Triano, ni escondido ni ausente
Hay momentos en los que la política debería dejar paso a la realidad. La crisis migratoria que vivió Ceuta fue uno de ellos. Lo ocurrido desbordó cualquier previsión y cualquier capacidad ordinaria de respuesta. No hablamos de un incidente más, sino de una situación extraordinaria que puso al límite a todas las administraciones y cuerpos del Estado.
Por eso resulta difícil compartir algunas de las críticas que se han dirigido contra el delegado del Gobierno, especialmente las que lo presentan como alguien “escondido” o ausente durante las primeras horas de la crisis. Esa acusación puede ser útil para el desgaste político, pero difícilmente refleja lo que ocurrió en aquellas jornadas.
Mientras la ciudad vivía momentos de enorme incertidumbre, la prioridad de Pérez Triano no podía ser comparecer ante los medios ni responder al debate político. Su obligación era coordinar los recursos disponibles en Ceuta, mantener un contacto permanente con el Ministerio del Interior, con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, con las autoridades militares y con el resto de administraciones implicadas. En definitiva, dedicarse de forma exclusiva a gestionar una emergencia que, probablemente, ha sido la mayor que ha afrontado Ceuta en su historia reciente.
Eso no significa que todo se hiciera bien. Hubo errores y conviene reconocerlos. Entre ellos, probablemente, una comunicación insuficiente durante las primeras horas. En situaciones de máxima tensión, la ciudadanía necesita información, certidumbre y una presencia institucional que transmita confianza. Es posible que esa faceta no estuviera a la altura de las circunstancias y es una crítica razonable que puede hacerse con la perspectiva del tiempo.
Pero una deficiencia en la comunicación no equivale a una ausencia en la gestión. Son cosas distintas. Quienes sostienen que Pérez Triano estuvo escondido deberían explicar qué actuaciones concretas dejó de realizar o qué decisiones dejó de adoptar. Porque todo apunta a que, desde el primer momento, estaba precisamente donde debía estar: coordinando una respuesta que superaba con mucho la capacidad ordinaria de la Administración General del Estado en Ceuta.
También conviene situar cada responsabilidad en su nivel. La gestión de una crisis de esta naturaleza no dependía exclusivamente del delegado del Gobierno. La dirección política correspondía al Gobierno de España, con el presidente, Pedro Sánchez, al frente, y al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, como máximo responsable del departamento encargado de coordinar la respuesta del Estado. Son ellos quienes disponen de los instrumentos políticos, administrativos y operativos para movilizar recursos extraordinarios y adoptar decisiones de alcance nacional.
No es casual que el propio presidente de la Ciudad, Juan Vivas, reclamara acertadamente que se declarara la emergencia de interés nacional. Aquella petición era el reconocimiento explícito de que Ceuta, por sí sola, no podía hacer frente a una situación de semejante magnitud y de que era necesaria la implicación de todo el Estado. Si esa era la realidad, resulta difícil sostener que Pérez Triano pudiera resolver con sus propios medios una crisis que exigía decisiones y recursos que excedían ampliamente sus competencias.
La pregunta, por tanto, sigue siendo pertinente: ¿qué más podía hacer un delegado del Gobierno en Ceuta con los medios de los que realmente dispone? Quienes hoy lo señalan como principal responsable deberían responder antes a esa cuestión. El delegado no dirige un ejército propio, no dispone de recursos ilimitados ni tiene capacidad para adoptar unilateralmente decisiones estratégicas reservadas al Gobierno de España.
Las críticas son legítimas y el escrutinio público también. Pero el análisis serio exige repartir las responsabilidades con justicia. Si hubo fallos, deben asumirse donde correspondan. El Gobierno de España tenía la responsabilidad política de dirigir la respuesta global; el Ministerio del Interior, la de coordinar los medios del Estado; y el delegado del Gobierno, la de gestionar sobre el terreno los recursos disponibles en Ceuta. Confundir esos planos conduce a un relato tan simple como injusto.
Las grandes crisis nunca se gestionan sin errores. Pero tampoco se explican buscando un único culpable cuando lo que ocurrió fue el colapso de un sistema sometido a una presión sin precedentes. La historia de aquella crisis merece un análisis más riguroso que el de quienes, con la comodidad que da el paso del tiempo, reducen una emergencia nacional al falso relato de que Pérez Triano estaba escondido cuando, precisamente, estaba haciendo aquello para lo que había sido nombrado: gestionar la mayor crisis institucional y humanitaria que ha vivido Ceuta en décadas.