Obituario
Amiga Patri
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El accidente ferroviario de Adamuz del pasado 18 de enero ha marcado un antes y un después en este inicio de año en toda España. El dolor sobrenatural que supone la muerte de 46 personas queda por encima de ideologías políticas, de maneras de pensar, de rezar, de razas, de culturas. El dolor no entiende de nada eso y la muerte tampoco.
Por eso, duele y mucho como el Gobierno de España está gestionando toda esta tragedia. Porque esto no va de colores políticos ni de sacar rédito electoral, no. Esto va de humanidad y de empatía. Y precisamente ambas cosas le ha faltado a un Gobierno liderado por un presidente Sánchez que se ausentó del Funeral a las víctimas en Huelva, mientras que el ministro de Transportes, Óscar Puentes, tiene la poca vergüenza de reírse de todos los que estamos sufriendo esta auténtica calamidad y, especialmente de las víctimas y familiares, diciendo en el Senado que “molesta que haga muy bien mi trabajo”.
Tras cerca de dos semanas luchando como una jabata en la UCI del Hospital Reina Sofía de Córdoba y tras varias operaciones, este viernes 30 de enero se paraba el corazón de Patricia García Sauci, de 42 años y natural de La Palma del Condado (Huelva), que venía en el Alvia tras opositar para ser funcionaria de Prisiones, uno de sus grandes sueños.
Amiga Patri, La Palma y España entera ha estado rezando sin parar durante todos estos días para que se obrara el milagro y para que las fuerzas no flaqueasen en tus padres, tu hermano (mi gran amigo) y las personas que te han estado acompañando en estos días con el deseo de verte salir por las puertas del Hospital. Has luchado hasta el último suspiro, pero tu misión en la tierra ya había finalizado y ya te encuentras al lado del Padre y de tu Santa Cruz de la Calle Cabo, a la que venerabas y a la que te encomendabas antes las diferentes situaciones que te ha ido poniendo la vida y que, para nada, han sido fáciles.
Es imposible no recordar aquella niñez con tu hermano Alberto. Tu tenías dos años más que nosotros y siempre estabas cuidándonos. Eras esa hermana mayor responsable en el barrio de vecinos que tanta vida tenían los pueblos por aquellos años de la década de los 90.
Recuerdo cuando iba al colegio y recogía a tu hermano tras previa visita a mi abuela Paquita y tu ibas por delante para que no nos saltásemos el paso de peatones o para que a la vuelta no tardásemos demasiado en el parque Manuel Díaz jugando a las canicas porque nuestros padres nos iban a reñir si llegábamos tarde.
Cuántas veces me colaba por la tienda de tus padres (Manu y Terina) para, entre telas y telas acceder a tu casa y jugar en ese hermoso patio lleno de árboles donde embarcábamos balones que siempre terminaban en el patio de mis abuelos. De fondo un grito de mi abuelo Pepín: “Niñoooo, el balón”… También podíamos entrar por la puerta principal. Recuerdo perfectamente el olor de tu casa. Al entrar, un patio enorme y al fondo se accedía por la izquierda donde había un canario amarillo en la puerta y después se encontraba tu abuela Teresa. En el sillón, tu abuelo Pedro que siempre nos daba caramelos y alguna que otra peseta para que comprásemos chuches en el kiosko de Natalia y Miguel de la Plaza España. Y los gatos como los reyes de la casa, caminando por los sofás y buscando el calor de la candela en la mesa de camisa donde tu madre Terina cosía.
Son muchos los recuerdos de esa hermosa niñez que era plena en nuestro pueblo. Donde no había móviles, ni ordenadores, solo había juego y más juego, en la calle o en las casas y en el fin de semana, un poquito de Sega, donde jugábamos a las carreras de coches o a los partidos de fútbol y donde yo, por cierto, era malísimo.
La hermosa niñez es el mejor recuerdo que todos anhelamos, esos partidillos en el Corazón de Jesús o la plaza del Altozano, las meriendas con mantequilla y azúcar que nos hacían las abuelas bajo un tazón de cola-cao que te hacía hombre. La naturaleza y la familia. Esa que hoy llora tu ausencia terrenal, pero que está convencida de que estás en un lugar de privilegio en el Cielo.
Amiga Patri, sentimos muchísimo tu pérdida y ahora eres tú la que tiene que interceder ante el Santo Padre parar dar fuerzas a tus padres y a tu hermano Alberto. Dale consuelo en este duelo tan doloroso, porque no hay mayor dolor en esta vida que la de perder un hijo. Nadie está preparado para ello.
Desde Ceuta miramos al Cielo y rezamos por tu alma, esa que siempre perdurará y que ya se encuentra disfrutando de la Vida Eterna. Descansa en Paz, amiga
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