Sánchez en Nueva York, Ceuta en el caos
Qué fácil es hablar de decencia, de legalidad y de derechos humanos sentado en un cómodo sofá de La Moncloa o desde uno de los mejores hoteles de Nueva York. Mucho más difícil es hablar de todo ello mirando a los ojos a una ciudad que lleva semanas soportando las consecuencias de una invasión de dimensiones extraordinarias.
Pedro Sánchez ha llevado a Ceuta hasta la Asamblea General de Naciones Unidas. Y lo ha hecho para convertirla en ejemplo de una determinada manera de afrontar la inmigración. El problema es que Sánchez parece conocer una Ceuta distinta de la que conocemos quienes vivimos aquí. Porque nadie está planteando que se vulneren los derechos humanos. Nadie sensato está reclamando que se incumpla la ley. Pero una cosa es defender esos principios y otra muy distinta utilizarlos como una cortina de humo para no hablar de lo esencial: la obligación de gestionar una crisis con eficacia y rapidez.
Y ahí es donde el discurso presidencial empieza a hacer aguas. La legalidad no puede convertirse en sinónimo de parálisis. Los derechos humanos no pueden utilizarse como argumento para justificar procedimientos que se eternizan. La decencia también consiste en actuar con rapidez cuando la situación exige urgencia.
¿De qué sirve invocar los derechos humanos si la Administración no dispone de los medios suficientes para hacerlos efectivos? Una justicia que llega tarde deja de ser justa. Y una política migratoria que tarda semanas o meses en ofrecer soluciones tampoco puede presentarse como un modelo de eficacia.
Respetar la ley no significa eternizar los procedimientos. Significa dotar al Estado de los medios necesarios para que esos procedimientos se resuelvan conforme a la ley y dentro de unos plazos razonables. Eso también es decencia. Si el Gobierno considera que la respuesta correcta pasa por identificar, documentar, tramitar solicitudes de asilo, resolver expedientes y ejecutar retornos cuando legalmente proceda, que lo haga. Y que lo haga rápido. Que envíe a Ceuta una marea de funcionarios. Que multiplique por diez los medios de Policía, Extranjería, asilo y atención social. Que acelere todos los procedimientos pendientes. Que utilice todos los instrumentos que permite nuestro ordenamiento jurídico. Porque la alternativa a la vulneración de los derechos no puede ser la inacción.
Sánchez ha dicho también que España no elige “el camino más fácil”, sino “el más justo”. La pregunta que inevitablemente surge es: ¿justo para quién? Está claro que para Ceuta no. Los ceutíes tienen cercenado su derecho a vivir con normalidad, a utilizar sus calles y plazas, a que sus mujeres salgan sin miedo, a que sus niños puedan ir al colegio sin tener que ser escoltados por militares… y a exigir que las administraciones respondan ante una situación extraordinaria.
No hay que escoger entre los derechos de unos y los derechos de otros. Precisamente por eso resulta tan poco afortunado presentar cualquier demanda de una gestión migratoria más rápida y eficaz como una supuesta cesión al miedo. Pedir control, orden, medios y rapidez no equivale a odiar al migrante. Exigir que los procedimientos estén resueltos de forma urgente tampoco.
Ceuta lo sabe perfectamente. Los ceutíes han demostrado durante décadas una capacidad extraordinaria para convivir con la diversidad. La ciudad conoce mejor que nadie lo que significa vivir en una frontera, convivir con distintas culturas y afrontar diariamente una realidad migratoria que para Pedro Sánchez y su Gobierno es simplemente una noticia en televisión. Por eso molesta especialmente que desde miles de kilómetros se pretenda explicar a los ceutíes lo que sienten o lo que piensan. Porque para quien observa la crisis desde Nueva York puede ser un discurso. Pero para quien la vive cada día en Ceuta, es su vida.
Y por eso, los ceutíes solo le exigen que el camino que usted abandera como el más justo no termine convirtiéndose, por pura dejadez e ineficacia, en el camino más lento; porque cuando la lentitud administrativa colapsa una ciudad y perpetúa el caos en sus calles, los ciudadanos dejan de mirar a las fronteras para señalar directamente a La Moncloa. Porque el migrante no es el enemigo, lo es usted presidente.