Ni siquiera saben montar la acogida
Hay momentos en los que un Gobierno no necesita que sus adversarios lo critiquen. Se basta a sí mismo para retratar su incompetencia. Lo que está ocurriendo en Ceuta empieza a ser uno de esos momentos. Patético.
Han pasado tres semanas desde la entrada masiva del 30 y 31 de julio y la ciudad continúa pagando, prácticamente en solitario, las consecuencias de una crisis que desbordó desde el primer minuto todas sus capacidades. Tres semanas. Y el Gobierno de Pedro Sánchez todavía está intentando poner en pie algo tan elemental como unos recursos provisionales de acogida. Patético.
La ministra Elma Saiz anunció el pasado lunes cuatro nuevos emplazamientos con capacidad para 1.500 personas. Cinco días después, los trabajos siguen siendo trabajos. Cinco días ya para montar unos puntos de acogida en una ciudad que lleva veinte días viendo a personas dormir en playas, montes, calles y asentamientos improvisados. Patético.
Y aquí aparece la pregunta que el Gobierno debería responder sin recurrir a comunicados, ruedas de prensa ni eufemismos: ¿de verdad no hay nadie preparado para esto? Porque si el Estado dispone de ministerios, delegaciones, asesores, directores, recursos, presupuestos… y una red de organizaciones humanitarias, resulta difícil comprender que una emergencia de estas dimensiones haya encontrado a la Administración central de vacaciones. Patético.
No hablamos de una sorpresa ocurrida ayer. La entrada masiva se produjo a finales de julio. La playa del Trampolín se convirtió durante semanas en un asentamiento improvisado. Los calles y distintos puntos de la ciudad continúan siendo refugio para personas que no tienen dónde ir. Las imágenes de personas durmiendo a la intemperie han dado la vuelta a España. Y las propias ONG llevan semanas reclamando respuestas ante una situación que ha superado las capacidades estructurales de Ceuta. ¿Y la respuesta del Estado? Llega cuando el problema ya está instalado. Y llega tarde. Muy tarde. O simplemente no llega. Patético.
Este jueves se desalojó el asentamiento del Trampolín. Pero ni siquiera ese operativo consiguió cerrar el episodio: horas después, cientos de migrantes regresaron a la playa mientras se intentaba limpiar el espacio. Es la imagen perfecta de una política que llega siempre después del problema: primero se permite que la situación se desborde, después se anuncia una solución y, finalmente, se descubre que la solución tampoco está preparada. Patético.
El Gobierno puede discutir las cifras. Puede discutir los procedimientos. Puede discutir las competencias. Puede discutir incluso el lenguaje utilizado para describir la crisis. Lo que no puede discutir son los hechos. Ceuta sigue soportando una presión extraordinaria. Y el Estado sigue sin llegar como debe. Patético.
Y hay algo todavía más difícil de entender. Organizaciones internacionales como ACNUR explican que cuentan con mecanismos para poner en marcha operaciones de emergencia con despliegues rápidos, incluso en un plazo de 72 horas, gracias a sus redes de proveedores, agencias especializadas y socios. Evidentemente, una emergencia humanitaria concreta no se resuelve con una frase publicitaria ni todas las operaciones son comparables. Pero la comparación sirve para plantear una cuestión elemental: si una organización humanitaria internacional está concebida para reaccionar con rapidez ante emergencias, ¿por qué el Estado español necesita semanas para poner en marcha unos espacios temporales de acogida en una ciudad que está dentro de su propio territorio? Patético.
Claro que no se trata de exigir milagros. Se trata de exigir competencia. Y de exigirla precisamente a quienes han asumido voluntariamente la responsabilidad de gobernar. Ceuta no puede convertirse en una sala de espera permanente mientras distintos ministerios deciden quién tiene que hacer qué. Tampoco puede ser el lugar al que se envían comunicados mientras las personas afectadas continúan durmiendo en la calle y los vecinos contemplan cómo playas, barrios y montes se convierten en improvisados espacios de supervivencia. Patético.
Eso no es planificación. Es improvisación.
Una administración seria habría trabajado desde el primer día con escenarios, recursos, personal, transporte, alojamiento y protocolos de actuación. Habría anticipado qué hacer con los adultos, qué hacer con los menores, cómo descongestionar Ceuta y cómo impedir que las playas y los montes terminaran convertidos en campamentos. Y, sobre todo, habría entendido algo que en Madrid parecen olvidar con demasiada facilidad: Ceuta no es un problema administrativo. Es territorio español. Patético.
Cada día que una persona permanece abandonada a su suerte en una playa de Ceuta es también un fracaso del Estado que tiene la obligación de atenderla. Cada noche que un menor duerme fuera de un recurso adecuado es un fracaso de las administraciones responsables de su protección. Y cada jornada en la que una ciudad de apenas 20 kilómetros cuadrados tiene que afrontar una emergencia de esta magnitud con recursos manifiestamente insuficientes es un fracaso político. Patético.
No pedimos que el Gobierno haga magia. Pedimos que gobierne. Porque lo verdaderamente preocupante ya no es solamente que el Gobierno de Sánchez haya tardado tres semanas en reaccionar. Lo preocupante es que, cuando finalmente ha decidido hacerlo, parece que tampoco sabe cómo montar la respuesta. Y mientras Madrid anuncia, promete, coordina y estudia, Ceuta sigue esperando. Esperando los centros. Esperando los recursos. Esperando las expulsiones. Esperando una respuesta. Y, sobre todo, esperando que alguien en el Gobierno entienda que una emergencia no se resuelve cuando llega la rueda de prensa. Se resuelve cuando llega la ayuda y los encargados de solucionar la crisis dejan de comportarse como un Gobierno patético.