Triano: demasiado tarde

Miguel Ángel Pérez Triano.
Miguel Ángel Pérez Triano. | EL PUEBLO
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29 sep 2026 - 02:12

Miguel Ángel Pérez Triano ya no es delegado del Gobierno en Ceuta. Tampoco seguirá al frente del PSOE ceutí ni será candidato a la Presidencia de la Ciudad. Se marcha de la política después de dos meses que, probablemente, solo él y los suyos saben realmente cuánto han pesado. Dos meses después de que Ceuta viviera la mayor crisis de su historia reciente. Dos meses después de una invasión migratoria que desbordó a la ciudad, a sus instituciones y a quienes tenían la responsabilidad de protegerla y dar explicaciones.

Su dimisión llega tarde. Y, sin embargo, quizá sea injusto que el nombre de Triano quede para siempre ligado exclusivamente a aquella crisis. Porque antes que delegado del Gobierno, antes que dirigente socialista y antes que representante de un Ejecutivo que ha traicionado a Ceuta, Triano es un ceutí. Nació aquí. Creció aquí. Tiene aquí a su familia, sus afectos y su vida. Y cuesta imaginar que alguien que quiere a esta tierra pudiera prepararse para afrontar algo semejante.

Detrás del cargo hay una persona. Solo quienes han estado cerca de él durante estos dos meses saben realmente lo que ha sufrido. Las noches, la presión, los insultos, las amenazas, la responsabilidad y probablemente también la sensación de estar atrapado entre dos lealtades: la que exige un cargo y la que nace de pertenecer a una ciudad.

Pero reconocer al hombre no significa absolver al cargo. Triano se ha equivocado. Se ha equivocado en la gestión y, sobre todo, en la comunicación. Y en una crisis de esta dimensión la comunicación no es un asunto menor. Cuando una ciudad está asustada, necesita información, claridad y certezas. No silencios. En momentos en los que la ciudadanía necesitaba certezas y recibió dudas.

Por eso cuesta entender que haya esperado hasta ahora para marcharse. Oportunidades ha tenido muchas. Pudo haber dimitido el mismo 31 de julio, cuando el presidente Pedro Sánchez compareció para hablar de la crisis y, mientras Ceuta trataba de digerir lo ocurrido, puso el acento en las alabanzas a Marruecos, el país que acababa de invadir la ciudad.

Pudo haberlo hecho al día siguiente, cuando Fernando Grande-Marlaska afirmó que quedaban unos 2.500 migrantes en la ciudad y que Ceuta ya recuperaba la normalidad. Para los ceutíes aquello fue una ofensa imperdonable.

Pudo haberlo hecho cuando desde el propio Gobierno llegaron palabras que una ciudad exhausta recibió como insultos. Cuando la ministra de Sanidad, Mónica Garcia, habló de xenofobia. Cuando se cuestionó, desde Madrid, una realidad que los ceutíes estaban viviendo y sufriendo en primera persona. Y pudo haberlo hecho cada vez que un ministro aterrizó en Ceuta para explicar la crisis y salió de ella dejando más indignación que respuestas. No porque Triano fuera el máximo responsable de lo ocurrido. No lo era. Sino porque era el delegado del Gobierno. Porque era la cara del Ejecutivo en Ceuta. Y porque hay momentos en los que ocupar un cargo resulta incompatible con defender ante los ciudadanos las decisiones de un Gobierno traidor que, a juicio de una inmensa mayoría de ceutíes, no estuvo ni está a la altura de lo que esta sucediendo.

Ahí está la contradicción que probablemente más ha pesado sobre Triano: ser ceutí y representar al mismo tiempo a un Gobierno con el que buena parte de Ceuta se sintió traicionada y abandonada. Y eso no se puede resolver simplemente diciendo que el delegado no era responsable de todas las decisiones. No lo era. Pero sí era responsable de decidir cuándo seguir y cuándo apartarse. Y debió hacerlo antes.

Ahora bien, que haya llegado tarde no significa que haya que convertir su marcha en otra batalla. Ceuta lleva demasiado tiempo instalada en la tensión. Ya ha habido demasiados insultos, demasiada crispación y demasiadas heridas. Ha cometido errores y habrá que analizarlos. Habrá que pedir explicaciones por lo que se hizo y por lo que no se hizo. Habrá que esperar a las respuestas que ofrezca la investigación de la Audiencia Nacional… Pero una cosa es exigir responsabilidades y otra muy distinta es convertir a un ceutí en el chivo expiatorio de una crisis que desbordó a muchas instituciones y cuyas decisiones más importantes se tomaron muy lejos de la Plaza de los Reyes.

En este sentido, incluso Juan Vivas ha señalado que la responsabilidad no puede quedarse en la Delegación del Gobierno. Lo ocurrido en Ceuta, una vulneración de la integridad territorial de España, exige responsabilidades en un rango superior al del delegado.

Triano se va. Se va tarde. Pero se va. Eso no borra los errores. Ni las responsabilidades que correspondan. Pero quizá ahora corresponda recordar algo que durante estos dos meses se ha olvidado demasiadas veces: detrás del cargo había una persona. Un ceutí que pudo equivocarse. Que pudo comunicar mal. Que pudo tomar decisiones discutibles. Pero al que difícilmente se le puede atribuir la intención de hacer daño a la ciudad que le vio nacer y que, sabemos, quiere profundamente.

Triano se va. Se va tarde. Pero se va. Y quizá ese sea el último gesto de respeto que merece un ceutí que, acertado o equivocado, ha vivido estos dos meses desde el otro lado de la frontera emocional: el de quien sabe que esta ciudad no es solo el lugar donde trabaja, sino el lugar al que pertenece. Triano se va. Se va tarde. Pero se va.

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