El Príncipe: evitar el regreso al estigma.

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14 mar 2026 - 01:53

El asesinato de Mohamed Laarbi esta semana ha vuelto a situar al barrio de El Príncipe en el foco mediático. Los disparos en plena madrugada y la ejecución aparentemente planificada por dos sicarios han reavivado recuerdos incómodos en una ciudad que aún guarda en la memoria los años recientes de violencia entre clanes. Sin embargo, la reacción de los propios vecinos merece ser escuchada con atención: la mayoría insiste en que se trata de un hecho aislado y que la tranquilidad que se ha recuperado en los últimos años no puede ponerse en duda por un suceso puntual.

Conviene recordar que El Príncipe ha sido durante demasiado tiempo víctima de un doble castigo: el de los problemas reales que ha sufrido y el del estigma permanente que ha acompañado a su nombre. Durante los llamados “años de plomo”, la violencia entre bandas generó una espiral de inseguridad que obligó a una contundente intervención policial. Aquella etapa dejó heridas profundas, pero también provocó una respuesta institucional que permitió desarticular a los principales grupos criminales y devolver una relativa calma a la barriada.

Precisamente por eso, el riesgo ahora no es solo la investigación de un crimen grave —que debe esclarecerse con rapidez y rigor—, sino también la tentación de volver a señalar a todo un barrio como sinónimo de delincuencia. Los testimonios recogidos en la zona muestran otra realidad: la de vecinos que trabajan, que hacen su vida cotidiana y que no quieren volver a ser identificados con una etapa que, aseguran, pertenece al pasado.

Las primeras hipótesis policiales apuntan además a que el origen del conflicto podría situarse fuera de Ceuta. Si así se confirma, reforzaría la idea de que la ciudad no está ante una nueva escalada de violencia interna, sino ante un episodio vinculado a dinámicas criminales más amplias que trascienden el propio barrio.

Eso no significa, en ningún caso, bajar la guardia. La seguridad es un bien frágil y requiere una vigilancia constante. La presencia policial, la cooperación entre instituciones y la atención a las necesidades sociales del barrio siguen siendo pilares fundamentales para evitar que los problemas del pasado encuentren terreno fértil para reaparecer.

Pero también es necesario un ejercicio de responsabilidad colectiva. Convertir cada incidente en la prueba de que nada ha cambiado solo alimenta el estigma y dificulta el trabajo de quienes llevan años intentando construir una convivencia más tranquila.

El asesinato de Mohamed Laarbi debe investigarse hasta sus últimas consecuencias y sus responsables deben responder ante la justicia. Al mismo tiempo, la ciudad debe evitar caer en el reflejo automático de volver a etiquetar a El Príncipe como un territorio sin esperanza. Porque, como recuerdan sus propios vecinos, la realidad del barrio hoy es mucho más compleja —y también más tranquila— de lo que algunos titulares sugieren.

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