La vergüenza de llegar tarde
Hay que reconocerle al Gobierno de Pedro Sánchez una habilidad extraordinaria: convertir en grandes anuncios lo que debería haber hecho hace años. Ahora nos dicen que el próximo 17 de noviembre comenzarán las obras de ampliación de los espigones del Tarajal y Benzú, con una inversión de cinco millones de euros. Una actuación que las asociaciones de guardias civiles llevan reclamando hasta la saciedad y que, por lo visto, no era tan urgente hasta que Ceuta sufrió la invasión de finales de julio. Han tenido que cruzar decenas de miles de personas, desbordarse los servicios públicos y ponerse contra las cuerdas a toda una ciudad para que Madrid descubra que nuestra frontera necesitaba protección. Y todavía tendremos que dar las gracias por llegar tarde.
Pero si preocupante resulta la tardanza, mucho más grave es el baile de cifras con el que el Ejecutivo pretende explicar lo sucedido. Durante meses nos han hablado de unas 80.000 entradas, pero ahora aparece un informe de la Guardia Civil que estima en 88.146 las personas que podrían haber regresado a Marruecos. A eso hay que añadir los aproximadamente 15.000 migrantes que, según el presidente Juan Vivas, todavía permanecen en Ceuta. Las cuentas, aunque procedan de estimaciones y métodos de recuento diferentes, plantean una pregunta que alguien debería responder: ¿cuántas personas entraron realmente? Porque si ambas cifras fueran comparables, estaríamos hablando de más de 100.000 personas. Y eso queda bastante lejos del relato que el Gobierno de Sánchez ha intentado trasladar a los españoles. No podemos afirmar que se hayan falseado deliberadamente los datos, pero tampoco aceptar que semejantes diferencias se despachen sin una explicación convincente.
Lo verdaderamente indignante es que, mientras los ceutíes hemos sufrido las consecuencias de esta crisis, desde determinados despachos de Madrid se ha pretendido vender una normalidad que todavía está lejos de recuperarse. Se nos ha pedido paciencia, comprensión y confianza, pero lo que hemos recibido demasiadas veces son declaraciones triunfalistas, cifras que no terminan de cuadrar y promesas que se acumulan sin traducirse en soluciones. Y ahora, después de todo lo ocurrido, anuncian unas obras que deberían haberse ejecutado mucho antes. ¿De verdad era necesario llegar a este extremo para que el Ministerio del Interior entendiera lo que durante años venían advirtiendo quienes vigilan diariamente nuestra frontera?
Por supuesto que celebramos que se amplíen los espigones. Faltaría más. Todo lo que contribuya a mejorar la seguridad de Ceuta y las condiciones de trabajo de nuestros guardias civiles será bienvenido. Pero una cosa es valorar positivamente una inversión y otra muy distinta aplaudir a quienes han permitido que una necesidad evidente se convierta en una emergencia. Además, conviene no lanzar las campanas al vuelo. El Gobierno ha anunciado tantas actuaciones que después se han retrasado, modificado o quedado por el camino que la desconfianza está más que justificada. Ver llegar una embarcación y comenzar las perforaciones será un avance, pero ni siquiera eso bastará para dar por cumplida la promesa. Las obras estarán hechas cuando los espigones estén terminados y cumplan su función, no cuando un responsable político se coloque delante de un micrófono.
Ceuta no necesita más propaganda, ni estadísticas que generen más preguntas que respuestas, ni ministros empeñados en convencernos de que todo marcha estupendamente mientras la realidad dice otra cosa. Necesita inversiones, seguridad, transparencia y, sobre todo, respeto. El Gobierno de Pedro Sánchez tiene que explicar con claridad qué ocurrió realmente aquellos días de julio, cuántas personas entraron y por qué se tardó tanto en atender unas reivindicaciones perfectamente conocidas. Porque lo sucedido no puede despacharse como un simple episodio migratorio más. Fue una entrada masiva de una magnitud extraordinaria, una auténtica invasión en términos de presión fronteriza, por mucho que al Ejecutivo le incomode esa palabra. Y si algo debería haber aprendido Madrid de esta crisis es que Ceuta no puede seguir pagando las consecuencias de su falta de previsión y su continuo servilismo a un país vecino que es de todo, menos fiable.