia, pero resistir no significa resignarse. Sus ciudadanos tienen exactamente el mismo derecho que cualquier otro español a vivir con seguridad, tranquilidad y garantías, sin que se les pida paciencia indefinidamente mientras las soluciones siguen llegando a cuentagotas.
Después de cien días, lo mínimo que merece Ceuta es respeto. Respeto a sus vecinos, a sus comerciantes, a sus mujeres, a sus jóvenes y a todos aquellos que llevan más de tres meses esperando respuestas eficaces. Nadie debería confundir el cansancio de una población con su conformidad, ni las cifras de retornos con el final de una crisis. Porque, aunque algunos quieran pasar página cuanto antes, Ceuta sigue viviendo una situación excepcional. Y llamarla normalidad no la convierte en normal.