Sánchez, ¿este es tu amigo y socio fiable?
Hay que acabar con una de las mayores ficciones de la política española: la de que basta con repetir que Marruecos es un “país amigo” para que Marruecos se comporte como tal. No funciona así. Los Estados no se relacionan por sentimientos. Se relacionan por intereses. Y los intereses se defienden con diplomacia, sí, pero también con capacidad de presión, con reciprocidad y, cuando es necesario, haciendo que determinadas decisiones tengan consecuencias. Si Marruecos golpea o reclama Ceuta, Marruecos debe pagar un precio.
Esta semana Marruecos ha vuelto a cruzar una línea. Su ministro de Justicia, Abdellatif Ouahbi, ha reivindicado nuevamente los supuestos “derechos históricos y geográficos” de su país sobre Ceuta y Melilla y ha defendido la necesidad de buscar una solución para que ambas ciudades “vuelvan” a Marruecos. No es una declaración desafortunada de un político menor. Es el ministro de Justicia del Reino de Marruecos. Y no está hablando de una cuestión comercial, pesquera o migratoria. Está hablando de nuestro territorio. De Ceuta. De Melilla. De España.
La respuesta del Gobierno ha sido trasladar a Rabat su “rechazo tajante” y recordar que ambas ciudades forman parte de la soberanía española y del territorio de la Unión Europea. Bien. Pero no basta. Y desde Ceuta tenemos derecho a decirlo alto y claro, porque después de tantos años escuchando que Marruecos es un amigo, un socio estratégico y un socio fiable, lo que queremos saber ahora es algo mucho más sencillo: ¿Qué ocurre cuando ese supuesto socio ataca nuestros intereses? ¿Qué ocurre cuando reivindica nuestra tierra? ¿Qué ocurre cuando vuelve a poner en cuestión nuestra soberanía? ¿Qué ocurre cuando utiliza la presión migratoria? ¿Qué ocurre cuando convierte la frontera en un instrumento de presión política? ¿Un comunicado? ¿Otra nota diplomática? ¿Otra llamada telefónica? ¿Otra apelación a la buena vecindad? No. Tiene que haber consecuencias.
Y no hablamos de guerra. Hablamos de algo mucho más elemental: reciprocidad. Si Marruecos quiere disfrutar de una relación privilegiada con España, debe saber que esa relación también tiene obligaciones. Cuando Rabat utilice cualquiera de sus instrumentos de presión contra Ceuta o Melilla, España tiene que disponer de una respuesta que duela donde más duele: en los intereses de quien presiona.
Si cada provocación sale gratis, deja de ser una provocación. Se convierte en una estrategia. Si Rabat reivindica Ceuta y Melilla, España debe elevar el coste de esa reivindicación. Una cosa es tener un vecino y otra muy distinta es concederle el estatus de socio privilegiado mientras ese vecino mantiene como objetivo político la desaparición de tu soberanía sobre dos ciudades. Aquí es donde Pedro Sánchez y su Gobierno parecen vivir en un país diferente al nuestro. Desde La Moncloa se habla de Marruecos. En Ceuta se vive Marruecos.
No queremos que España sea enemiga de Marruecos. Queremos que Marruecos sepa que España no permitirá que Marruecos sea enemigo de Ceuta. La diferencia es enorme. Y debería ser la base de cualquier política seria.
No se trata de castigar a Marruecos por pensar diferente. Se trata de establecer una regla elemental en las relaciones internacionales: quien respeta, recibe cooperación; quien presiona, encuentra resistencia; quien amenaza intereses esenciales, afronta consecuencias de todo tipo.
Eso es lo que significa tener una política exterior. Lo contrario es convertir la palabra “amigo” en una patente de corso. Y quizá sea hora de que el Gobierno deje de preguntarse qué pensará Rabat de las decisiones españolas y empiece a preguntarse qué pensará Ceuta. Porque los ceutíes ya conocemos la respuesta. Queremos que España esté con nosotros no solo cuando Marruecos reclama nuestra soberanía. También antes y después. Queremos que cada reivindicación marroquí tenga una consecuencia económica, comercial, energética…
Cada actuación que ponga en riesgo nuestra seguridad, nuestra estabilidad o nuestra españolidad debe tener un coste. Marruecos tiene que saber que Ceuta no se toca gratis. Tiene que saber que Melilla tampoco. Tiene que saber que la frontera y la inmigración no es un arma. Que nuestra soberanía no es una moneda de cambio. Y, sobre todo, que la amistad que proclama Madrid no puede significar para Rabat barra libre sobre los intereses de España.
Y aquí aparece otra contradicción que el Gobierno debería explicar a los españoles, y especialmente a los ceutíes. España decidió no participar en Eurovisión por la presencia de Israel, en coherencia —según la posición defendida por el Ejecutivo— con su rechazo a las actuaciones de ese país y a lo que considera una vulneración de principios que España no está dispuesta a pasar por alto. Es una decisión política legítima, guste más o guste menos. Pero entonces resulta imposible no preguntarse por qué esa misma exigencia de coherencia desaparece cuando hablamos de Marruecos.
Porque España sí considera aceptable organizar y celebrar junto a Marruecos el Mundial de fútbol de 2030, pese a los gravísimos acontecimientos de los días 30 y 31 de julio y a que desde Rabat se mantiene abierta la reivindicación sobre nuestras ciudades autónomas. ¿De verdad resulta incompatible compartir un escenario cultural y deportivo con Israel, pero perfectamente compatible compartir el mayor acontecimiento deportivo del planeta con un país cuyo propio Gobierno vuelve a proclamar que Ceuta y Melilla deberían “volver” a Marruecos? ¿Dónde está el criterio? ¿Dónde está la coherencia?
Porque una relación verdaderamente estratégica no consiste en que uno pide y el otro concede. Consiste en que ambos saben dónde están los límites. Y el límite para España tiene un nombre. Ceuta. Y otro. Melilla. Lo demás son palabras. Y ya hemos tenido demasiadas.