Romper el silencio
Durante demasiado tiempo, la violencia sexual en Ceuta ha sido un tema del que apenas se hablaba. No porque no existiera, sino porque incomodaba. Porque obligaba a mirar de frente una realidad difícil de asumir. Y así, entre silencios, miradas hacia otro lado y conversaciones que nunca se daban, se ha ido construyendo una invisibilidad que no es real, pero sí muy efectiva.
Ahora empiezan a aparecer datos, testimonios y voces que ponen palabras a lo que antes se callaba. Y lo que dibujan no es precisamente tranquilizador. No hablamos solo de cifras oficiales, que ya apuntan a un problema constante, sino de todo lo que queda fuera de ellas. Porque si algo define a la violencia sexual es precisamente eso: que muchas veces no se denuncia. Y lo que no se denuncia, a efectos prácticos, no existe.
En entornos como el laboral o el sanitario, donde uno podría pensar que hay más información y más herramientas, el silencio sigue siendo la norma. Comentarios fuera de lugar, invasiones del espacio personal, situaciones de acoso… todo eso ocurre más de lo que se reconoce públicamente. Y, sin embargo, muchas mujeres optan por no dar el paso de denunciar. A veces por miedo a las consecuencias, otras por falta de confianza en el sistema, y en no pocas ocasiones porque creen que “no es para tanto”. Y ahí está uno de los grandes problemas: la normalización.
La próxima puesta en marcha de un centro de crisis 24 horas es una buena noticia. Es necesario y llega para cubrir una carencia evidente. Ofrecer atención inmediata, especializada y sin necesidad de denuncia previa puede marcar la diferencia para muchas víctimas. Pero conviene no engañarse: ningún recurso, por sí solo, va a solucionar un problema que es mucho más profundo.
Porque la violencia sexual no es un hecho aislado ni una suma de casos individuales. Tiene raíces culturales, sociales y educativas. Tiene que ver con cómo se han construido durante años las relaciones, con los estereotipos que se han perpetuado y con comportamientos que se han tolerado más de lo que deberían. Cambiar eso no es rápido ni sencillo, pero es imprescindible.
Ahí es donde entra la prevención, la educación y el trabajo a largo plazo. Hablar de consentimiento, de respeto, de límites. Trabajar con jóvenes antes de que ciertas conductas se consoliden. Y, algo fundamental, implicar también a los hombres en este cambio. Porque esto no va solo de proteger a las mujeres, sino de construir una sociedad más sana y más justa para todos.
Pero hay algo que ninguna política pública puede hacer por sí sola: romper el silencio. Eso depende también de la sociedad. De dejar de minimizar, de no justificar, de no mirar hacia otro lado cuando algo no está bien. De generar un entorno en el que una víctima se sienta escuchada y respaldada, no cuestionada.
Al final, todo se resume en una idea bastante simple, aunque a veces se nos olvide: esto no va de ideologías, va de dignidad. Y mientras siga habiendo mujeres que callan por miedo o por desconfianza, como sociedad tenemos todavía mucho trabajo por hacer.