Sánchez aún no comprende la gravedad de lo que pasa en Ceuta
Hay comunicados que, más que tranquilizar, provocan indignación. Hay momentos en los que las palabras dejan de ser una torpeza política para convertirse en una afrenta. En un absoluto desprecio. El anunciado refuerzo de personal para atender la invasión migratoria en Ceuta pertenece a esa categoría.
Porque el problema no es ya que el Gobierno haya tardado semanas en reaccionar. El problema es que, después de semanas de desbordamiento, su respuesta siga siendo manifiestamente insuficiente. Once personas de la Dirección General de Protección Internacional. Ocho nuevas líneas de trabajo que pasarán a ser catorce el próximo 4 de septiembre. Cuatro líneas en la Jefatura Superior de Policía y otras seis en el paso fronterizo. En total, 24 líneas de trabajo para afrontar las tareas de identificación, registro y tramitación de miles y miles de migrantes, con una presión migratoria que ha puesto contra las cuerdas a los servicios públicos de la ciudad.
¿Eso es todo? ¿De verdad esta es la respuesta del Gobierno de Pedro Sánchez ante lo que ha ocurrido en Ceuta? Porque si lo es, hay que decirlo alto y claro: el Gobierno de Sánchez todavía no se ha dado cuenta de la dimensión ni de la gravedad de lo que está pasando en Ceuta.
No hablamos de una cuestión técnica. No hablamos de si Interior prefiere llamar a estos recursos “líneas de trabajo”, “equipos” o “refuerzos”. Hablamos de personas. De agentes que tienen que identificar y registrar. De funcionarios que deben tramitar expedientes. De profesionales que deben atender solicitudes de protección internacional. De trabajadores sometidos a una presión extraordinaria. Y hablamos, sobre todo, de una ciudad que no puede permitirse que el Estado vuelva a reaccionar con cuentagotas.
El CATE provisional, que ya había sido anunciado y que lleva días funcionando, era una necesidad evidente. Pero no puede convertirse en la coartada para vender como una gran respuesta lo que, en materia de personal, sigue siendo claramente insuficiente. Porque un edificio no resuelve una crisis. Las personas sí. Y lo que Ceuta necesita son muchas más personas trabajando sobre el terreno, durante más horas y con capacidad suficiente para absorber la situación.
Lo ocurrido hace ya un mes no fue una jornada complicada. Fue una crisis de enorme magnitud que aún continúa. Y una crisis de esa dimensión exige una respuesta proporcional. No pequeñas ampliaciones de plantilla presentadas con solemnidad ministerial. ¿Once personas? ¿Catorce líneas? ¿Veinticuatro en total? ¡Pero qué broma es esta! Son cifras que pueden sonar importantes en un comunicado de prensa. Pero pierden cualquier grandilocuencia cuando se enfrentan a una realidad como la de Ceuta y a la dimensión de una emergencia como la que están viviendo los ceutíes.
Y todavía hay algo más incomprensible: que las entrevistas a quienes solicitan protección internacional continúen realizándose únicamente en horario de mañana y tarde. ¿De verdad el Gobierno cree que una emergencia funciona con horario de oficina? Cuando la ciudad está sometida a una presión excepcional, la Administración no puede permitirse trabajar como si nada excepcional estuviera ocurriendo. Eso no es una respuesta de emergencia. Es gestionar la excepcionalidad con herramientas ordinarias. Y así no se puede.
Desde estas páginas reclamamos refuerzos desde el tercer día de aquella crisis. No porque tuviéramos información privilegiada ni porque fuéramos especialistas. Lo reclamamos por puro sentido común. Era evidente que los efectivos disponibles no podían absorber semejante volumen de trabajo. Lo que resulta difícil de aceptar es que un mes después el Gobierno siga sin entenderlo.
Ceuta no necesita que Madrid descubra ahora que hacen falta más manos. Lo sabe desde el primer momento. Lo sabían los policías. Lo sabían los funcionarios. Lo sabían los trabajadores que estuvieron en primera línea. Lo sabían los ceutíes. Y, sin embargo, la respuesta llega tarde y llega corta. Muy corta.
El Estado tiene una obligación con Ceuta que va mucho más allá de enviar un puñado de funcionarios cuando la presión ya ha desbordado los servicios. Tiene que garantizar una capacidad permanente y suficiente para responder a la invasión. Porque mientras desde Madrid se cuentan líneas de trabajo, en Ceuta se cuentan horas de espera, expedientes pendientes, policías agotados y servicios públicos sometidos a una presión que no desaparece porque un comunicado anuncie ocho líneas más.
No necesitamos que nos expliquen que están reforzando. Necesitamos que refuercen de verdad. Y si después de lo ocurrido el Gobierno de Sánchez considera suficiente esta respuesta, entonces el problema es todavía más grave de lo que pensábamos. Porque significaría que no ha entendido la crisis. O peor aún: que todavía no ha comprendido la dimensión y la gravedad de lo que está pasando en Ceuta. Y esto ya no sería una torpeza. Sería un desprecio. Una afrenta.