Cuando la solidaridad se utiliza para dividir

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29 oct 2026 - 02:36

Existen propuestas que, bajo una apariencia de reconocimiento y buenas intenciones, terminan abriendo debates que deberían estar superados. La iniciativa de Ceuta Ya! para ensalzar específicamente la labor de las asociaciones vecinales del Príncipe y Sidi Embarek durante la entrada masiva del 30 de julio es una de ellas. Porque la cuestión no es si hubo vecinos que ayudaron, algo que nadie debería cuestionar, sino por qué se pretende convertir aquella solidaridad en una distinción entre barrios y ciudadanos.

¿Qué se busca diferenciando a los ceutíes según el barrio en el que viven? ¿Quién decide qué ciudadanos merecen un reconocimiento especial y cuáles quedan fuera de ese relato? ¿De verdad se pretende transmitir que la humanidad y la solidaridad tienen un código postal, una religión o una determinada adscripción política?

Si hubo vecinos y asociaciones que prestaron ayuda, su esfuerzo merece respeto y reconocimiento. Pero también lo merecen todos aquellos ciudadanos, profesionales y servidores públicos que contribuyeron, desde distintos ámbitos, a afrontar una situación extraordinariamente difícil. Reconocer una labor concreta no debería exigir establecer categorías entre los habitantes de una misma ciudad. Mucho menos cuando se trata de un episodio tan delicado para la convivencia y la memoria colectiva de Ceuta.

Por eso resulta legítimo preguntarse qué sentido tiene señalar a unos para distinguirlos del resto. ¿Qué mensaje se transmite cuando se propone un reconocimiento selectivo en nombre de toda Ceuta? ¿Acaso hay ceutíes de primera, comprometidos con la humanidad, y ceutíes de segunda, cuya solidaridad se da por inexistente? Una institución que representa a todos los ciudadanos debería unir, no alimentar fronteras artificiales entre el centro y la periferia. Algo en lo que parecen empeñados en CeutaYa!.

Y para entender hasta qué punto esa división resulta innecesaria, basta con mirar lo que ocurre en nuestra propia ciudad. Este mismo martes, Luhay Hamido, presidente de la AD Ceuta, recibió la Medalla de Oro de la Cámara de Comercio. Un reconocimiento a una trayectoria que va mucho más allá del fútbol. Luhay Hamido es musulmán, sí. ¿Y qué? Por encima de cualquier consideración religiosa, es un ceutí valorado y querido por sus méritos, por su comportamiento, por su forma de ser y por lo que ha sido capaz de aportar a esta ciudad. Más allá del fútbol ha contribuido a fortalecer el sentimiento de pertenencia y el orgullo colectivo, uniendo a miles de ceutíes en torno a un proyecto compartido y llevando el nombre de Ceuta más allá de nuestras fronteras.

Ese es el camino. El que une, el que genera orgullo compartido y el que demuestra que la identidad religiosa de una persona no determina su compromiso con Ceuta ni el reconocimiento que merece por sus actos. Nadie necesita preguntar a qué religión pertenece Luhay Hamido para valorar su contribución. Nadie debería hacerlo con ningún otro ciudadano.

Por eso resulta tan poco constructivo alimentar discursos que pretenden convertir las discrepancias políticas en una confrontación entre comunidades. Mohamed Mustafa, líder de Ceuta Ya!, ha recurrido al argumento de que Abdelah Mustafa, nuevo candidato independiente del PSOE al Senado, recibe críticas y es atacado por ser musulmán, llegando a afirmar: “Su único delito es ser musulmán”. Pero esa afirmación omite un dato relevante: Nesrin Haddad Ahmed, también candidata socialista al Senado, es musulmana, al igual que Abdelhakim Abdeselam Al-lal, candidato del Partido Popular a la Cámara Alta. Hasta ahora ninguno de ellos ha recibido ni críticas ni ataques, y menos aún por “el único delito de ser musulmán”. Todo lo contrario, Nesrin Haddad recibió incluso el XIII Reconocimiento de la Ciudad Autónoma de Ceuta a la Lucha contra la Violencia de Género.

Las críticas a un candidato deben examinarse por su contenido y sus fundamentos, no atribuirse automáticamente a prejuicios religiosos. El racismo existe y debe denunciarse siempre que haya motivos para hacerlo. Precisamente por la gravedad de esa acusación, no debería utilizarse de manera indiscriminada para descalificar cualquier discrepancia política. Hacerlo empobrece el debate público y corre el riesgo de convertir una cuestión de convivencia en un instrumento de confrontación partidista.

La propuesta de Ceuta Ya! debe analizarse desde esa misma perspectiva. No se cuestiona que las asociaciones del Príncipe y Sidi Embarek puedan merecer un reconocimiento por su labor. Se cuestiona que se construya un relato que singularice a determinados colectivos sin explicar por qué su reconocimiento debe plantearse como una reivindicación diferenciada del resto de la sociedad ceutí. Si el objetivo es ensalzar la solidaridad, el reconocimiento debería responder a criterios claros, objetivos e inclusivos, no a una lectura territorial o identitaria de los acontecimientos.

Ceuta ha demostrado en muchas ocasiones que su mayor fortaleza reside en la convivencia de personas con distintas creencias, orígenes y sensibilidades. Esa convivencia no puede darse por garantizada, pero tampoco se protege levantando nuevas fronteras simbólicas entre el centro y la periferia, entre unos vecinos y otros, o entre quienes supuestamente representan la solidaridad y quienes quedan fuera de esa etiqueta.

No hacen falta discursos que repartan certificados de humanidad ni políticos que se arroguen la representación exclusiva de una comunidad. Hace falta reconocer los méritos allí donde estén, exigir responsabilidades cuando corresponda y defender el mismo respeto para todos los ciudadanos.

Luhay Hamido es musulmán y un ceutí reconocido por lo que ha aportado a su ciudad. Las dos cosas son perfectamente compatibles porque nunca debieron plantearse como opuestas. Esa es precisamente la lección que algunos parecen empeñados en ignorar: ser musulmán, cristiano o profesar cualquier otra creencia no convierte a nadie en mejor ni peor ceutí.

Ceuta no necesita que nadie enfrente a sus barrios para reivindicar la solidaridad, ni que se utilice el victimismo como argumento para cerrar el debate. Necesita ciudadanos que compartan un proyecto común y representantes públicos que estén a la altura de esa responsabilidad. El respeto a todos los ceutíes no puede depender de la rentabilidad electoral de una propuesta. Porque la solidaridad no pertenece a una religión, un barrio o un partido. Y el orgullo de ser ceutí no se construye dividiendo a los ceutíes, sino reconociendo lo que somos capaces de hacer juntos.

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