Rigidez sin humanidad en el Hospital Universitario de Ceuta
CARTAS AL DIRECTOR
Lo ocurrido en el Hospital Universitario de Ceuta no es una anécdota menor. Es el ejemplo perfecto de cómo una norma aplicada sin criterio ni humanidad puede convertirse en una forma de maltrato institucional.
Una mujer de 82 años, dependiente, seis días ingresada. No estamos hablando de una visita social ni de alguien que sube a “echar el rato”. Estamos hablando de un relevo familiar imprescindible para que una persona vulnerable no se quede sola ni un minuto.
Mi hermana llegó a las 19:15 para relevar a mi mujer, que llevaba horas cuidando de nuestra madre. Avisó en el mostrador, subió a la habitación y, al darse cuenta de que había olvidado el móvil en el coche, bajó un instante. Fue clara: “Voy un momento al coche, no tardo ni un minuto, por eso no te doy la tarjeta”. La vigilante que estaba en ese momento le respondió: “Vale, vale, tranquila”.
Dos minutos. No más.
En ese breve intervalo se produjo el cambio de turno. Y ahí empezó el absurdo.
El nuevo vigilante decidió que mi hermana no podía volver a subir porque “estaban desalojando”, ya que el horario de visita termina a las 19:00. Resultado: más de media hora esperando abajo. Mi mujer, arriba, sin poder abandonar la habitación porque mi madre no puede quedarse sola.
¿De verdad esa es la finalidad de la norma? ¿Impedir que una mujer dependiente tenga continuidad en su cuidado por una interpretación rígida y descontextualizada del horario?
Si el horario acaba a las 19:00, ¿cómo es posible que a las 19:55 todavía se esté “desalojando”? ¿Qué clase de desalojo dura casi una hora? Y, sobre todo, ¿qué sentido tiene aplicar esa supuesta norma a alguien que ya estaba dentro, que había comunicado su situación y que solo salió dos minutos para coger un móvil?
Lo más grave no es la norma. Lo más grave es la actitud.
Se le explicó la situación. Se le pidió que confirmara con su compañera. Ni siquiera fue capaz de coger el walkie y preguntar. Ni un mínimo gesto de comprobación. Ni un intento de buscar una solución. Se mantuvo en sus trece, parapetado tras el horario, como si el contexto no existiera, como si delante no hubiera una familia agotada y una anciana dependiente ingresada.
Eso no es profesionalidad. Eso es falta de empatía.
La seguridad en un hospital está para proteger, no para ejercer una autoridad ciega. Nadie pedía un privilegio. Nadie estaba intentando saltarse las normas. Se trataba de algo elemental: permitir un relevo que ya estaba autorizado de facto, que ya se había producido, y que solo se interrumpió por dos minutos.
Luego nos escandalizamos cuando hay tensiones en los hospitales. Por supuesto que cualquier agresión es condenable, sin matices. Pero también es cierto que ciertas actitudes autoritarias, innecesarias y carentes de humanidad generan una frustración enorme en personas que ya están al límite emocional. La autoridad no puede ejercerse como un muro impenetrable frente al sentido común.
Un hospital no es un cuartel. No es una frontera. Es un lugar donde hay personas enfermas y familias preocupadas. Aplicar normas sin criterio, sin escuchar y sin siquiera comprobar los hechos no es cumplir con el deber: es desentenderse de la responsabilidad humana que implica trabajar en ese entorno.
Lo sucedido no es solo un mal rato. Es una muestra preocupante de cómo una pequeña cuota de poder mal gestionada puede complicar innecesariamente la vida de quienes ya están atravesando un momento difícil.
La seguridad debe garantizar el orden. Pero el orden sin humanidad se convierte en injusticia. Y eso, en un hospital, es sencillamente inaceptable